Hacia una nueva democracia

7 de mayo, 2020

Hacia una nueva democracia

 

Por Guillermo J. Sueldo 

 

El tristemente célebre Covid-19 ha provocado la eclosión de lo que hasta entonces permanecía latente en el mundo, es decir, el hartazgo generalizado. Esa especie de indigestión social yacía desde hacía tiempo entre la ciudadanía de distintos lugares del mundo, ya sea por insatisfacción ante la imposibilidad de logros que se tornan cada vez más inalcanzables, como también por el anquilosamiento de las estructuras de gobierno y de partidos políticos cada vez con mayor distancia de la realidad social, además de irritantes privilegios de funcionarios y políticos; aunque también por una combinación de todos esos factores y algunos otros más, como ser cierta impúdica concentración de la riqueza, condiciones laborales de extrema exigencia, la perdida de las relaciones de familia y esparcimiento, entre tantas otras cuestiones. Por supuesto que no está ajeno a todo esto el nuevo escenario geopolítico mundial. Las grandes potencias se han ocupado más por la imposición del poder que por la fraternidad. El resultado está a la vista.

 

Todo esto genera la necesidad de cambios que el Covid-19 viene a acelerar y que, entiendo, se producirán por efecto de la presión social más que de la dirigencia política, salvo que esta tome conciencia a tiempo para evitar que la aceleración se desmadre hacia cambios que eliminen por completo el sistema democrático y republicano. Lo que por cierto, sería peor aún.

 

Los nuevos liderazgos necesitarán de la confianza, la que a su vez se hace efectiva a través del ejemplo en tanto son los actos los que nos definen y muestran lo que somos. En función de ello, debemos ir hacia una democracia de mayor horizontalidad, que haga más cristalina la participación ciudadana y las acciones de los representantes, entendiendo estos últimos que asumen sus responsabilidades como servidores públicos, ya no más como estrellas mediáticas. Para ser ahora auténticos referentes sociales no alcanza con dirigir a los demás un mensaje de cómo ser ni qué hay que hacer, sino que ambas cosas hay que vivirlas en plenitud y de frente a la sociedad. Algo que alguna vez algunos líderes practicaron en sus vidas privadas y públicas, pero que con el tiempo se perdió.

 

Esta pandemia está poniendo frente a nuestros ojos las realidades que no quisimos ver, no supimos o no nos dejaron ver.

 

Las impresionantes e impúdicas desigualdades sociales nos han dado ahora un golpe de knock-out. Las naciones más desarrolladas del mundo podrán contar con un respaldo para hacer frente a las consecuencias económicas aun a pesar de los millones de personas que ya han perdido sus empleos, pero para las menos desarrolladas será una catástrofe sin precedentes. Y si el mundo no toma conciencia de ello, en vez de un cambio ordenado hacia una nueva democracia republicana surgirán peligrosos líderes populistas que por izquierda y derecha aprovecharán la ocasión para la instalación de regímenes autocráticos que desembocarán en dictaduras.

 

Los conflictos que no terminaron sino que quedaron en suspenso por efecto de la pandemia, como los de Francia, Chile y Ecuador, pueden resurgir e incluso con mayor énfasis, debido a la angustia y la desesperación que el paso del Covid-19 ya está dejando, sumado al alto grado de insatisfacción que ya existía, porque está vigente el fastidio ante la insensibilidad y la incompetencia de algunos líderes cuyos discursos ya huelen a viejos para los desafíos y los reclamos del Siglo XXI. Y la vejez no es cuestión de edad sino de actitud y preparación para encarar el presente y proyectar el futuro.

 

Los temas de la actualidad pasan precisamente por una nueva concepción democrática y nuevos modos de ejercerla: también por la robótica y su repercusión en el empleo humano; por el calenta miento global (la parálisis global de la economía ha dejado más limpio el planeta); la inteligencia artificial; las nuevas modalidades de trabajo; la necesidad de acortar la jornada laboral a seis horas; la integración del mundo; la desconcentración de las grandes ciudades; nuevos modos de producción y comercio; la desconcentración de la riqueza y varios temas más.

 

En consecuencia, tenemos dos opciones. La opción A está representada por una transformación acordada a nivel global, regional y local, accediendo a nuevas formas de vinculación entre las dirigencias y la ciudadanía; a partidos políticos con agendas de este siglo, sin por ello abandonar los valores como contenidos pétreos de la condición humana; a la humanización del sistema económico y al alcance real de mejor condición de vida, entre otras cuestiones. Mientras que la opción B se representa por un cambio caótico de conflictos de todo tipo que ponen en grave riesgo la estabilidad del mundo.

 

Necesitamos líderes que conozcan el camino, que lo sigan y abiertamente lo muestren, pero además con apertura de participación y colaboración, para que los ciudadanos puedan de verdad sentir que son seres incorporados a los planes de gobierno y partícipes de un proyecto común, y no meros espectadores y obedientes de lo que se les pone por delante, para que entonces podamos consolidar una sociedad democrática y participativa de verdad, tal como se sugería en la opción A.

 

En síntesis, la pandemia nos exhorta a transitar hacia una nueva democracia.

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