¿Qué es un plan?

29 de mayo, 2020

 

Por Carlos Leyba 

 

El Presidente Alberto Fernández ha dicho que “dará a conocer las bases de un ‹contrato social›”. Tal vez sea una respuesta a la demanda por un plan, instrumento reclamado por muchos gobernados.

 

Un “contrato social” tal vez sea una base para un acuerdo amplio sobre el rumbo que deberá adoptar nuestro país. Hay muchas definiciones que tienen décadas mal resueltas.

 

Ejemplos. ¿País de productores, en el sentido que exportaremos más de lo que importamos?¿Un país primario o nos encaminaremos a recuperar un destino industrial exportando industria? ¿Reconstrucción del territorio repoblando el interior generando en él capacidad de trabajo de alta productividad? ¿Reconstruiremos el Estado abandonando su función de “seguro de desempleo”?

 

¿Volveremos a reinstalar el sistema ferroviario y a reconstruir su industria? ¿Haremos posible que el 50% de los niños, que son pobres, tengan desde el amanecer las condiciones diarias para educarse?

 

Es ocioso decir que ninguno de esos objetivos ha inspirado a los gobiernos en los últimos 45 años. Hemos hecho todo lo contrario: importadores, deudores, destruimos el sistema de transporte, generamos 16 millones de pobres y nos especializamos en proteína vegetal, mientras las grandes ciudades generan cordones increíbles de miseria.

 

¿Cuál puede ser la razón última? Hace largo tiempo renunciamos a orientarnos por “un plan”. Es decir a tener una visión, más o menos consensuada implícita o explícitamente, que guíe políticas públicas y que oriente y estimule decisiones privadas para lograr la realización de las ambiciones que, en ese plan, habrían sido expresadas claramente.

 

Poniéndolo en palabras de José. Ortega y Gasset, la Argentina renunció a construir “un proyecto sugestivo de vida en común”. Renunció porque lo tuvo.

 

Distintas etapas, hiladas por la común propiedad de ser presididas por una “visión”, cada una de ella dio sus frutos que se acumularon para lo porvenir. Animo de “proyecto sugestivo” que recitamos, tratamos y vivimos, desde los albores de la Patria.

 

No es difícil rastrear desde Mayo, en aquellos criollos, una secuencia de objetivos, a pesar que sufrimos luchas civiles por las distintas maneras posibles de alcanzarlos.

 

Varios proyectos frustrados, que nunca fueron abandonados del todo, se hicieron presentes en una manera común de anhelar el futuro. La maduración de ese estado y del Estado, se concretó en la Constitución del ‹53 que fue una visión y un “plan”, que se materializó, entre otros logros (generosa decisión de los hijos de la Colonia), en un espacio de progreso para millones de emigrados de ultramar y que se transformó en progreso colectivo.

 

Esa vocación de bienestar colectivo e incluyente, se prorrogó en el Siglo XX.

 

La edad previa al ocaso fueron los últimos 30 años (1944-74) en que el “plan”, la visión, condujo la realización económica y social a pesar del tremendo conflicto político que no impidió el crecimiento y el desarrollo del país.

 

El país creció en todas las dimensiones, desde su mismo nacimiento exactamente hasta el fin del progreso, la espantosa decadencia, en que estamos desde 1975, si medimos crecimiento, pobreza, y equidad. Decía Julio H. G. Olivera: “Para el progreso económico importa además la organización económica como productora de hombres”.

 

La fábrica de pobres que hemos sido desde hace 45 años nos está exponiendo el futuro que nos condena si no recuperamos el concepto moral de que “el plan es ética en acción”. Lo decía Paul Ricouer.

 

Escuchemos a un representante intelectual de quienes, desde 1975, anatematizan la “idea de plan”. Federico Sturzenegger dice en su libro “Yo no me quiero ir”: “A principios del Siglo XX el PIB per cápita osciló entre el 70% y el 80% del de un australiano hasta mediados de los años 70” . Suma 75 años de progreso igual al de Australia.

 

Este miércoles, Martín Rappeti publicó un gráfico de la evolución del PIBI por habitante desde 1970 hasta hoy que confirma la colosal decadencia. En 2020 el PBI por habitante será igual al de hace 45 años (1974). Desde 2012 estamos en una caída libre, gobernada por Cristina Kirchner y Mauricio Macri, que nos ha aterrizado en el nivel de 1974.

 

La periodización, “cortar el tiempo en períodos es necesario para hacer la historia no es un simple hecho cronológico sino que expresa también la idea de viraje” (J. Le Goff).

 

Pues bien, “el gran viraje” ocurrió como consecuencia del deliberado abandono del “proyecto sugestivo de vida en común” que, luego de la mecha de la guerrilla, fue encendido de manera arrasadora por el “Rodrigazo” y la Dictadura Genocida y continuado hasta hoy.

 

Una revolución cultural nos retrotrajo a la disolución de toda idea de objetivos comunes, a la dilución de la función de desarrollo del Estado, a la reducción de la vida social a un conjunto de reglas destinadas a administrar un territorio, no una Nación, que se convirtió en uno de fronteras débiles por donde se expulsó a la miseria a millones de argentinos; tan débiles que una ola importadora destruyó y destruye el trabajo nacional y engrosa la deuda externa para financiar esas importaciones. Fronteras débiles que hicieron que las decisiones del Estado, destinadas al bien común, estén sometidas al interés de lobbies poderosos.

