El día después

2 de mayo, 2020

Mundo deuda global IIF

Por Jorge Bertolino Economista

 

El famosísimo economista turco Nouriel Roubini predice insistentemente, desde hace varios años, una crisis de proporciones mundiales de características recesivas y deflacionarias.

 

En una nueva vuelta de tuerca sobre sus reiteradas opiniones, más recientemente augura una “nueva gran depresión”, de características similares a la del 1929, a la salida  de la crisis sanitaria provocada por el coronavirus.

 

Enumera diez razones para fundamentar su opinión. Acierta claramente en cifrar sus expectativas en el desorden fiscal y monetario mundial de las últimas décadas. Es correcto también deducir que habrá una coyuntural tendencia desglobalizante, un incremento del populismo y el autoritarismo económico y una profundización de la “nueva guerra fría” entre los dos bloques encabezados, esta vez, por EE.UU. y China.

 

No analizaremos la totalidad de sus supuestos para no fatigar al lector. Sólo hemos mencionado algunos de los más importantes, y nos centraremos ahora en el punto crítico, doblemente acertado y erróneo, según nuestra opinión, referido a la intensidad y la oportunidad, respectivamente, del inusual fenómeno hipotético futuro.

 

La intensidad de la crisis      

 

Es conveniente recurrir a los esfuerzos intelectuales de grandes autores para comprender el origen y la reiteración recurrente de ciclos de auge y contracción de la economía mundial desde los comienzos mismos de la historia económica moderna.

 

El énfasis en la macroeconomía, basada en los fundamentos del keynesianismo, sin la más mínima consideración por la sustentabilidad microeconómica del comportamiento de los grandes agregados, conduce a la humanidad por un camino cubierto de piedras a las que se va sorteando sin tropiezos, perdiendo el equilibrio parcial y crecientemente cada vez, hasta que, finalmente, se enfrenta una lo suficientemente grande, y la caída, es entonces estrepitosa y muy costosa en términos sociales.

 

La influencia de Keynes, pese a la opinión desinformada de la opinión pública mundial, es relevante y envuelve total y absolutamente el comportamiento de los “policy makers” de todo el orbe, con foco principal en EE.UU. y el resto de los países más ricos del planeta.

 

Es particularmente inadecuado asignar el reemplazo de esta línea de análisis por el “neoliberalismo” impuesto por el “Consenso de Washington”. Muy por el contrario, las ideas del Lord inglés están en el centro de los reiterados episodios traumáticos de la economía mundial.

 

La preponderancia del consumo, al que las mediciones más usuales asignan un peso del 70 % en las cuentas del PBI de cada país, se basan en la contabilización del valor agregado a los productos finales, ignorándose una importante cuota de inversión en capital circulante, que implica la acumulación de materias primas y productos semielaborados en cada etapa de la producción, tanto en bienes terminados como en bienes de capital.

 

Cualquier estudiante de primer año de Economía sabe que la producción no puede exceder a la sumatoria del consumo y del ahorro. Es más, suele decirse, con acierto, que el ahorro es consumo futuro y la tasa de interés es el premio por postergar consumo presente al futuro.

 

Numerosos estudios, entre los que se destaca uno del Departamento de Comercio de EE.UU., dan cuenta que las cuentas reales están más cerca de un fifty -fyfty que de un 70-30.

 

El enfoque consumista, de moda en el mundo entero, ignora la importancia de la inversión al considerarla, como vimos anteriormente, un residuo minúsculo e inútil que queda sin consumir.

 

En algunos países particularmente retrasados culturalmente, esto da origen a ideas descabelladas como “combatir al capital”, es decir, a la inversión reproductiva, y también, y muy principalmente, al repudio, al odio y al resentimiento contra la función empresarial, que es, “siempre y en todo lugar”, el motor del progreso de la sociedad.

 

El origen de los desequilibrios    

 

Con fundamento en la loca idea del “dios consumo” todos los gobiernos, a lo largo de la historia de la humanidad, pero con una intensidad nunca vista en las últimas  cuatro décadas, han puesto en funcionamiento “la máquina de la felicidad”.

 

Se trata del artificial estímulo monetario que requirió un fino perfeccionamiento a través de los siglos. El broche final fue la creación de la Fed en 1913 y el resto de los bancos centrales en los restantes países, años después.

 

Los países más ricos recurren al sofisticado y semioculto medio de creación de circulante, a través de la banca comercial con reserva fraccionaria y la existencia de un prestamista de última instancia, el BCRA, que incentiva un comportamiento irresponsable de los bancos.

 

Los países más pobres, no necesariamente en recursos sino en ideas, como el nuestro, recurren lisa y llanamente a la inmoralidad de la emisión de billetes sin respaldo con el que estafan a la población mediante el ilegal y no legislado impuesto inflacionario, que grava la tenencia, al final de cada día, de la repudiada moneda local.

 

El exceso de dinero induce una baja de los tipos de interés monetarios y un auge artificial y transitorio del consumo presente que, a su vez, descoordina el comportamiento de la función empresarial, enviando señales confusas y erróneas que provocan la puesta en marcha de proyectos de inversión que solo serán sostenibles hasta tanto no cese el incremento continuado y permanente de la expansión dineraria.

