¿Cuándo y cómo cambiará la evaluación presidencial?

14 de mayo, 2020

Por Julio Burdman 

 

La política argentina hoy nos propone dos números para evaluarla: la cantidad de víctimas del Covid-19, y la aprobación del Presidente. Un modelo de evaluación de guerra que se verifica a sí mismo con un conteo de pocas víctimas y la satisfacción de los ciudadanos con la gestión pandémica de Alberto Fernández.

 

Dentro de lo poco que puede ofrecer Argentina en 2020, el Gobierno está logrando cosas en ambos planos. Pero todos sospechamos que este modelo algún día cambiará, y que ese día Argentina volverá a obsesionarse con sus problemas habituales, que son muchos y graves: inflación, dólar, desempleo, inseguridad, servicios públicos. Esta perspectiva nos deja tres preguntas, al menos.

 

  • ¿Cuándo cambiará el modelo de evaluación de crisis?

 

  • ¿Quedará algo del capital político acumulado desde marzo, o estamos bajo el efecto de una «popularidad golondrina» que volará apenas dure la pandemia?

 

  • ¿Está preparado Fernández para la evaluación social que viene?

 

Sobre la duración, una variable clave es Brasil. América del Sur era una de las regiones menos expuestas al Covid-19, a diferencia de los más interconectados con China y el resto del mundo por vía aérea, que son los más afectados. Con el agravante de los que no supieron, pudieron o quisieron aplicar correctamente las políticas de cuarentena y distancia. Sudamérica está lejos de allí, en Argentina tenemos un flujo de viajeros internacionales relativamente bajo -y veníamos de un verano con dólar alto-, un solo aeropuerto internacional grande -Ezeiza-, baja densidad de población. Gracias a todas esas condiciones, si cerrábamos la frontera a tiempo y aplicábamos bien la cuarentena, teníamos altas chances de salvarnos de lo que pasó en Italia, España y otros países.

 

De hecho, casi todos nuestros vecinos (Uruguay, Paraguay, Bolivia y Chile, un poco menos) se cuentan entre los países menos afectados del mundo, al igual que nosotros. Pero Brasil, por el contrario, se convirtió en un foco mundial de la pandemia porque hizo todo mal. Demoró algunos días más que Argentina en cerrar las fronteras y aeropuertos y, sobre todo, no detuvo la circulación interna del virus, ya que su Presidente estaba en contra de la cuarentena. La revista científica “The Lancet” publicó días atrás un editorial fulminante contra Bolsonaro. Brasil ahora es un riesgo sanitario para Argentina. Para Fernández, el vaso medio lleno en esta situación desafortunada es que Bolsonaro, su torpe archinémesis, lo relegitima. Si Brasil hubiera manejado bien la situación, hoy seríamos un país más dentro de una región de bajo impacto. Ahora, en cambio, tenemos la misión de no ser Brasil, y eso prolonga el clima político pandémico un poco más.

 

Sobre la popularidad, hoy lo nuevo es que la imagen positiva de Fernández, en torno a 60%, incluye a votantes recientes de Mauricio Macri. Es el primer político argentino en mucho tiempo que logró romper el cerco de la grieta. El virus logró lo que ni siquiera María Eugenia Vidal o Daniel Scioli, que habían sido programados a tal efecto, lograron. Esta nueva matriz del respaldo presidencial nutre una hipótesis bastante mencionada últimamente: la de que él y Rodríguez Larreta puedan convertirse en referentes de sus coaliciones, superando a sus respectivos padrinos y líderes electorales: Cristina Kirchner y Macri.

 

Pero para que ello sea posible, Fernández y Rodríguez Larreta deberán sobrevivir al cambio inexorable del modelo de evaluación. Al día crítico en que los argentinos se olviden del virus, y vuelvan a regirse por la inflación, el desempleo, y toda la batería de problemas públicos habituales.

 

La viabilidad de la hipótesis del recambio político parece depender de que ambos, Fernández y Larreta, tengan un plan conjunto o coordinado para enfrentar la pesada agenda que viene. De lo contrario, lo esperable es que las cosas vuelvan a su estado anterior, que la popularidad “churchilliana” baje, y que cada uno se refugie en sus discursos y votantes naturales.

 

Al Presidente le esperan problemas nuevos. Cuando se diluya el clima de pandemia, una de las consecuencias no deseadas de estos meses habrá sido que los servicios principales del Estado -salud, educación, seguridad- reingresaron a la agenda pública. En salud y educación, que están en manos de las provincias, el Gobierno asumió un protagonismo inédito durante esta crisis, y es entendible porque había que unificar las voces. Pero los presidentes son inteligentes (por algo llegaron allí) y por esa razón desde hace décadas eligieron no hablar de salud y educación pública. No solo eludieron hacerlo porque son atribuciones provinciales: también, porque sabían que la sociedad tiene evaluaciones negativas de ambas áreas. Esta vez, la pandemia y la actuación del Gobierno puso los focos allí. Y ahora, será evaluado también por ello.

 

El sistema de salud pública de Argentina se encuentra colapsado desde hace tiempo. Pero en este caso, se le perdonarán algunas fallas por la dedicación de sus profesionales, aplaudidos diariamente a las 21.

 

En educación, en cambio, vamos hacia una situación histórica en los tres niveles (primario, secundario y terciario / universitario): el sistema público se paralizó. Las escuelas públicas de los grandes distritos y la principal universidad del país (UBA) no supieron implementar los sistemas de educación a distancia, salvo casos excepcionales, y enfrentaron al virus moviendo calendarios. A diferencia de lo que ocurrió en las zonas mucho más afectadas por la letalidad del virus, tanto en China como en Europa o Estados Unidos, donde no se perdieron clases ni regularidad escolar por la pandemia.

 

Allí, la necesidad de distancia social se compensó con innovación en métodos pedagógicos virtuales, y ahora con dispositivos sanitarios y protocolos inteligentes para preparar el retorno a las aulas. Todo ese esfuerzo hoy es evaluado positivamente por esas sociedades. En Argentina, mientras tanto, la pandemia sirvió para desnudar la precariedad, y el Gobierno le puso su rostro a todo eso.

 

Al Gobierno le esperan enormes desafíos poteriores a la pandemia, y el Presidente necesitará mantener altos niveles de apoyo social para enfrentarlos mejor.

 

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