 

Estadísticamente hay dos grandes “períodos” en nuestra historia.

 

Argentina como proyecto sugestivo de vida en común, iniciado desde las luchas criollas por la Independencia, en que el país creció y se desarrollo económica y socialmente y progresó institucionalmente, al compás de proyectos densos, pensados, fundamentados, compartidos. Lo dicen los hechos. Un segundo período, que empieza en 1975 y llega a nuestros días, el de la decadencia.

 

No hay plan o “visión” para la decadencia; ella ocurre, justamente por la ausencia de plan, de “visión”. Fronteras culturales débiles. ¿Quién demolió la convicción de una visión y un plan con objetivos para gobernar? ¿Cómo ocurrió? ¿Qué pandemia ideológica nos enfermó? Claudio Jacquelin, columnista de La Nación, señala que surgió “un nuevo orden mundial que consagró la hegemonía del neoliberalismo económico”. Pero antes de esa “hegemonía” hubo la construcción de un discurso que, luego de la crisis del petróleo, se vio acompañado por una marea de dólares que buscaban su colocación. Así se generó la economía para la deuda externa y la deuda social.

 

A partir de 1975 se instaló el discurso local de “no hay alternativa” que derogó el requisito de pensar para gobernar dado que “no hay alternativa”. Fue disuelta la oficina estatal en la que se articularon objetivos de mediano y largo plazo para todas las áreas de injerencia pública; proyecciones, globales y sectoriales, a mediano y largo plazo, de nuestra economía y del marco internacional que imaginábamos.

 

Todos esos planes de desarrollo estaban acompañados por leyes de promoción de la inversión privada –incentivos y protecciones – y un sistema de financiamiento a largo plazo.

 

No es posible afirmar que el desempeño de la economía de esos años haya cumplido estrictamente lo que aquellas proyecciones proponían, ni que el mundo se hubiera comportado tal cual se previa. Pero sí podemos afirmar que, esos años (los de los objetivos de desarrollo y de los instrumentos públicos para lograrlo, los de la existencia de un plan) fueron los de mayor crecimiento por habitante en nuestra historia considerando etapas largas de 30 años.

 

Ninguna etapa anterior (de 30 años) tuvo la misma tasa de expansión que la etapa 1944/74; aunque todos las etapas, desde que llevamos registros, fueron de crecimiento hasta 1975.

 

El tremendo estancamiento que hemos vivido de 1974 a 2020 es un fenómeno único, como única es la ausencia de plan y de “visión” en la política de estos años.

 

No se puede afirmar que ese récord de crecimiento (y desarrollo) del período 1944/74 haya sido producto de la existencia de un plan o de una visión.

 

Pero sin ninguna duda podemos afirmar que ese récord de expansión, cuyos números comparados no pongo para no fatigar al lector, fue la consecuencia del trabajo de generaciones de hombres públicos y dirigentes, en los que incluyo empresarios, sindicalistas, cuadros de la universidad, intelectuales, que entendían la política pública como una de objetivos y el objetivo central de “un proyecto sugestivo de vida en común”.

 

Sin duda los mismos ánimos que dominaron, cada uno a su tiempo, la obra monumental y, sobre todo, generosa, de los hombres que forjaron los primeros 100 años de la Patria que supieron brindar futuro a millones de hombres que emigraban para encontrarlo.

 

Todas esas generaciones tuvieron claros y explícitos objetivos que obligaban a la reflexión sobre los instrumentos necesarios para lograrlos.

 

A ese último período (1944/74) de preminencia de los objetivos, en el que gobernaron todas las formaciones políticas con convocatoria electoral y también las minorías sin votos, a través de los golpes militares, le sucedieron formaciones políticas que desistieron de guiarse por objetivos o metas y pasaron a gobernar con la idea que sólo hay que “formular reglas claras y permanentes” y que, en base a esas reglas, el mercado –las decisiones económicas individuales– con su “estricta racionalidad” generará la decisión económicas optimizantes que incrementarán la productividad que, sin duda, es el primer y fundamental elemento del desarrollo.

 

Las estadísticas nos revelan que no fue así: la liberalidad para los mercados destruyó las fuerzas económicas y forjó una “sociedad de mercado” que fabrica exclusiones.

 

Desde 1975 fueron derogadas, mutiladas, degradadas, todas las leyes que contuvieran promoción de la inversión y los organismos de financiamiento por fuera de mercado. El gobierno por las reglas derogó los objetivos. Así nos fue.

 

El Presidente anunció un “contrato social”. Concertarlo deberá atender, como dice Francisco, a que en el diálogo, nos respetemos y reconozcamos con igualdad de estatus. La grieta afuera. Ofrecer al debate un “plan”, con objetivos e instrumentos, será superar los acuerdos, por cierto legítimos, sobre abstracciones que no alimentan en estas urgencias dramáticas.