Cuando nunca fue más fácil destacarse en Europa

7 de mayo, 2020

Cuando nunca fue más fácil destacarse en Europa

 

Por Ignacio Pérez Moreno Analista financiero

 

Rafael Nadal o Roger Federer? ¿Boca Juniors o River Plate? ¿Ayrton Senna o Alain Prost? Todos ellos tienen algo en común: su ansia por destacar.

 

Se tiende a pensar que destacarse en cualquier disciplina no es fácil, que se requiere una gran cantidad de tiempo (que preferimos dedicar a otras cuestiones), un esfuerzo que no estamos dispuestos a llevar a cabo y unos niveles de dedicación que consideramos que no compensarán en un hipotético y lejano futuro.

 

El timing es también esencial a la hora de destacar. Nadal tiene poco más de un par de horas para doblegar a Federer en un partido de un torneo cualquiera. La ocasión perfecta para destacar se da en momentos trascendentes, momentos muy difíciles o bien en una combinación de ambos. Un ejemplo de esta última podría ser la gestión de la crisis actual en el marco europeo, en la que una vez más no hay debate y únicamente se puede destacar a los países del norte de Europa. Para evaluar la eficacia de las medidas tomadas para combatir este tipo de situaciones se debe distinguir entre dos políticas: la monetaria y la fiscal.

 

Un amigo mío dice que resolver una crisis económica mediante el mercado monetario es como tratar de ganar un partido moviendo las porterías y no el balón. ¿Se acuerdan del 6 de julio de 2008? Tras 4 horas y 48 minutos de enfrentamiento, Nadal se imponía a Federer y John McEnroe abandonaba la pista central del londinense torneo de Wimbledon afirmando “es el mejor partido de la Historia”. Pues bien, el Banco Central Europeo en este contexto sería el encargado de que el césped sea verde, que el precio de las entradas no se dispare y que las pelotas reboten, pero no de empuñarse la raqueta.

 

El BCE y su política monetaria está jugando un papel fundamental cuando más se le necesita, siguiendo el rumbo marcado por su hoja de ruta: dado el shock de oferta existente, que fue seguido por un shock en la demanda, hay que evitar el siguiente y el más preocupante shock: el de liquidez. El BCE actuó de manera eficaz y con una mayor anticipación que la crisis anterior. Desde Frankfurt se está llevando a cabo el mayor estímulo de liquidez monetario de su Historia mediante programas de compras de activos que ya superan los 1,1 billones de euros y disminuyendo aquellas tasas de referencia necesarias para hacer llegar al sistema bancario europeo la liquidez que tanto necesitan los hogares y el tejido empresarial.

 

Por otro lado, nos encontramos con la variedad de políticas económicas implementadas durante la crisis en aquellos países de la eurozona más afectados por la pandemia. Una vez más podemos dividir el continente en dos partes, ya conocidas como “las dos Europas”.

 

Era de suponer que el virus iba a registrar tasas de contagio más bajas en Alemania que en Italia, que la deuda pública como porcentaje del PIB iba a alcanzar unas cifras más abultadas en Grecia que en Holanda y que España iba a alcanzar unos niveles superiores de déficit público que Austria o Luxemburgo. Figurarse esto era fácil, y es que hace tiempo que la gestión de riesgos geopolíticos parece una película con un único final en la zona del euro.

 

La situación pide la fórmula empleada por Europa del norte: flexibilidad regulatoria y políticas fiscales expansivas, suprimiendo, reduciendo o como mínimo posponiendo impuestos. Dando forma a un marco institucional lo más favorable posible para el empresario, lo que, además de facilitar la supervivencia de una mayor parte del tejido empresarial en el presente, atraerán fuentes de inversión en el futuro que ayudarán a la recuperación económica.

La otra cara de la moneda es Europa del sur. Allí no es común encontrarse a un ciudadano del sur de Europa que apruebe las políticas que el Gobierno de su país está llevando a cabo. Sin embargo, los hay, y todos ellos comparten una característica en común: la desinformación. El marco de actuación de los países sureuropeos es limitado dado que sus gobernantes se ven atados de pies y manos tras haber disfrutado durante años de la irresponsabilidad de elevar sus niveles de deuda pública por encima del 100% del PIB en tiempos de prosperidad económica aprovechándose de las bajas tasas de interés. Los programas de austeridad han brillado por su ausencia, así como la flexibilidad en la regulación.

 

Países como Alemania (59,8%), Holanda (48,6%), Irlanda (58,8%) y Dinamarca (33,2%) cerraban el 2019 con un ratio de deuda pública como porcentaje de su PIB inferior al 60% mientras que España, Portugal, Italia y Grecia lo cerraban con 95,5%, 117,7%, 134,8% y 176,6%, respectivamente. Afrontar una crisis sanitaria y su consecuente recesión económica con estas cifras de deuda es comparable a empezar un partido de tenis perdiendo 0-5 en el segundo set y con el público en contra.

 

Lejos de dar flexibilidad a los mercados, en el sur de Europa se han dedicado a intervenirlos mediante controles de precios e incluso se ha llegado a amenazar con nacionalizaciones de empresas privadas. En algunos países, como Italia y España, se ha prohibido la práctica de despidos y las empresas se ven obligadas a hacer frente al pago de salarios además de a sus obligaciones fiscales y costos fijos. Las empresas son las que deberían impulsar la recuperación de las economías, sin embargo, los gobiernos están poniendo a prueba su capacidad de solvencia, dificultando su supervivencia y empujándolas a una descapitalización en muchas ocasiones inevitable.

 

Mientras que en el norte de Europa predomina la eficacia en la toma de decisiones, en el sur nos encontramos con países gobernados por dirigentes que por doctrina son incapaces de plantear reducciones en el gasto público pese a las circunstancias, quedando una única manera de compensar las insostenibles cifras de deuda: subas de impuestos. Estos ajustes fiscales no sólo supondrían la generación de tensiones en la economía, sino que además supondría un reembolso de la deuda pública subvencionado directamente desde el bolsillo de los ciudadanos, lo que ralentizaría notablemente la velocidad de recuperación.

 

Esta situación no es un partido de tenis, no uno igualado al menos. En Europa parece que sólo se esfuerzan en destacarse unos pocos, y siempre son los mismos desde hace tiempo.

 

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