La agenda de la pospandemia para adelantar el reloj del 2040

5 de mayo, 2020

 

Por Andrés Borenstein Economista

 

La actividad económica de febrero (medida sin estacionalidad), el último dato antes de la cuarentena, equivale al nivel de junio de 2010. Para cuando la economía toque el piso, estaremos en niveles de finales de 2006. Esto implica una pérdida de ingreso per cápita de alrededor de 25%. A medida que la economía recupere cierta normalidad, habrá una rebote sin esfuerzo, que quizás lleve a que la pérdida de ingresos promedio de los últimos 15 años quede sólo en alrededor de 20%. ¿Y después qué?

 

Por un lado, la normalidad total va a tardar tiempo. Hay sectores empleo-intensivos que no recuperarán su nivel precrisis por mucho tiempo: turismo, recreación, restaurantes y eventos de toda clase, desde casamientos a congresos de médicos, por citar sólo dos ejemplos. Sumando esto a las heridas que quedarán en empresas y consumidores, hacen que la recuperación en V sea un evento de baja probabilidad.

 

Quizás el tema más importante saliendo del muy corto plazo sea pensar cómo puede crecer Argentina después del rebote cíclico. Hacia 2017 algunos economistas pensábamos (equivocadamente, a la postre) que Argentina podría crecer de manera sostenida a 3 o 3,25% anual en base a patrones demográficos y estimaciones de inversión y productividad. Los números que mostró públicamente el ministro de Economía, Martín Guzmán, hablan de un crecimiento sostenido de 2%. Varios economistas pensamos que en las condiciones actuales eso puede ser, incluso, optimista.

 

Esto implica menos de 1% per cápita, lo cual haría recuperar el PBI por habitante de 2006 recién en 2040. Esto es muy decepcionante. Aún, cuando se use algún supuesto más optimista y el empate al ingreso per cápita llegue unos años antes, la conclusión no cambiaría demasiado. Parte de este partido ya está jugado y no hay forma de hacer “Control+Z” para lo que pasó, pero se puede salir a jugar el segundo tiempo con otra estrategia.

 

La agenda parece conocida, pero no luce obvio que haya un equipo pensando el día después en materia económica. Hay, al menos, 4 elementos claves.

 

  • Argentina lleva 13 años con inflación de dos dígitos. ¿Cuál será la estrategia para bajar la inflación? Tiene que ser algo de largo plazo. El impuesto inflacionario no sólo es muy regresivo sino también genera distorsiones que hacen utópico un proceso de crecimiento sostenido. No hay soluciones mágicas como congelar precios de servicios públicos o subir la tasa astronómicamente. Se necesita un programa integral incluyendo los temas fiscales e institucionales. Es sofisticado y excede este artículo. Esto incluye tópicos tales como pensar una salida del cepo. Está claro que no es este el momento, pero es igualmente lógico pensar que no puede haber cepo para siempre. Nuevamente, esto implica un set de reglas creíbles que tienen implícito un menú monetario, fiscal e institucional. En ausencia de estos, tendremos cepo por muchos años. Y ya sabemos que los cepos generan todos los incentivos perversos más allá de la creatividad de quienes tengan que controlar e implementar las restricciones. En este sentido, evitar el “default” sería un primer punto a favor.

 

  • Argentina necesita exportar más e importar más. Decir la primera sin la segunda es voluntarista. En 2020 las importaciones per cápita (excluyendo energía) serán de algo más de US$ 800, parecido a 2006. En su pico las importaciones per cápita sin energía fueron US$ 1.555. Las exportaciones son el componente de la demanda agregada que menos ha crecido, más allá de cierto despegue en 2019. Tomando el PIB del 2004 como base, el consumo privado, el consumo público y hasta la inversión (por escaso margen) crecieron más que las exportaciones medidas en cantidades. Esto nos obliga a pensar como ser parte del mundo, cómo integrar las cadenas de valor globales, como multiplicar la exportación de servicios. Esto no quiere decir firmar cualquier tratado comercial que esté en oferta, pero sí implica tener una actitud proactiva hacia el comercio y no proteger sectores por el mero hecho de hacerlo.

 

  • Empujar el crecimiento del lado de la demanda puede funcionar un tiempo en momentos de alta capacidad ociosa, pero difícilmente sea una estrategia de largo plazo. ¿Cómo empujar la oferta entonces? No hay una receta mágica ni única, pero hay algunas cosas que no ayudan. Argentina tiene una presión tributaria muy alta (aunque bajó del 31% al 27,5% en el último ciclo). Bajar impuestos no es fácil dado que hay mucho gasto que financiar. Y el gasto no es tan fácil de reducir sin licuaciones inflacionarias. Una baja paulatina y creíble de la tributación y enfocada en reducir los impuestos más ineficientes, como ingresos brutos, debería aportar un grano de arena. Pensar en eliminar o reducir en el mediano plazo todas las tributaciones con sesgo antiexportación y anti inversión.

 

  • La provisión de bienes públicos tiene que mejorar. Para pensar en el largo plazo hay que buscar un estado más eficiente, que no necesariamente quiere decir más chico. Más infraestructura, mejor educación. Pero también menos burocracia. Argentina volvió a usar expedientes en papel e imposibilitó crear sociedades online. Esto claramente no tiene un impacto macro, pero transmite una señal preocupante.

 

Más allá del imprescindible conocimiento técnico que se necesita en cada uno de los capítulos, parecería que el hilo conductor pasa por pensar un patrón institucional estable que supere la grieta y que sea compatible con la alternancia democrática. En ese sentido, no estaría mal armar un grupo diverso y multidisciplinario para pensar estos temas que no esté contaminado por las urgencias políticas de la hora, pero que al mismo tiempo tenga un guiño político para no estar trabajando en el vacío. No es fácil, pero hay que empezar a buscar estos consensos si se quiere traer el reloj antes de 2040 como el día en que empatamos el ingreso per cápita del 2006.

 

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