Los motivos detrás de la militancia anticuarentena

6 de mayo, 2020

Los motivos detrás de la militancia anticuarentena

 

Por Francisco Eggers Economista

 

Hay en este momento un intenso debate respecto al aislamiento social: hay quienes dicen que es socialmente conveniente, otros que es un desatino. No ahondaré aquí en las argumentaciones de los primeros, ya que es la posición de la inmensa mayoría de los gobernantes del mundo, está respaldado por la gran mayoría de los expertos (más allá de la fuerte repercusión mediática que reciben los pocos que opinan en sentido contrario) y, en general, por lo que sé, también por la mayoría de la sociedad. Me interesa ahora detenerme en las opiniones de quienes dicen que restringir las actividades económicas es un sacrificio inútil, que no vale la pena.

 

En principio, hay tres caminos potencialmente exitosos para enfrentar la pandemia: uno es el aislamiento social más o menos estricto, lo que se suele llamar “cuarentena”. Si fuera total, se detiene el contagio: si las personas están aisladas una de la otra, las infectadas no pueden contagiar a las demás, y una vez resuelta la situación de los enfermos (con su cura o con su muerte), se acabó: las personas sanas no tienen forma de contraer la enfermedad.

 

En general, la cuarentena no es total: el virus se va transmitiendo, pero a una velocidad suficientemente baja como para que no colapse el sistema sanitario, a la espera de que aparezca una vacuna o una cura y, mientras tanto, se vaya hacia cuarentenas “focalizadas” (levantando restricciones donde no hay infecciones) y hacia formas de producción de bienes y servicios que minimicen los contagios. El caso más exitoso es, sin duda, el de China, país de origen del nuevo coronavirus y que, hasta principios de marzo, tenía más del 90% de las víctimas fatales. Hoy casi no tiene casos nuevos.

 

El segundo camino es el aislamiento focalizado de casos confirmados o sospechosos. Requiere un conocimiento muy grande de la situación epidemiológica de la población, ya que los portadores del virus suelen pasar por una etapa asintomática, cuando son indistinguibles del resto de la población (a menos que se les haga un test PCR), y sin embargo pueden contagiar el virus. El caso exitoso más notorio es Corea del Sur, uno de los primeros países afectados, con más de 600 infecciones por día hace dos meses. Hoy casi no tiene nuevos contagios.

 

El tercer camino es el de “inmunidad del rebaño”: dejar que todos se contagien o, a lo sumo, aislar a grupos de riesgo y escasa productividad laboral, como los adultos mayores. Se presume (sin estar aún demostrado) que quien contrae la enfermedad no se vuelve a contagiar por un tiempo; entonces, si todos nos contagiamos, el virus desaparece.

 

Hasta ahora no podemos señalar ningún caso plenamente exitoso. Se suele hablar del “modelo sueco”, pero hay que tener en cuenta algunos elementos.

 

  • Suecia registra seis a siete veces más muertos por Covid-19, en relación a la población, que sus vecinos Noruega y Finlandia. Para quien considera que cualquier vida cuenta, eso no es un éxito pleno.

 

  • Hasta hoy, los casos confirmados en Suecia son poco más del 0,2% de la población, lo que permite arriesgar que menos del 2% de
    los suecos tiene o tuvo el virus, lo que los deja muy lejos de la “inmunidad del rebaño”. Y eso es posiblemente consecuencia de que algún tipo de aislamiento social ha habido en Suecia; de lo contrario, el contagio habría sido masivo.

 

  • En todo caso, el experimento no parece completo: en Suecia sigue habiendo contagios.

 

Asumiendo que no tenemos en Argentina (como en la mayor parte del mundo) los recursos y la idiosincrasia para implementar el “modelo coreano”, nos queda la primera y la tercera vía. La abrumadora mayoría de los gobernantes (no sólo el Presidente, también los gobernadores e intendentes) se inclinaron por la primera. Pero se leen varias opiniones en el sentido de que eso es una estupidez, que no tiene sentido, que hace más mal que bien. Esas opiniones suelen apoyarse en datos sin mayor sustento científico, como que la mortalidad del Covid-19 no es mayor que el de una gripe, o que habrá mayor cantidad de muertes con aislamiento que sin él (incluso llegando a sugerir que la cantidad de muertes sería la misma con o sin aislamiento).

 

No soy epidemiólogo, pero se ha publicado ya suficiente información estadística confiable como para establecer que esas afirmaciones no son ciertas. Como mínimo, estarían muy lejos de ser probadas. Entonces, ¿por qué las dicen prestigiosos economistas y periodistas como si fueran verdades reveladas? Mi impresión es que se trata de una cuestión de militancia: están en contra del aislamiento social impuesto en nuestro país, y lo que dicen está seleccionado en función de esa posición. Que quede claro: no digo que en nuestro país se haya implementado la mejor política posible contra la pandemia, y no me siento en condiciones de juzgarlo. Lo que digo es que, con tal de criticarlo, hay comunicadores que usan datos falsos, lo que incluye realizar afirmaciones arriesgadas sin decir que lo son, tratando de hacer creer que son verdades comprobadas.

 

Mi impresión (que es sólo eso) es que estas posiciones se originan en ideologías contrarias a la intervención estatal en la economía. Que no habría dos alternativas polares, sino tres: la primera, levantar las restricciones, y que el contagio vaya al ritmo que la naturaleza determine (que, sabemos, es bastante rápido, suficiente como para colapsar el sistema sanitario en pocas semanas). La segunda, la de imponer el aislamiento, y que cada cual se arregle. La tercera, la del aislamiento social, pero procurando asistir a los que lo necesiten, de modo que todos pasemos algún grado de privaciones, pero nadie se muera de hambre por la falta de actividad económica. Al fin y al cabo, se sigue produciendo suficiente cantidad de alimentos y servicios básicos como para poder asegurarlo.

 

Mi sensación es que, cuando se comparan los costos en términos de muertes con o sin aislamiento, implícitamente lo que se compara es la primera alternativa contra la segunda. Pero a lo que realmente se le tiene miedo es a la tercera, por la acción redistributiva que implica.

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