Coronavirus: buscando al verdadero culpable

29 de mayo, 2020

Por Flavia Carrión  Antropóloga UBA  y Coach Chamánica (*)

 

Miles de personas muertas. Las economías del mundo, en bancarrota. Una generación de niños con stress postraumático.

 

Ante esta crisis global, los humanos somos rápidos para buscar a quién culpar.

 

Y lo que tenemos más a mano es el murciélago, al que ya no le tenían mucho aprecio para empezar. ¿Qué mejor villano que el mamífero volador de aspecto pegajoso y fama macabra?

 

LA CULPA NO ES DEL MURCIÉLAGO

 

Aunque los científicos dicen que todavía no les alcanzan los estudios para afirmarlo, ya está instalado en la gente que el murciélago fue el culpable de la propagación del coronavirus. Del murciélago parece que saltó al pangolín –dicen ahora–, lo cual lo presenta como un nuevo candidato a ser el malo de la película. Tener el cuerpo cubierto de escamas como uñas, y un aspecto irregular, no te facilita la empatía de la mayoría, claramente.

 

El coronavirus es una enfermedad zoonótica. Esto es, transmitida entre animales –como nosotros. El ébola, el SARS, el síndrome respiratorio de Medio Oriente, todos surgieron a partir de virus que “saltaron” desde un animal.

 

Los animales llevan con ellos virus continuamente. No solo el murciélago y el pangolín. Prácticamente cualquier animal puede transmitirlo, pero hay condiciones que aceleran estos procesos, como comer carne mal cocida o acariciar un animal que está infectado. En los mercados húmedos de China se venden animales silvestres vivos (en horribles condiciones de cautiverio) junto con carne cruda.

 

No faltó oportunidad para que unas gotas de saliva murciélaga o pangolina -conteniendo el virus -saltaran hasta el churrasco.

 

LA CULPA NO ES DEL VIRUS

 

Los virus son paquetes de vida muy pequeñitos. Tienen la particularidad de permanecer prácticamente dormidos hasta que entran en una célula. Cuando lo hacen, arranca el estallido: le empiezan a dar sus propias órdenes genéticas a la célula y esto les permite multiplicarse a lo loco.

 

Hay una cantidad increíble de virus a nuestro alrededor. Se dice que en una cucharada de agua hay más virus que habitantes en toda Europa y que cada vez que vamos a nadar tragamos más de un billón de esas astutas inteligencias microscópicas.

 

Es muy sabio que busquen su supervivencia. De hecho, lo vienen haciendo desde el comienzo de los tiempos. Estaban presentes en la sopa primordial que dio origen a la vida y han dejado su huella en todas las especies. Incluso nosotros, tenemos su marca. El 8% del genoma humano es de origen viral, es decir, son los restos de virus antiguos que nos colonizaron y se integraron a nosotros.

 

Los virus son los auténticos dueños de este planeta, parece.

 

Pero no podemos convertirlos en los malos de la película tampoco. La mayoría de los virus que conviven con nosotros son inofensivos e incluso muchos son beneficiosos, como aquellos que naturalmente tenemos en nuestro cuerpo y se encargan de mantener a raya a otros virus o bacterias realmente peligrosos para nuestra salud. Incluso existen virus –como el del herpes– que se utiliza para tratar el cáncer.

 

EL VERDADERO RESPONSABLE

 

Pero, ¿dónde se pegó el murciélago esta peste que después le paso a los chinos y se coló hasta los rincones más lejanos del planeta?

 

Resulta que los murciélagos tienen un sistema inmunológico superfuerte, por lo que, en ellos, el virus no ataca a las células, sino que convive con ellas. Claro, esto es así mientras el murciélago vive en condiciones normales, en libertad, en la naturaleza, donde los procesos son armónicos y fluidos.

 

En los mercados chinos, en cambio, los pobres animales son encerrados junto con otros en hacinamiento agobiante, hambreados, enloquecidos de miedo, rodeados de estiércol, carne en descomposición y otras torturas. Se dieron las condiciones perfectas para que su sistema inmunológico se debilitara y el virus se multiplicara sin freno y saltara para todos lados.

