El Mercosur debería bajar su adicción al realismo mágico

11 de mayo, 2020

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Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

El Presidente de China, Xi Jinping, acaba de decir que en tiempos de pandemia no es una buena idea comenzar otra guerra comercial. Fue horas antes de hablar con Donald Trump y ratificar de común acuerdo la fase uno del polémico arreglo bilateral sobre comercio administrado que suscribieron en enero.

 

También fue uno de los datos que marcaron la semana en la que el canciller y la Cancillería de nuestro país decidieron contar su verdad y oír las cuitas de ruralistas, industriales y los coordinadores gubernamentales del Mercosur. En éste último foro, la delegación nacional explicó verbalmente, y por escrito, los pormenores del compromiso que Argentina se propone asumir ante el plan de negociación de nuevos acuerdos de libre comercio con Canadá, Corea del Sur, Líbano y Singapur (y una lista de espera adicional).

 

Según distintas versiones, el gobierno tuvo que hacer un complejo malabarismo para conciliar el mensaje dirigido a sus socios regionales con los insumos del altisonante y agitado conclave interno que evaluó la intención de participar en todos los consensos del Tratado de Asunción. Esos gestos se concibieron para superar el escándalo que estalló al conocerse la borrosa idea de negociar con agendas diferenciadas los futuros acuerdos del Mercosur (ver mi columna anterior).

 

Y si bien la Cancillería volvió a subordinar su enfoque a un contexto en el que resulte posible crear una agenda de obligaciones consistente con su viabilidad económica, social y sanitaria, un enfoque que la delegación oficial interpretó como un mensaje bien recibido de parte de sus interlocutores regionales, aún no hay certeza de que el planteo habrá de apaciguar en serio las almas y mentes de quienes deciden en las otras capitales

 

De todos modos la fajina permitió saber que el núcleo del esfuerzo se dedicó a extinguir fuegos internos y bajar un poco la tensión con los demás gobiernos. Es posible que el tercer round de los coordinadores oficiales, a realizarse el martes 12 de mayo, ayude a dilucidar lo bien o mal que cayó semejante orquestación. Va de suyo que la retórica fundamentalista del actual intento de apertura económica del Mercosur impulsado por Brasil, Uruguay y Paraguay tampoco exhibe la pericia que demanda entender el costo y valía de aceptar compromisos unidireccionales que implican la adhesión a las reglas de “nueva generación” como el Acuerdo Comprensivo y Progresivo de Asociación Transpacífica del que participan Chile, México y Perú (y otras ocho naciones). Por ello no es sorpresivo que el diablo nos muestre algunos gestos llamativos de la presente realidad. Tras el diálogo del jueves 7 con los coordinadores del Mercosur, la Cancillería colgó en su sitio de internet un comunicado de prensa que al final del tercer párrafo expresaba que (la nuestra) “…no se trata de una apertura frívola que exponga su estructura de producción a la competencia externa”. Con toda seguridad ninguno de los socios del Mercosur habría podido imaginar que nuestro país se atrevería a explicitar su clara devoción hacia la cuarentena comercial en medio de un debate orientado a crear más comercio bajo el manto del Tratado de Asunción.

 

Quienes guardan familiaridad con los acuerdos de integración regional, saben de memoria que éstos son criaturas catalogadas como OMC plus, porque se conciben con la deliberada voluntad política de ir más allá de los compromisos multilaterales ya adquiridos en el marco de esa organización con el obvio fin de acelerar y profundizar el ritmo de creación de comercio en el mercado regional mediante la eliminación o sustantiva reducción de los aranceles de importación y regulaciones no arancelarias con el propósito de facilitar, no de impedir el intercambio, lo que supone un estímulo para crear más y mejores oportunidades de comercio; mayor ocupación de mano de obra de alta calidad; la captación de nuevas inversiones y la atracción de tecnología. Una cara no convencional de semejante formulación, es el intercambio generado en la industria automotriz.

 

El Mercosur se inspira en la idea de maximizar, y no en restringir la integración y la competitividad regional. El guión que impera en tales acuerdos se orienta a expandir y fortalecer el comercio a nivel intraregional con el ulterior propósito de aplicar similar receta para abrir paso a paso las exportaciones regionales en terceros mercados, algo que constituye el nervio motor de la propuesta que hay sobre la mesa bajo el plan orientado a suscribir nuevos acuerdos.

 

Ello equivale a decir que un acuerdo de libre comercio o una unión aduanera son una especie de campo de entrenamiento de la capacidad competitiva del país, con la mente puesta en fortalecer las empresas nacionales para que éstas logren convivir y crecer con el estímulo de la oferta extranjera en el ámbito del propio acuerdo o en terceros mercados. Bajo esta lógica, el texto del comunicado oficial de nuestra Cancillería puede generar la equívoca idea de que el gobierno no entiende o rechaza la filosofía y las reglas del Mercosur, dejando en el aire el interrogante referido a saber si este supuesto desliz se originó en un accidente de edición o de criterio político.

