Política y economía (economía política) en tiempos de pandemia

27 de mayo, 2020

Por Luis Blaum (*)

 

La combinación de pandemia y deuda externa de Argentina ha dado lugar a un hecho peculiar que permite situar y medir la crisis que padecemos. En efecto, un grupo de académicos relacionados con la ciencia económica hemos firmado una carta de apoyo a la negociación que, por la deuda soberana, mantiene el Gobierno de Argentina con los acreedores privados.

 

Allí, en el marco de “la mayor crisis mundial de la que tenemos memoria”, se efectúa un llamado a la razonabilidad de los acreedores destacando “la ausencia, a nivel internacional, de un marco legal que permita reestructurar deudas soberanas”.

 

Esas breves líneas nos ayudan a dirigir la mirada: exhibiendo con crudeza un contexto que ha equiparado naciones soberanas con agentes privados y, por lo tanto, dependen de su arbitrio, la crisis actual rememora la figura de John Maynard Keynes, empeñado en fundamentar teóricamente un orden económico y político cuyos objetivos nacionales e internacionales dependerían de instrumentos de corto y largo plazo, operados por las instituciones correspondientes. Es decir, en un escenario que evoca la crisis del ‘29, asoma en la academia un protagonismo que proponemos ampliar para repensar una necesaria modificación en los términos y modos que han desarrollado el proceso globalizador: lejos de un ignoto destino que nos dejaría a merced de los acontecimientos, la crisis desatada por la pandemia se vincula a un momento histórico particular que habilitó el tenaz retorno del “auto-cercenamiento” soberano.

 

Permítanme apuntalar esas posturas ubicando allí dos aspectos: por un lado, podemos pensar el orden socioeconómico en su capacidad para asimilar un acontecimiento que, independientemente de su origen, aparece como un shock que afecta todas sus esferas. Por otro, estas circunstancias son las que muestran dramáticamente las verdaderas condiciones de posibilidad del funcionamiento “normal” de dicho sistema.

 

Respecto al primero, la pandemia ha desnudado la fragilidad que padece la institucionalidad internacional para lidiar con la crisis sanitaria, económica y social que afronta el mundo. En ese marco, la enorme desigualdad de recursos entre países posee un correlato no simétrico en las respuestas de sus sistemas políticos: algunas, efectuadas en países influyentes, son notoriamente irresponsables, y generan un escenario de impotencia para suscitar una estrategia global.

 

¿Cómo se gestó esta situación? Evoquemos al respecto el “doble movimiento polanyiano” y la ciencia económica que subyace a ese curso. Brevemente, Polanyi caracteriza la dinámica de las “sociedades de mercado” mediante un péndulo cuyo extremo original es la utopía del mercado autorregulado. Su expresión histórica más acabada fue, a nivel internacional, el patrón oro, y la mentalidad que lo sostuvo podemos denominarla “liberalismo económico” o neoliberalismo. Distinguiéndolo de otros significados que contiene la etiqueta liberal, su pretensión es anular o neutralizar toda injerencia estatal, sustrayendo el orden económico de la política y la democracia (no hay opciones para elegir).

 

Las consecuencias sociales negativas que ocasionaron tal utopía, impulsaron un movimiento defensivo de la sociedad que dio lugar a nuevas formas de organización económica, incluyendo el extremo opuesto: las economías de comando. Erigidas en el horizonte de una utopía paralela que prometía la desaparición del Estado, terminaron en regímenes totalitarios.

 

El recorrido pendular supuso soluciones intermedias que combinaban las decisiones descentralizadas con la central: el Estado de Bienestar se efectuó no sólo como una reacción a la crisis del ‘29, sino también en el posterior enfrentamiento con el “comunismo”. Se trató de una síntesis que, preservando los derechos humanos y la esencia democrática moderna, los enlazaba con el reconocimiento del malestar que emerge de las desigualdades e injusticias socioeconómicas. En otras palabras, encarnó una disposición ética destinada a mediar los conflictos bajo una plasticidad en la forma social y política, adaptada a las diversidades nacionales. Podríamos decir que sus logros nunca fueron cabalmente aceptados, como si la simpleza y abstracción de las respectivas utopías fueran más seductoras que sus realizaciones. Luego de la caída del muro, se acentuó su repliegue.

 

En el mismo lapso, la teoría económica fundamentó el carácter utópico de ambas concepciones, determinando las necesarias articulaciones entre el Estado y el mercado: por un lado, corresponde a la decisión central soberana morigerar el inevitable curso cíclico macroeconómico y sus efectos sobre el crecimiento y el desarrollo (políticas de estabilización), esto es, evitar el daño que producen los ciclos pronunciados, generando las condiciones para que la inversión se efectúen en tiempo y forma: son tan malos los picos deflacionistas como los inflacionarios.

 

Adicionalmente, el Estado debe atender la disponibilidad de bienes que presentan indivisibilidades en su efectividad: ellos funcionan para cada agente individual si lo hacen para el conjunto. Entre otros, podemos ubicar a la defensa nacional, la salud pública y, notoriamente, el dinero; en todo caso, la actividad privada por sí sola no puede solventar las necesidades que estos bienes satisfacen, y que se muestran dramáticamente en las guerras, pandemias y crisis económicas. ¿Quién sino el Estado podría disponer de las cantidades de dinero y la movilización de recursos que dichas circunstancias demandan? La comparación de la economía de guerra y la pandemia es pertinente en tanto se trata de situaciones donde una parte significativa de los recursos productivos son desviados o no están disponibles para la satisfacción normal de las necesidades de la población.

