Harguindey: “Por ahora, Biden está mejor ubicado que Hillary en 2016”

5 de mayo, 2020

Entrevista a Joaquín Harguindey Politólogo Por Alejandro Radonjic

 

Como ocurre desde 1845 cada cuatro años, el primer martes después del primer lunes de noviembre se celebrarán elecciones presidenciales en Estados Unidos. El 2020 es año electoral y el Día-D será el 3 de noviembre. En un contexto inédito (y muy distinto al que se perfilaba haces escasas semanas), los demócratas irán detrás de Joe Biden y los republicanos, obviamente, detrás de Donald Trump. Sobre el camino hasta el 3-N, y lo que pueda pasar en “Election Day”, El Economista dialogó con el politólogo Joaquín Harguindey.

 

A comienzos de abril, se despejó una incógnita muy importante en la carrera hacia la Casa Blanca: la nominación demócrata. Será Biden, el histórico N°2 de Barack Obama. Analicemos un poco su candidatura. ¿Permitirá aglomerar a todas las facciones demócratas y, acaso, pescar más allá entre los independientes?

 

En otras palabras, ¿es un buen candidato? Por ahora, Biden parece estar en una mejor posición comparada a la de Hillary Clinton en el mismo punto del ciclo previo, no solo al haber concluido el proceso de primarias antes sino también por haber tenido un cierre más armonioso personalmente con Bernie Sanders y electoralmente con sus seguidores. Eso, en principio, indica que tiene más tiempo y un mayor potencial para lidiar con las divisiones internas partidarias previo a la elección general, sumado al hecho de que su principal rival interno aparenta tener más deseos de cooperar que con Clinton en 2016. Con respecto a los independientes, uno de los aspectos más importantes y respaldados por información concreta de la primaria demócrata de 2020 fue que el ingreso de nuevos votantes al partido provino mayormente desde el centro ideológico y favoreció a los candidatos moderados como Biden, y no a Sanders como la campaña del senador por Vermont argumentó que iba a ocurrir. Estos nuevos votantes, o mejor dicho nuevas votantes si nos guiamos por las encuestas de boca de urna que indican que son un su gran mayoría mujeres, en gran parte abandonaron el Partido Republicano durante los últimos cuatro años y fueron esenciales para las victorias legislativas y estatales demócratas desde 2017. Que hayan optado por Biden durante la primaria es una muy buena señal de su capacidad para atraer votantes independientes. Dicho eso, si la pregunta es directamente si Biden es un buen candidato, diría que no es el óptimo debido principalmente a que ha estado en política desde los años ‘70 y arrastra detrás de si un montón de votos, declaraciones y acciones potencialmente problemáticas para un electorado de 2020, pero dentro de las opciones disponibles en la primaria tampoco era el peor. A pesar de su considerable historial, su debilidad organizativa en campaña y las aperturas que ha otorgado a las críticas (de buena y mala fe) sobre su edad, Biden posee una conexión inigualable y extremadamente valiosa con porciones del electorado que a veces por diferentes motivos desean un regreso a la era de Bracak Obama y lo ven como la mejor opción para remover a Trump de la Casa Blanca.

 

Trump era favorito hasta marzo. La economía (dentro de todo) venía bien; se lo veía efectivo con su agenda; no tenía disputas internas; tenía buenos niveles de aceptación (aunque no descollantes); superó la intentona de “impeachment” y, además, era, y aun es, el “incumbent”, con todas las ventajas que eso genera. Sin embargo, apareció el Covid-19. Eso lo complicó en dos aspectos, cuanto menos: primero, porque lo minimizó (y EE.UU. ya tiene más de 1,1 millón de contagios) y, segundo, porque derrumbó la economía. Si, además, uno mira las encuestas, lo ve atrás de Biden en voto popular y en “swing states” decisivos. ¿Puede ganar todavía?

 

Sí, tal como están ahora las cosas creo que Trump aún puede ganar. La magnitud de la pandemia y la crisis económica todavía no están establecidas y es prohibitivamente temprano para asegurar qué efecto político pueden tener dentro de seis meses, además de que los demócratas ni siquiera han llegado a su Convención Partidaria aún ni dado fin formal a las especulaciones sobre candidaturas. Por eso, guiándonos con la información disponible ahora mismo, Trump sigue teniendo las ventajas de una coalición mejor distribuida para los caprichos del Colegio Electoral y la posibilidad de una fractura en la coalición contraria a pesar de ser numéricamente más grande. Hay además bastante respaldo para afirmar que desde hace cierto tiempo las identidades políticas se han hecho tan firmes y sólidas en Estados Unidos que variables como el desempeño económico del país no necesariamente afectan el comportamiento electoral como lo hacían décadas atrás. Por eso, es posible que aún si la economía estadounidense está en ruinas en noviembre, el efecto “castigo” que se ve en electorados más políticamente flexibles no sea tan grande como algunos anticiparían. La contracara de esta hipótesis en parte pudo ser vista en las elecciones de 2017 y 2018, durante las cuales un electorado disfrutando una economía descrita como excelente le dio control a los demócratas de gobernaciones, legislaturas estatales y de la Cámara de Representantes. Una última cuestión refiere a la limpieza y transparencia de la elección en noviembre. Desde hace décadas, el Partido Republicano ha progresivamente ido abandonando sus compromisos con el juego democrático limpio, haciendo uso de múltiples trucos para impedir el voto por parte de votantes que tienden a optar por los demócratas. Debido a las características de la pandemia existe un riesgo real de que algunos votantes deban decidir entre arriesgar su salud o no emitir su voto, lo cual crea una oportunidad de hacer la elección aún más susceptible a la manipulación que en tiempos normales. Un hipotético gran esfuerzo por impedir el voto por correo, cambiar la distribución de los centros de votación o imponer nuevas trabas en los documentos requeridos bien podría tener un efecto electoral considerable a favor del Presidente.

 

Como ya hemos aprendido, el sistema electoral de Estados Unidos es indirecto y el voto popular a nivel nacional no es la mejor variable para proyectar quien ocupará la Casa Blanca desde 2021. ¿Qué variables más específicas deben mirarse para arrimar el pronóstico?

 

Es verdad que las encuestas a nivel nacional no son los más útiles, aunque sirven como proxy para otras cuestiones y también para contrastar las encuestas estatales. Dicho ello, a lo bruto diría que la mejor combinación es mirar el agregado de encuestas en cada uno de un grupo selecto de estados, el nivel de financiamiento de los candidatos al Senado, el número de jubilaciones en los “caucuses” de cada partido y la presencia (o ausencia, aún está por verse en muchos casos) de los partidos menores en la boleta de cada Estado. Diría que da un buen pantallazo del panorama general.

 

Dejá un comentario