El Donald Trump de Centroamérica

18 de mayo, 2020

Por Nicolás Luna @SoyNicoLuna

 

Una barba cuidadosamente perfilada, camperas de marca, selfies con una gorra vuelta hacia atrás y hermosos atardeceres conviven con cumbres y salones a la espera de mandatarios en la cuenta de Instagram de lo que bien podría ser un autócrata de Europa Oriental o de Asia Menor. Sin embargo, Nayib Bukele está lejos de esas figuras.

 

Con casi 39 años, Bukele es el más joven y el primero de los presidentes de El Salvador en no pertenecer a ninguno de los dos partidos mayoritarios. Para la mayoría de los salvadoreños representa un futuro en paz, pero a la vez es un incómodo interrogante sobre los límites de la democracia.

 

De forma marketinera, Bukele ha sido catalogado como el “presidente millenial” y su presencia en redes sociales busca apropiarse de esa idea. Acostumbrado a las transmisiones en vivo y a subir memes a su cuenta oficial, el Primer Mandatario salvadoreño construye una cercanía con sus seguidores -expresión pocas veces mejor usada- que más de una vez bordea lo autoritario.

 

Durante su primera semana de Gobierno, Bukele sorprendió a más de uno al solicitar a sus ministros una carta de renuncia firmada para tener a disposición en su despacho. Su objetivo es mostrar que su Gobierno será un quiebre en la historia de El Salvador y no está dispuesto a dejar su brazo a torcer. Enfrentado con los dos partidos tradicionales, el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) y la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), durante las primeras horas de Gobierno ordenó a sus ministros los despidos de los familiares de la administració saliente, uno por uno.

 

 

 

Bukele es un innovador en todo sentido. Cuando algunos mandatarios latinoamericanos son acusados de “gobernar por decreto” para evitar al Congreso, Nayib va más allá y gobierna a través de Twitter. No sólo ha ordenado despidos, el Presidente reacciona y comenta ante eventos desarrollados en vivo y ordena a sus ministros a proceder. A pesar de las suspicacias que esto podría despertar, su estilo “innovador” le ha permitido ganarse el 85% de aceptación entre los salvadoreños.

 

Los excesos que Bukele se permite no son únicamente producto de un feed de Instagram cuidadosamente orquestado o un comentario particularmente suspicaz en Twitter. El Salvador hace 30 años que atraviesa un conflicto entre pandillas que se disputan el control del territorio y compiten directamente con las atribuciones del Estado. La “mara” y otras organizaciones han creado redes de servicios que van desde la protección hasta el suministro de alimentos y medicina. La incapacidad de los gobiernos anteriores para accionar sobre estas organizaciones criminales sumado a las denuncias de corrupción que pesan sobre los últimos tres presidentes es tal que Bukele se presenta a los salvadoreños casi como un redentor.

 

El trauma que sobrelleva El Salvador es tan profundo que pareciese que la sociedad salvadoreña está dispuesta a tolerar los excesos de su Presidente. En febrero, Bukele “invadió” la Asamblea Legislativa acompañado por soldados del Ejército armados con rifles semiautomáticos. El objetivo fue cohesionar a las demás fuerzas políticas de aprobar la solicitud de un préstamo a fin de combatir las pandillas. Mientras tanto, en el exterior una multitud acompañaba al Presidente y este afirmaba que no se antepondría ante el pueblo y su derecho constitucional de apelar a la insurrección si la Asamblea Legislativa no aprobaba el préstamo.

 

 

La última polémica que ha protagonizado el Presidente salvadoreño tuvo que ver con la contención del Covid-19. El Salvador fue uno de los primeros países de la región en ordenar el aislamiento y fiel a su estilo ha utilizado Twitter como una herramienta no solo de comunicación sino también de control al ordenar el cierre “virtual” de una ciudad ante la aparición de videos de la población circulando libremente.

 

Una estrategia que combina redes sociales y fuerzas de seguridad han permitido que El Salvador apenas supere los 1.200 infectados en una población de más de 6 millones de habitantes. A su vez, para lidiar con la expansión del virus en cárceles y como parte de la cruzada del Gobierno contra las pandillas, el Presidente ha ordenado el hacinamiento de estas sin distinguir su filiación. Imágenes de pandilleros, semidesnudos, rapados y amontonados inundaron las redes. Una vez más, esto no es casual, sino que es parte de la respuesta oficial ante el recrudecimiento de la violencia pandillera, que llegó a alcanzar un pico de 20 muertes en un día.

 

 

Bukele pone en una encrucijada a la región. Muestra que es viable un Gobierno con rasgos autoritarios, pero con fuerte apoyo. A diferencia de otros ejemplos, no parece necesitar de grandes estructuras a lo largo del tiempo para movilizar a la población. Ha brindado respuestas que los otros partidos no han sabido encontrar, pero lo ha hecho amenazando la institucionalidad y el orden legal. Es temprano para decirlo, pero quizás el más joven de los populistas pueda demostrar ser el primero de una nueva generación de políticos.

 

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