 

El mundo de hoy también está impregnado de otra lógica, aquella que vuelve a expresarse en la siempre latente táctica de guerra comercial y de otras guerras entre las dos superpotencias actuales, como sucede con la nueva reyerta entre China y Estados Unidos. La gente pregunta por qué se pelean. Nadie forzó a Washington a casarse con la economía china. La Casa Blanca y las grandes empresas multinacionales fueron solitas y en tropel al altar. Así nos encontramos en un escenario que tiende a exhibir respaldo a los diagnósticos del Gobierno de Trump y, a la vez, un firme rechazo a su mercantilismo absurdo y troglodita. Estados Unidos fue quien convirtió Asia en el paraíso de la tercerización industrial y tecnológica y, gradualmente, en la casa matriz de la inteligencia artificial.

 

Pekín le debe a Estados Unidos mucha de su actual prosperidad e importancia y los habitantes de la Casa Blanca deberían culparse a sí mismos, y al exceso de avaricia de las empresas multinacionales, por la gran trampa en la que están metidos y de la que ahora quieren salir más rápido que inmediatamente. China necesita el mercado de Estados Unidos y Estados Unidos necesita retener, por ahora, las cadenas de valor que son la base de la industria y del comercio mundial que conocemos, cuya casa matriz, guste o no, se halla en China y en otras naciones o territorios asiáticos.

 

El arreglo sobre comercio administrado chino-estadounidense en su primera fase establecía que, durante el bienio 2020/21, Pekín se comprometía a reducir unilateralmente una parte del déficit comercial de Estados Unidos con un generoso y manipulado plan de compras.

 

Aunque mis cuentas son más pesimistas que las de él, sugiero tomar como referencia el análisis que acaba de hacer Scott Kennedy (“La pobre performance de compras chinas: ¿cómo debería responder Estados Unidos?”).

 

Para entender el relato, el lector tiene que recordar que esta nueva reyerta entre Washington y Pekín ganó impulso en plena campaña electoral (las elecciones presidenciales están previstas para el 3/11/2020), lo que le agrega colorido al tema. Kennedy empieza por darle sensatez al debate. Sostiene que el actual incumplimiento de los compromisos chinos se debe a qué esos valores nunca fueron realistas y se dibujaron para hacer alarde político de buen mercantilismo (acotación es mía), pero lo que era un obvio bluff se convirtió en una gesta imposible al brotar la descomunal pandemia sanitaria que diezmó el planeta.

 

Según sus proyecciones, al comparar los objetivos utópicos de alcanzar un incremento en la exportación de bienes estimado en US$ 186.900 millones en 2020, hoy se espera que ese valor oscile en sólo US$ 57.000 millones, o sea US$ 129.600 millones menos. En dichas cifras no se computa la exportación de servicios, por cuánto los cálculos todavía no están disponibles.

 

Los objetivos incluían cuatro sectores básicos. Un paquete de manufacturas que debería originar, a fin de este año, unos US$ 120.000 millones de incremento en las exportaciones las que ahora se proyectan en US$ 43.600 millones; compras agrícolas por US$ 36.000 millones, las que alcanzarían a US$ 11.600 millones; energía, que en lugar de US$ 33.300 millones sólo serían de US$ 1.800 millones; y los servicios, cuyo monto podría redondear unos US$ 100.000 millones, sector para el que todavía no hay proyección fundada. Una de las grandes y reiteradas promesas chinas fue la de abrir la participación extranjera en el sector financiero, la que por el momento sólo oscila en el 2%.

 

Estos magros resultados se explican por la caída de las exportaciones de la industria aérea (Boeing), la automotriz, los equipos e insumos farmacéuticos, la soja y los equipos de oficina. Cuando se conozcan las cifras del sector servicios también se advertirá la vertical caída de ingresos por la retracción del turismo chino y de la población estudiantil de esa nacionalidad que cursa en las universidades y otros centros de enseñanza.

 

El autor sostiene que al Gobierno de Trump le quedaban abiertas tres principales opciones para exigir el cumplimiento de Pekín. La primera, acudir al sistema de solución de diferencias del Arreglo bilateral, y por lo tanto un texto que no califica para llevar esta disputa a la OMC (lo que no quiere decir que las terceras partes afectadas de la Organización están impedidas de objetar las gravísimas violaciones de sus reglas); la segunda, optar por un atajo y castigar con nuevas represalias al gobierno y la economía de ambos países (por la caída del comercio y la inflación de costos estadounidense) y la tercera darle más tiempo a Pekín para que se ponga al día. La Casa Blanca intentó, a su manera, las tres opciones y eligió, bajo presión, caer en la última.

 

Hay otra opción, pero ésta no es compatible con las fantasías de Trump. Sobre todo porque ya apareció un senador republicano que acaba de proponer el cierre de la OMC y esa sugerencia es parte de una pandemia más destructiva que la actual. La estupidez.

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