¿Cómo elegir inversiones?

27 de mayo, 2020

inclusión financiera

 Por Camilo Cisera  Economista

 

El oro es un pésimo activo para invertir si se lo considera individualmente. A lo largo de los últimos 100 años experimentó largos ciclos bajistas e incluso nunca superó sus máximos de 1980, un año de extrema volatilidad en el que llegó a valer 50% más que hoy ajustando por inflación.

 

La magia del oro surge cuando se lo combina con otros activos, ya que en épocas de crisis sus precios se mueven en sentido inverso al de las acciones. Esta correlación negativa deja como resultado que históricamente exista una ventaja de diversificación para quienes mantienen un porcentaje de sus inversiones en oro.

 

No obstante lo anterior, existe un punto a partir del cual el metal precioso se vuelve una carga para el rendimiento de la cartera sin aportar beneficios adicionales en reducción del riesgo. Justo antes de llegar a este punto se encuentra la manera óptima de combinarlo con otros activos.

 

 

Los activos más elegidos se suelen clasificar en tres grandes categorías: acciones, bonos y oro. Como referencia de acciones tomamos el S&P 500 de Estados Unidos y como bonos los títulos del Tesoro del mismo país a 5 años.

 

De estas clases de activos nos interesan dos cosas, su retorno anual y su volatilidad, que sirve como medida de riesgo. Un cálculo final que se hace es restar al retorno anual la tasa que se gana con un activo “libre de riesgo”, que en este caso son los bonos a 5 años, y dividir el resultado de la resta por la volatilidad. Esta última medida es el ratio Sharpe y nos dice cuánto retorno extra ganamos por cada unidad de riesgo adicional que tomamos, comparando contra una inversión “segura” en bonos cortos de Estados Unidos.

 

En el gráfico 2 hay 10.000 puntos, cada uno de los cuales representa una combinación distinta de acciones, bonos y oro. El eje Y marca el retorno de cada combinación y el eje X su riesgo, cuanto más arriba y a la izquierda del gráfico esté el punto, más eficiente será la combinación, lo cual indica que obtenemos mayor rendimiento por cada unidad de riesgo.

 

No existe una combinación perfecta sino una serie de puntos que se ajustan al perfil de cada inversor. La línea superior que parte del punto de mínimo riesgo y va hasta el punto en que la combinación es 100% acciones marca los puntos más eficientes, para los cuales no existe una combinación que los supere tanto en mayor retorno como en menor riesgo. En sentido opuesto, todos los puntos debajo de esta línea pueden ser superados con combinaciones que generan mayor retorno y menor riesgo al mismo tiempo.

 

 

El punto óptimo representa la combinación que genera mayor Sharpe, es decir, mayor rendimiento por cada unidad de riesgo. De este punto hacia la izquierda se encuentran las carteras eficientes de inversores más conservadores, que sobreponderan bonos cortos mientras que a la derecha se encuentran las mejores combinaciones para perfiles agresivos, que contienen mayor porcentaje de acciones.

 

Los bonos del Tesoro a 5 años, conocidos como “Treasuries”, rindieron entre 1978 y la actualidad el equivalente a un 5,9% anual con una volatilidad que ronda el 6,3%. A primera vista llama la atención el rendimiento que generaron, considerando que hoy rinden menos de 0,5% anual y hace más de 10 años que no vemos tasas por encima del 3,0%.

 

La explicación está en la guerra de Vietnam, mejor dicho, en el déficit enorme en que incurrió Estados Unidos para mantenerla entre 1955 y 1975, lo cual, sumado a los shocks petroleros de la década del 70, generó un pico inflacionario en el país del norte que tuvo su punto máximo en 1980 con 13,5% de inflación. Fueron los tiempos en que Paul Volcker,
entonces presidente de la Fed, subió las tasas de interés hasta 20%, desplomando el precio del oro, llevando al default a medio Sudamérica y salvando la supremacía de la moneda norteamericana. Pero esa es otra historia.

 

El S&P 500 rindió en igual lapso 11,4% anual ajustado por dividendos con una volatilidad del 18,0% mientras que el oro subió el equivalente a 5% anual con una volatilidad anualizada del 19,2%. Insisto, el oro es un pésimo activo considerado individualmente.

 

El portafolio que mejor combinó riesgo y rendimiento a lo largo de los últimos 40 años se constituye con 55% en acciones del S&P 500, 35% en Treasuries y 10% en oro. Esta divina proporción generó un rendimiento del 9,4% anual con una volatilidad del 10%. Para poner en contexto, se obtuvo el 82% del rendimiento del S&P 500 sufriendo solamente el 55% de su volatilidad.

 

Existen estudios más extensivos que incluyen mayor cantidad de activos y llegan a conclusiones similares. Nicholas Maggiulli, científico de datos en Ritholtz Wealth Management, define a la proporción óptima como 35% en bonos del Tesoro, 10% en oro y al 55% que antes destinamos al S&P 500 lo divide entre S&P 500 (29%), fideicomisos de inversión inmobiliaria que coticen en Bolsa (24%) y acciones de otros países desarrollados (3%).

 

Otro punto interesante es que la combinación de menor riesgo no se obtuvo estando 100% en bonos cortos del Tesoro, estrategia que muchos inversores siguen, sino con 10% en acciones del S&P 500, 8% en oro y 82% en bonos cortos. Con estas ponderaciones se ganó un 6,7% anual con una volatilidad del 5,8%, es decir, se ganó más y a menor riesgo que estando enteramente en bonos del Tesoro de Estados Unidos.

 

Más allá de estos datos que surgen de analizar los últimos 40 años, nada asegura que en el futuro sean estas las mejores combinaciones, pero sí puede afirmarse con bastante precisión que la inversión ideal se forma diversificando entre las tres grandes categorías, sobreponderando Treasuries para menor riesgo o acciones para mayor rendimiento. Y siempre manteniendo algo de oro.

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