Horas de centrismo y heterodoxia

5 de mayo, 2020

casa rosada estabilización

 

Por Sebastián Giménez Escritor y trabajador social

 

Semana crucial en la negociación con los acreedores. ¿Quién hubiera dicho que la propuesta de un discípulo de Joseph Stiglitz tuviera el aval del Fondo Monetario Internacional? Es que la pandemia todo lo puede, y los liberales se hacen estatistas o los estatistas liberales, según como se vea la cosa. Todos se fusionan en el desafío común de sobrevivir a la peste. Ya no sirve aquél dicho del “dime con quién andas y te diré quién eres”. Martín Guzmán con el FMI. Alberto Fernández con Horacio Rodríguez Larreta, aunque la postura común antigrieta se haya resentido un poco con los debates acalorados y surcados de cacerolazos de los últimos días por la situación de las personas privadas de su libertad en las cárceles de la República.

 

Eugenio Zaffaroni y Felicitas Beccar Varela, los extremos en la disputa por el sentido común. El garantismo de un lado y el coronavirus enunciado como una excusa para darles la libertad del otro. Un tema del ámbito judicial, sin dudas, que es el poder del Estado que cuenta con más idoneidad para resolver cada situación ponderando la justicia y el respeto a los derechos humanos.

 

Pero las respuestas en el ámbito judicial y el económico parecen insinuarse por el centro, esa avenida del medio a la que apostara anteriormente Sergio Massa o Roberto Lavagna con poco éxito por la acendrada polarización de las campañas electorales. La sensación es que se ensanchó la avenida del medio de tal forma que Fernández recoge una gran imagen positiva (que sufrirá su desgaste) reforzada por votantes que anteriormente eligieron a Mauricio Macri. No es casual que Cristina Fernández de Kirchner haya permanecido mucho tiempo callada. La hora del centrismo, del FMI abrazándose con el discípulo de Stiglitz y viceversa. Se peronizó un poco el FMI o el Gobierno se derechizó, para encontrarse en el medio. Del “todos los acreedores son malos” al podemos hablar con ellos y acercarles una propuesta. Del rechazo inicial de la misma por parte de los acreedores a cierto acercamiento que no quiere decir aceptación pero el default no parece ser una solución para nadie.

 

Guzmán presenta el plan y las perspectivas macroeconómicas estudiadas e insinúa plantarse en esa oferta: queremos pagar pero no tenemos con qué. Hay voluntad de pago pero no capacidad. Del otro lado, los acreedores no cortan el diálogo pero plantean exigencias aunque resignando algo a cambio. El gris de la negociación, entre el blanco y el negro, un color intermedio que ojalá haga llegar las cosas a buen puerto. El ministro de Economía no altera su tono de voz, su entonación no deja traslucir prácticamente ninguna emoción, una expresión seria que parece poder resistir cualquier interpelación con el mismo semblante. Puede decir sin ponerse colorado que Argentina necesita crear un mercado que permita ahorrar y prestarle al Estado en pesos (que de última, los podríamos imprimir). Ya en diciembre, en la prehistoria anterior al coronavirus, Fernández había expresado en la misma línea que había que dejar de ahorrar en dólares. No es el llamado del Che Guevara a forjar un hombre nuevo, pero apunta a una especie de altruismo y desprendimiento de los ascetas. Sueño y realidad. El consejo de Fernández, el deseo de Guzmán en un país donde la palabra pública naufraga desde hace décadas. Tal vez, el momento inaugural fuera cuando Lorenzo Sigaut dijo que el que apostaba al dólar, perdía. A la sentencia le siguió una devaluación del peso monstruosa. El que depositó dólares recibirá dólares, dijo Eduardo Duhalde. Recibieron pesos. Ahora, los bonistas tienen papeles de colores en dólares, y el Gobierno ofrecerá lo que les pueda pagar.

 

En una reciente entrevista con Clarín, Guzmán plantó la fecha límite: 8 de mayo. Después, seguiremos trabajando aclaró pero hay tiempo hasta ahí. Terminan los 90 minutos, puede haber un tiempo adicionado pero las cartas están sobre la mesa. Al día de hoy, la pelota está ahí, en la mitad de la cancha promediando el segundo tiempo, en el mismo lugar donde Héctor Enrique se la pasó a Diego Armando Maradona en el partido contra Inglaterra en el ‘86. Y empezó ahí su carrera zigzagueante de izquierda a derecha, llevándola pegada a la zurda y dejando atrás a sus marcadores. Soy heterodoxo, dijo Fernández en su campaña electoral. Y no hubo jugador más alejado de la ortodoxia que Maradona, un distinto. Entrando al área, desparramó a Peter Shilton y le quedó el arco libre. Él recordó después que, anteriormente había tenido en su carrera una jugada similar y que había buscado, ante la salida del arquero, definir con su mejor perfil como lo busca Martín Guzmán en la negociación con los acreedores. Y dijo Maradona que, en aquélla jugada, había definido de zurda afuera. Pero en el Mundial, en la jugada que lo hizo pasar a la inmortalidad, arriesgó y le pegó con la pierna menos hábil: la derecha. Sería deseable que el gobierno en su negociación con los acreedores tuviera la misma plasticidad para llegar a un acuerdo que evite el default y el mayor deterioro (todavía más) que sufriría la economía de los argentinos.

 

Dejá un comentario