 

Como este proceso expansivo tuvo lugar sin un aumento previo del ahorro genuino de la sociedad, se requiere una caída de la inversión para financiar el aumento del consumo. Es obvio que el proceso sería genuino y se podría sostener en el tiempo, si estuviera basado en un previo aumento del ahorro.

 

En una etapa temprana del  auge artificial, inducido por las facilidades crediticias, la  inversión es desmedida y los  bienes de capital excesivos.  Esto provoca un abaratamiento relativo de los bienes de capital, con un correlativo encarecimiento relativo de los salarios. Este aumento del poder adquisitivo de los salarios provocará lo que los economistas llamamos “efecto Ricardo”: el reemplazo de trabajadores por capital, haciendo más capital intensiva la producción.

 

Desde el punto de vista monetario,, el aumento del circulante comienza a surtir efectos sobre los precios. La consecuente caída del poder adquisitivo de los salarios deteriora el consumo y la demanda hacia las empresas cae. Deben abandonarse rápidamente los proyectos de inversión más erróneamente inducidos por la irresponsable política monetaria y, entonces, la liquidación de inventarios y la  contracción generalizada del crédito provocan la inexorable crisis recesiva.

 

La exacerbación de los desequilibrios    

 

El único remedio a la crisis es la liquidación de las inversiones erróneamente emprendidas. La recesión cura la economía y la prepara para un nuevo período de crecimiento promovido por el ahorro. Mientras más flexibles los mercados, menor la cura recesiva. En los países con la “economía a contramano” no se comprende que las rigideces estructurales, encabezadas por los mercados de trabajo y el exceso de regulaciones, hacen más costoso el trance recesivo e impiden luego, el auge renovado. Se vive así, en un estado permanente de estancamiento sin progreso ni ilusión.

 

En EE.UU., los políticos tienen la “fatal arrogancia” de encargar a la Fed el doble mandato de controlar la inflación y maximizar el empleo.

 

El crecimiento vertiginoso de la productividad general de la economía mundial de las últimas décadas hubiera generado un aumento significativo de los salarios de los trabajadores, ya que estos se igualan al valor actual de su productividad. El proceso, no necesariamente implicaría un aumento de los salarios nominales, sino más bien una caída relativa de los precios de los bienes de consumo.

 

La Fed mete la cola porque le teme a la deflación. Una crisis deflacionaria sin exceso de moneda es sana y cura la economía. Pero la Fed no actúa sabiamente. Sabe que el exceso de circulante hará la crisis desmesurada y comete un crimen imperdonable: infla nuevamente el crédito, ahora a una tasa mayor. Incrementa de esta manera los desequilibrios pero mantiene incólume, en apariencias y por un tiempo más, el auge económico.

 

Olas sucesivas de  facilidades increíbles condujeron a la reiteración de los estímulos en la forma de tipos de interés cada vez más bajos y crecimiento de los medios de pago nunca vistos.

 

Los mercados de valores se han tornado adictos a este juego permisivo y cada tanto se genera una repentina baja y ruidosa de las cotizaciones que asusta al organismo monetario y lo lleva a incrementar la “exuberancia irracional” con más crédito y menores tasas.

 

El remedio es cada vez menos efectivo, y antes de la pandemia sanitaria, era predecible un desenlace caótico tan próximo como uno o dos años vista.

 

El día después    

 

Volvamos ahora a la argumentación de Roubini. Coincidimos con la inevitabilidad de la crisis recesiva y deflacionaria, generada por los desequilibrios fiscales y monetarios crecientes de los órganos monetarios de los países centrales.

 

Diferimos en cuanto a la oportunidad de la crisis. En los mercados de valores se dice que la suba no se acaba cuando surgen malas noticias. La psicología de los mercados predice que el fin de los auges bursátiles se produce en los picos de máxima euforia inversora. En esos críticos momentos, los más  avisados “enchufan” sus posiciones a los más desprevenidos y desinformados, que llegaron tarde a la “fiesta”.

 

Relacionemos esta máxima inversora con la situación económica actual. En total disonancia con el economista turco, creemos que a la salida de los encierros por la pandemia, se vendrá una “epopeya de reconstrucción de la economía mundial”.

 

Florecerá nuevamente el ideario keynesiano, se verá un retroceso de la globalización y un retorno a las prácticas nacionalistas de asignación de recursos. Habrá una gran oleada de propaganda gubernamental exaltando las virtudes del consumismo y el crédito fácil lubricará nuevamente la economía.

 

Solo después de un auge prolongado, y en medio de la euforia y el optimismo generalizado de la economía mundial, cuando se rindan a los pies de los “triunfadores” los últimos pesimistas de la tierra, justo ahí, en ese preciso momento, la crisis esperada por décadas se hará realidad.

 

El auge desmedido e injustificado de los últimos años ya lleva más de una década. ¿Cuánto más durará?

 

La única respuesta seria del economista es: no lo sé. La fatal arrogancia no es mi fuerte.

Dejá un comentario