En el Día del Trabajador, vislumbrar pobreza es tristísimo

1 de mayo, 2020

En el Día del Trabajador, vislumbrar pobreza es tristísimo

Por Sandra Choroszczucha Politóloga y Profesora (UBA)

 

Cuando aparecieron las primeras imágenes que mostraban como Italia lloraba a sus muertos, como España y Francia empezaban a llorar a los suyos, en Argentina nos convencimos que cualquier cosa era preferible a ser Europa. Así, “el diario del lunes” nos decía “quédense en sus casas, no hay otra alternativa”.

 

Similitudes con Italia, uno de los países más golpeados por este “virus silencioso”.

 

– Los italianos se encontraban en época invernal cuando los trastornó el coronavirus y nosotros comenzando el otoño. Las enfermedades virales e infecciosas son las que se proliferan y nos perturban cuando comienza el frío, que es el momento que más necesitamos acudir a nuestros centros de salud.

 

– Los italianos no cuentan con un buen sistema sanitario, los argentinos contamos con un pésimo sistema sanitario.

 

– Los italianos no son muy amigos de los protocolos, nosotros los ignoramos.

 

Sin embargo, viendo con enorme pesar las imágenes que se mostraban por televisión, nos repetíamos sin pausa “no queremos ser Italia”. ¿Qué quedaba para no caer en una tragedia sanitaria de tamaña magnitud, si tantas coincidencias nos unen a ese hermoso país que se encuentra en el centro del Mediterráneo?

 

La respuesta no se hizo esperar: ¡Quedarnos en nuestras casas!

 

Los italianos no habían respetado el aislamiento necesario para que un virus tremendamente contagioso no eleve la curva de contagios repentinos y en masa, y así su sistema de salud se desbordó y los infectados por el virus y los enfermos por otras dolencias, no pudieron recibir la atención adecuada y empezaron a morir de a miles. Nosotros estábamos a tiempo de poder aplicar el aislamiento social para poder evitar que escale esa curva tan vertiginosamente, porque el virus recién comenzaba a circular en Argentina.

 

Así, desde el viernes 20 de marzo arrancamos con un aislamiento obligatorio, a partir del cual además de cerrar nuestras fronteras, se prohibió todo tipo de salida o reunión de personas, exceptuando las necesarias diligencias de emergencia. Ya atravesamos dos instancias de aislamiento decretado por el presidente Alberto Fernández, y comenzamos hace apenas días nuestra tercera etapa de aislamiento (con mínimos permisos en espacios donde la población no supere los 500.000 habitantes), pero la cuarentena sigue y parece ser nuestra única herramienta de salvación.

 

Mientras nos confinamos con responsabilidad en nuestras casas, el plan de máxima que nos comunica reiteradamente el presidente (en sintonía con el gobernador porteño, bonaerense y los gobernadores de las demás provincias de la nación), es el equipamiento y fortalecimiento de nuestro sistema sanitario.

 

Y nuestros centros de salud parecen estar logrando un mayor equipamiento, así como nuevos espacios comenzaron a improvisarse para poder ser habilitados para la atención médica en momentos de pandemia. Pero lo hecho no es suficiente. Si lo fuera, ya no estaríamos en cuarentena.

 

Dos temas empezaron a ingresar en la agenda setting o mediática hace apenas días (los geriátricos y las cárceles), ambos espacios considerados de alta peligrosidad para la proliferación del virus porque son lugares donde la aglomeración es muy elevada, y en el caso de los geriátricos residen además personas que se encuentran dentro del grupo de riesgo para el coronavirus.

 

La Organización Mundial para la Salud (OMS) nos comunicó en más de una oportunidad que más de la mitad del total de los fallecidos por Covid-19 en Europa, fueron personas que vivían o residían en hogares para adultos mayores. Pero este dato se nos pasó por alto cuando realizamos las estrictas comparaciones para “no ser Italia”. De tal modo, la desidia estuvo a la orden del día en los diferentes geriátricos de Argentina, y así el virus ingresó en la mayoría de éstos y hoy gran cantidad de población de riesgo está infectada, infecta a demás personas y muere.

 

Respecto a las cárceles, nos enteramos de repente que la OMS también indicó que lo recomendable era “desalojar” presos (con los controles y cuidados necesarios en materia de seguridad) para que las cárceles no sean otro centro de aglomeración donde los contagios por el coronavirus se vuelvan inmanejables, lo cual trastornaría la salud de los presos, del personal a cargo de los presos, y probablemente saturaría nuestro sistema sanitario, que también deberá atender a una multitud de detenidos que puedan enfermarse por coronavirus. Y la medida que decidieron poner en ejecución varios de nuestros jueces argentinos, fue liberar (otorgarles prisión domiciliaria sin mayores controles ni cuidados necesarios en materia de seguridad) a procesados y condenados, que forman parte del grupo de delincuentes de alta peligrosidad (violadores, asesinos, criminales de lesa humanidad y femicidas).

 

El interrogante es si para cada uno de estos temas existe un plan.

 

Porque si los geriátricos siguen sin cumplir con los protocolos de cuidados sanitarios y no son controlados por un Estado que dice estar presente, para que las personas adultas mayores dejen de estar en riesgo constante, esta situación empeorará y podremos lamentablemente ser Italia. Porque si la única alternativa para liberar espacio en las cárceles es liberar a los presos trasladándolos con una tobillera a sus casas, en lugar de trasladarlos a espacios tales como cuarteles o regimientos, donde puedan aislarse sin amenazar al resto de la sociedad, esta situación resultará en un estado de inseguridad de proporciones descomunales.

 

Si la única medida es “quedarnos en nuestras casas”, mientras nuestras economías hogareñas se desmoronan, y los temas son solo para la tribuna, los temas nos pasarán por encima, los contagios se darán en masa a pesar de aislamientos obligatorios, administrados o de segmentación geográfica, y la pobreza pasará en días a transformarse en el peor flagelo de los argentinos.

 

En el Día del Trabajador, hablar de pobreza es tristísimo, y pretender que nuestros representantes políticos y magistrados trabajen como corresponde, mientras cumplimos al pie de la letra y nos quedamos encerrados como nos indicaron en una cuarentena literal que lleva cuarenta días, es más que oportuno.

 

 

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