El duro golpe que el coronavirus le está dando a la educación

20 de mayo, 2020

Por Jorge Colina Economista de Idesa

 

Uno de los consensos más firmes basados en la evidencia médica es que a los niños y jóvenes el coronavirus no les hace mayor daño. Cuando se contagian, en general la infección se presenta asintomática o como leve gripe. Es muy excepcional que se produzca la muerte y, cuando ocurre, es porque hay condiciones de base (enfermedades preexistentes). Sin embargo, prácticamente todos los países, llevados por el temor y el alarmismo, la primera acción que tomaron fue cerrar las escuelas.

 

En sentido contrario, los ancianos son la población más vulnerable al coronavirus ya que por lo avanzado de la edad frecuentemente tienen enfermedades preexistentes. El coronavirus tiene con ellos mayor probabilidad de terminar en muerte. Sin embargo, en prácticamente todos los países se tomaron acciones tardías para proteger a los ancianos. Por ejemplo, no se tomaron las medidas adecuadas para prevenir los contagios en los geriátricos y en los centros de salud donde hay muchos ancianos. Esto contribuyó decisivamente a que sucedieran las oleadas de muertes que se observaron en Italia, España, Inglaterra, Estados Unidos, entre los más resonantes.

 

Este es un claro ejemplo de decisiones de política pública divorciadas de la “medicina basada en evidencia”. La comunidad médica de todos los países es muy celosa de este precepto: hacer medicina basada en evidencia. Pero como todo ser humano, que es falible, cuando predomina el pánico hasta los médicos se salen de la evidencia y se llevan por el instinto, que dice lo contrario a la evidencia.

 

El único país que formuló su política pública respetando la medicina basada en la evidencia fue Suecia. En ese país, las escuelas se mantuvieron y están abiertas para los niños con edades de hasta 15 años y los ancianos han sido separados de la población para prevenir los contagios mortales. Paradójicamente, Suecia es el país más cuestionado por la comunidad internacional.

 

El argumento más utilizado es que Dinamarca, país vecino con similitudes, tomó la decisión del confinamiento pleno de la población y tiene menor tasa de muerte. Las autoridades suecas señalan (o más bien, reconocen) que cometieron el error de actuar tardíamente cuidando los geriátricos y esto habría provocado un sobre-contagio evitable. En
el fondo, Suecia no se cuestiona haber seguido la medicina basada en evidencia, sino en haberse “dormido” en extremar los cuidados de los ancianos.

 

De todas formas, los países del hemisferio norte ya pasaron lo peor de la pandemia y sus niños y jóvenes están regresando a las escuelas. Habrán tenido dos meses de receso que será recuperable. El problema más serio lo tiene Argentina, que cerró las escuelas hasta tanto pase la ola de contagios, pero el pico no llega y todavía falta atravesar el invierno. Con lo cual, las autoridades sanitarias y educativas argentinas señalan que recién en agosto se evaluará la posibilidad de reabrir las escuelas.

 

Siendo así, el ciclo lectivo 2020 va a estar perdido para los estudiantes argentinos. Aquí aparece entonces el argumento de que el ciclo lectivo no está perdido porque las clases se mantienen a distancia. Ciertamente que hay escuelas de gestión privada que así lo hacen, pero surgen dudas respecto de que puede estar pasando con las escuelas de gestión estatal o con los alumnos más vulnerables en términos de aprendizajes.

 

Un relevamiento que hizo el Indec sobre disponibilidad y uso de tecnologías en los hogares argentinos arroja que, al 4º trimestre del 2019, el 63% de los hogares con niños tiene computadora. Entre los hogares en el segmento del 40% de mayores ingresos, este porcentaje sube a 94%. Pero entre el 40% de los hogares de menores ingresos (hogares pobres), sólo el 49% declaró tener computadora. Un dato adicional es que en el 40% de los hogares de menores ingresos, vive el 64% de los niños.

 

Estos datos muestran dos cosas. En primer lugar, que cerrar las escuelas y confiar que la enseñanza escolar se puede mantener vía on-line es un grave acto de discriminación contra los niños pobres, porque la mayoría no tiene infraestructura ni clima educativo en su hogar para llevar clases a distancia. En segundo lugar, que el daño educativo va a ser masivo ya que 2 de cada 3 niños viven en un hogar de bajos ingresos con limitadas posibilidades informáticas.

 

El sistema educativo argentino ya venía en crisis antes del coronavirus. Las últimas pruebas PISA 2018 muestran que los jóvenes argentinos de 15 años tienen capacidades de lectura y matemática inferiores a los jóvenes de Chile, Uruguay, Brasil y Colombia, y similares a los de Perú, país que viene creciendo y ya alcanzó a Argentina. Hace 20 años, en el 2000, cuando nacieron las pruebas PISA, Argentina estaba arriba de todos estos países y muy lejos de Perú. Gran parte de la explicación de la decadencia en los aprendizajes en Argentina es que los niños de los hogares de menores ingresos están teniendo severos déficits educativos. El confinamiento y cierre de las escuelas por tanto tiempo va a ser el golpe de gracia.

 

Habría que salir del pánico y volver a la medicina basada en evidencia. Los niños y jóvenes pueden volver a la escuela, aun en tiempos de pandemia. Seguramente que con muchos recaudos. Pero no hacerlo, va a tener muchos mayores costos de aprendizajes que los supuestos beneficiosos de cuidar a los niños del coronavirus.