Testimonio

15 de mayo, 2020

 

 Por Carlos Leyba

 

Lo que sigue es testimonio de mis dudas. Tienen forma de afirmaciones. Pero imagine que son preguntas.

 

Son cavilaciones sobre la presentación “Argentina, entre el Covid-19 y la crisis de deuda soberana” del ministro de Economía, Martín Guzmán, en la Universidad de Columbia.

 

Dice Jorge Wagensberg que “la velocidad es la capacidad para cambiar de posición”. La velocidad del crecimiento no garantiza ni equidad ni justicia entre los contemporáneos, tampoco el trato de futuras generaciones, ni del ambiente.

 

Pero, sí, “la capacidad para cambiar de posición”. Ejemplo: China. Su velocidad (tres décadas) cambió la posición del Celeste Imperio y la geografía económica del planeta. Velocidad y cambio de posición son términos para mirar esa presentación.

 

La Argentina del Siglo XXI está en una posición incomoda e inestable.

 

De mantenerse, en los próximos años, la baja velocidad de nuestra economía en las últimas décadas, estaremos en el mejor de los casos en la misma posición.

 

Pero la incomodidad y la inestabilidad serán crecientes, lo que augura riesgos mayores que muchos se niegan a considerar. ¿Por qué?

 

El mal de nuestras últimas generaciones es la negación del futuro. Es habitual comentar el negacionismo de Donald Trump o Jair Bolsonaro sobre el coronavirus. Ese es negacionismo del presente.

 

En Argentina, los líderes aprecian el presente y, a cambio de ello, autodisculpan el negacionismo del futuro que practican. No sólo los líderes. No hay lugar para sueños o utopías en el debate y el pensamiento argentino contemporáneo. Una enfermedad grave. Vuelvo a Wagensberg: “Una utopía es para tensar, desde el futuro, un presente amarrado a su pasado”.

 

Es la imagen del pantano. Argentina está en un pantano. Salir de él requiere el malacate de la historia atado al futuro pensado y deseado.

 

Pero si no deseamos el futuro, si nuestros líderes no lo piensan y lo anuncian, seguirmos amarrados al pasado, un pantano en el que hacer fuerza sólo genera empantanarnos aún más.

 

Si entendemos necesitar y si deseamos “cambiar la posición actual”, enorme incomodidad y potencial inestabilidad, es inevitable pensar como “acelerar” la velocidad de crecimiento.

 

Sin mayor velocidad no hay cambio de posición posible y nos condenamos a un entumecimiento progresivo. Vamos al punto.

 

Guzmán dio los detalles de la parte medular de su programa económico, hasta ese momento desconocido por el público argentino, en un escenario, si bien por vía remota, externo.

 

No fue una convocatoria a los argentinos para que compartan las metas que se propone.

 

Su presentación la hizo rodeado de las cuatro personas que, sabemos ahora, son claves de su ministerio. “El equipo”.

 

Las fotografías dicen tanto por los que están como por los que no aparecen.

 

No estaban presentes ni su colega de gabinete Matías Kulfas, ministro de Desarrollo Productivo (quién tiene a su cargo la industria y la energía) ni la segunda en la Jefatura de Gabinete dedicada al seguimiento de los objetivos económicos presidenciales, Cecilia Todesca.

 

Puede que esas ausencias sean irrelevantes, pero de cualquier manera así como se ha reclamado y logrado el apoyo de empresarios y sindicalistas al presentar su oferta para el pago de la deuda, hubiera sido un detalle positivo el compartir las proyecciones macro con los que lo acompañan en la responsabilidad del futuro. Estas proyecciones son las que definen el contexto de la oferta de pago de la deuda.

 

El ministro anticipa una caída del PIB en 2020 de 6,5%, lo que es compartido por la mayor parte de los colegas que realizan proyecciones. Sobre la economía maltrecha, el coronavirus nos generará un golpe enorme.

 

La tasa de caída promedio puede que sea mayor en la medida que las reacciones del Gobierno, si bien en la dirección correcta, sigan siendo tardías y escasas.

 

Volvamos. El mundo imaginado en diciembre de 2019 no está presente. Y no sabemos si volverá. Y si vuelve no sabemos cuando. Los datos que sí tenemos es que en el mundo con enorme liquidez las tasas de interés no podrán alcanzar ni los ya bajos niveles de precrisis hasta tanto la economía del planeta no de signos de retorno de consumos y recaudaciones tributarias, de modo de poner en camino la utilización plena de los recursos productivos y un atisbo de crecimiento del empleo. Para entonces el comercio exterior será agresivo. Mire Brasil.

 

El ministro, que define objetivos e instrumentos de política económica, proyecta que, al término de la gestión de Alberto Fernández, el PIB por habitante será 3% menor que el recibido en 2019

 

Guzmán (habida cuenta de la espantosa herencia que dejo Mauricio Macri y del impacto del coronavirus más las restricciones que impone el estado de negociación de la deuda) no imagina una gestión gloriosa ni para él ni para Alberto.

 

Y lo que es mucho peor: imagina un verdadero flagelo adicional al que hemos sufrido en la última década. ¿Será así?