 

Sin los mercados húmedos de China, probablemente el virus no hubiera tenido oportunidad de llegar a nosotros. Los virus no andaban “buscando” a los humanos para saltar sobre ellos. Habitaban el murciélago con inefable tranquilidad. Nosotros los invitamos a casa, a través de nuestras prácticas aberrantes de maltrato animal.

 

Si vamos a buscar culpables tenemos que mirar hacia el hacinamiento –el de los animales y el nuestro–, la utilización de los animales como si fueran cosas, el stress al que los sometemos a ellos y a nosotros que debilita nuestros sistemas inmunológicos al punto de que la más leve brisa nos voltea. La culpa es de un paradigma donde nos creemos los reyes de la creación, con derecho a manosear, abusar y reducir a despojos a cualquier criatura animal. La culpa es de nuestra facilidad para encontrar culpables afuera de nosotros y nuestra dificultad para formular nuevas conductas, que se sostengan en el tiempo.

 

Los chinos comen animales silvestres porque es su “costumbre”. Entonces, es políticamente correcto no criticarlos por hacerlo. Los occidentales cazamos animales silvestres “por deporte”, y un gobierno que quiere crecer en las encuestas nunca tomará medidas para terminar con esa práctica. Las ciudades tienen zoológicos por cuestiones “educativas” y hasta ciertos expertos en vida silvestre dicen que “los animales en cautiverio no sufren”.

 

Es más fácil encontrar una droga que resuelva el problema que modificar nuestras sacrosantas tradiciones, ¿verdad?

 

¿Cuántas excusas más vamos a poner para mantener nuestra conciencia a salvo de la responsabilidad por los desastres que hacemos?

 

LA PREDICCIÓN MÁS FÁCIL DE LA HISTORIA

 

Muchos videntes habían predicho en el pasado que una peste como la que estamos viviendo asolaría a la Humanidad en estos años.

 

No se jugaron mucho los muchachos de la bola de cristal. Desde que el ser humano dejó el saludable nomadismo, se instaló apiñado en recintos que le ofrecían una supuesta seguridad y decidió controlar el crecimiento de plantas y animales para asegurarse una provisión de recursos sin sobresaltos, se separó de los ciclos de la Naturaleza y, por lo tanto, se condenó a la enfermedad.

 

En la Naturaleza los procesos se regulan con impresionante perfección en los ecosistemas, pero a alguien, allá lejos y hace tiempo, se le ocurrió que no, que el ser humano es otra cosa, que es la cúspide de la inteligencia, y que todo exceso está permitido en nombre de la comodidad.

 

Te voy a decir lo que va a pasar y será la predicción más fácil de la Historia. Va a aparecer una droga, claro está, y una vacuna, también. Primero será costosísima, los gobiernos pelearán entre ellos a ver quién es más democrático en su administración a la población, habrá versiones en el mercado negro y gastaremos toneladas de bits de información discutiendo los diversos lados de la grieta.

 

Pero en unos años más vendrán otros virus y otros dilemas que abrirán nuevas avenidas de discusión. Mientras tanto, seguiremos viviendo vidas artificiales, alejados de la medicina natural, descuidando los factores emocionales como causas de enfermedad (porque no se ven al microscopio), ignorando que una persona frustrada se enferma más seguido, acudiendo al medicamento industrial para todo: para activarnos, para dormir, para hacer la digestión, para tapar el grito del alma, y enfermando con sus efectos colaterales. Y en el camino seguiremos destruyendo, contaminando, volteando selvas y volando en pedazos montañas, para fabricar los artefactos que nos sigan manteniendo en el circuito sin fin de desafiar a la Naturaleza y olvidarnos quienes somos en realidad.

 

El problema no es que vengan más problemas. El problema es que hasta que no aprendamos realmente de ellos y cambiemos drásticamente las condiciones en las que vivimos es improbable que el mundo pueda ser un lugar saludable para las generaciones futuras.

 

Quizás nuestra situación actual es la oportunidad ideal para empezar a hacerlo.

 

(*) Directora de la Escuela de Espiritualidad Natural (@flavia_carrion_escribe)