 

Pero como la ciencia económica y la propia evolución histórica señalan, el Estado no puede esperar a la guerra, la pandemia o la crisis económica para abordar sus efectos, sino que, en tanto decisiones de largo plazo, deben formar parte de sus tareas de previsión y planificación. ¿Qué muestran entonces las crisis como la experimentada en el 2008 o la actual?

 

De una parte, el incremento en el gasto público registrado en todas las economías de mercado a partir de la crisis del ‘29 para atender la adecuada oferta de bienes públicos (más del 40% del PIB en la actualidad), generó de paso un freno a la velocidad de la caída en la actividad económica. Adicionalmente, en lugar de someterse a la receta ortodoxa (como sucedió en el ‘29), la Reserva Federal y otros bancos centrales pusieron a disposición del mercado una volumen enorme de liquidez que impidió males mayores. De otro modo, expresada en sus modalidades económicas, las crisis exhiben a la soberanía estatal como la condición de funcionamiento del mercado.

 

Llegamos al centro de nuestra preocupación: frente a estos desarrollos, el neoliberalismo constituye un credo elemental que no sólo traspasa los límites de la ciencia económica, sino de cualquier otra cientificidad, ya que puede combinarse con cualquier tipo de doctrinas y dogmas que incrementan su poder disgregante.

 

Lo que conserva de sus versiones clásicas es el permanente cuestionamiento a la soberanía, es decir, con distintas modalidades y grados, se trata de autonomizar lo económico de lo político, lo cual conduce indefectiblemente a engendrar fuertes daños en la totalidad social, ¡incluyendo a muchos de los sectores e intereses que se presuponen allí protegidos y propiciados!

 

Sin embargo, hegemonizan sustancialmente la agenda política e ideológica global, generando tensiones económicas, sociales y políticas en un movimiento pendular que no logra estabilizarse en una medida apropiada. El euro es un ejemplo de cómo un conjunto de Estados de Bienestar han delegado su soberanía y las instituciones democráticas que procesan pluralidad de visiones e intereses, sometiéndose al “argumento de ‘atarse las manos’ para alcanzar la estabilidad monetaria.” En otros términos, esto “equivale a dejar fuera de la discusión democrática una de las herramientas fundamentales de la política económica, como es la política monetaria” (2).

 

A su turno, con sus tres experiencias de los años 1976-82, 1991-2002 y 2016-2020, nuestro país es un caso paradigmático de su poder destructor, no sólo de la economía y la integración social, sino también de la estatalidad: más allá del volumen del gasto público, ella debe entenderse como la capacidad de gestión y disposición del sistema de representación democrático y republicano para atender sus propósitos.

 

Convengamos en la eficacia que han tenido estas ideas para penetrar en el campo ideológico y político: la Convertibilidad, que entre otros efectos negativos produjo un derrumbe de casi 20% del PIB, contó con el apoyo de las principales fuerzas políticas populares, del que nunca se rescataron plenamente. No sólo eso, sino que en algunos períodos que rigieron políticas diferentes, simplemente invirtieron el dictum neoliberal: del “nada económico es político” al “todo” lo es, originando la aparición de cuellos de botella, el deterioro inflacionario y la necesidad del ajuste que, al no efectuarse en los modos y tiempos necesarios, prepararon las condiciones para el retorno neoliberal.

 

Observemos que tanto por su vaciamiento (sin regulaciones, no se requiere organismos públicos que las ejecuten), o por considerarlo un espacio de ocupación política, ambos cuestionan la estatalidad y su necesidad del funcionariado público permanente y capacitado para velar por los intereses particulares, desde la perspectiva del interés o voluntad general. Vale decir, un tema de especial consideración es que no hay el regreso de uno sin el retiro o falencias del otro. Esta problemática ha irrumpido en la propia academia de economía, la cual no ha conseguido marcar claramente los límites impuestos por la cientificidad, trasgredidos por las posturas ideológicas y sus efectos negativos. De allí la relevancia que adquiere la carta mencionada más arriba, y el llamado de atención respecto al lábil entorno en que nos desenvolvemos.

 

No menos importante: la pandemia ha puesto en evidencia cuestiones éticas y culturales que giran alrededor de la vida y los costos que impone su cuidado. Se trata de prioridades y el modo en que se articulan, del momento para acotar la disputa electoral y asumir la unidad nacional, estableciendo mediaciones para que dichos temas se encarnen en instituciones que las hagan efectivas.

 

Responder al desafío planteado por las preguntas que definirán la política internacional en los próximos años, requiere el esfuerzo para efectuar el retorno al centro de la escena de la idea de bienestar con proyecciones globales, tarea que convoca a las ciencias y, de suyo, al necesario concurso de las academias que deben asumir la responsabilidad correspondiente.

 

(*) Licenciado en Economía Política y Mg. en Epistemología, Metodología e Historia de la Ciencia. Actualmente dirige el Centro de Investigación y Docencia en Economía para el Desarrollo (CIDED) de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF)

[1] Ver Temin, P. y D. Vines (2014), Keynes. Useful Economics for the World Economy, MIT Press, Cambridge, 2014, Cap.8 2

[2] Keifman, S. (2004), “Sobre la Economía Política de la Política Monetaria”, Novenas Jornadas de Economía Monetaria e Internacional La Plata, Argentina, 6 y 7 de mayo de 2004.

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