 

¿Será una argumento para señalar a los acreedores lo dificil que sería pagar un centavo en estos años con la proyectada caída del promedio del nivel de vida de los argentinos?

 

Aún si la razón de exhibir esa proyección no fuera mostrar lo que se propone, ni fuera presentar lo que realmente proyecta y sólo fuera para demostrar nuestra actual incapacidad de pago y la necesidad de mucho plazo y bajas cuotas para cancelar, aún así, insisto, la proyección como noticia política es desafortunada.

 

¿Quién apostaría a compartir el estancamiento?

 

Guzmán proyecta crecer desde 2023 hasta 2030 a 1,7% anual acumulativo. Eso equivale a proyectar que la expansión por habitante de Argentina en la próxima década será notablemente menor (0,5%) que la que se materializó desde 1975 hasta el presente, que fue de 0,60% anual.

 

La tasa de crecimiento de los últimos 45 años, en la dinámica social, es una tasa de decadencia. El PIB por habitante creció a una tasa tal que, a ese ritmo, el PIB se duplicaría cada 120 años.

 

Está claro que el objetivo de cualquier programa destinado a superar la debacle social en la que vivimos, obliga a procurar una mucho mayor velocidad para (con el crecimiento) proveer a la superación de la pobreza que consumió los cimientos de esta sociedad que progresó colectivamente con el Estado de Bienestar.

 

Que se han consumido los cimientos lo ha puesto de manifiesto el estado de la pandemia y, sobre todo, los pasos de los últimos días.

 

La proyección que Guzmán ha expuesto es que Argentina, creciendo a 1,7% hasta 2030, es la de una velocidad a la que su PIB por habitante se duplicaría en 140 años.

 

A ese ritmo, cualquiera sea la forma en que se logre, es inevitable la profundización de la decadencia y el incremento de la incomodidad y la inestabilidad colectiva.

 

Le recuerdo que la decadencia, la escandalosamente baja tasa de crecimiento (la velocidad reptante) de la economía ha producido el crecimiento “chino” del número de personas sobreviviendo bajo el nivel de la pobreza (7% anual acumulativo durante los últimos 45 años).

 

Asociada a esa decadencia podemos citar un sinnúmero de desgracias cotidianas que se suman al sufrimiento vital y colectivo de 50% de los menores de 14 años viviendo bajo la línea de pobreza. Una no menor es el atascamiento de la educación y la división entre un grupo de jóvenes ciudadanos del mundo que se destacan en las universidades y en las empresas del área del planeta y un (cada vez más numeroso) grupo de jóvenes cuya nota distintiva es la “deserción” temprana del sistema educativo y su más que probable exclusión del sistema productivo y su futura inclusión en el grupo (cada vez más numeroso) de los necesariamente asistidos para mantener esta paz social que se estará convirtiendo en un conflicto social silencioso, acumulativo, incómodo y desestabilizante.

 

Las proyecciones de Guzmán señalan un modesto incremento de las reservas internacionales. Suponiendo que sus estimaciones de 2020 sean correctas lo que se propone para 2030 es un incremento de 50% en las mismas, con un superávit primario de 1% del PIB y desde 2023 imagina un Tesoro que no recibe transferencias del BCRA, con una permanente reducción de la tasa de inflación que, medida por precios implícitos en el PIB, estaría aproximadamente en 4% en 2030.

 

Una economía que acumula reservas cumple con el pago de los servicios de la deuda, que morigera la inflación a ritmos normales de la economía occidental en 10 años, que manifiesta un largo período de superávit primario es, mirando sólo esos parámetros, una economía “normal”, sin desequilibrio externo ni fiscal y cumpliendo sus compromisos.

 

Pero la gran pregunta es cómo pueden lograrse esos objetivos si la tasa de interés a pagar es casi el doble que la tasa de crecimiento prevista del PIB. ¿Con esa tasa de crecimiento del PIB (1,7%) cuál es la expansión prevista de las exportaciones que, sin reformas de la estructura productiva que pasan por la inversión masiva y la sustitución de importaciones, financie la dinámica importadora que es 3,7 a 1 respecto del PIB?

 

¿Será estabilizadora respecto de la deuda externa esa tasa de crecimiento menor que la tasa de interés a pagar?

 

¿Será estabilizadora respecto de la reducción del número de pobres una tasa de crecimiento del PIB por habitante menor a la que produjo el incremento del 7% anual en la pobreza?

 

Son preguntas. Pero mi respuesta a las mismas es negativa.

 

Apoyo en 100% la propuesta de pago de la deuda formulada por Guzmán. Es realista y posible. No dudo que ni él ni el Presidente acudirán al default, que es el peor de los escenarios imaginables. Creo que algunos ajustes en las tasas, en el capital y en el reconocimiento de intereses durante el período de carencia no modifican lo esencial. El acuerdo está cerca.

 

Pero no entiendo ni comparto las proyecciones de Guzman que no son compatibles ni con el clima para generar la confianza en nuestro desarrollo, que es el único argumento que paga la deuda, ni con la velocidad morosa que consolida la “posición” incomoda e inestable que Guzman ha heredado. Sin velocidad no hay capacidad. ¿Quedarnos en el mismo lugar?

 

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