¿Argentina potencia tecnológica?

19 de mayo, 2020

Mapa Argentina reformas

Por Augusto Salvatto Politólogo y especialista en Economía del Conocimiento

 

La historia de Argentina está marcada por lo que Pablo Gerchunoff y Lucas Llach llamaron “los ciclos de la ilusión y el desencanto”. Pasamos de considerarnos una potencia global a autopercibirnos como un “país paria” de un momento al otro. Nuestra potencialidad tecnológica es enorme, pero nuestra obsesión con lo urgente puede jugarnos una mala pasada.

 

La Economía del Conocimiento es uno de los sectores más dinámicos y pujantes de la economía de Argentina. Se ubica tercero entre los complejos exportadores del país, dejando un superávit externo anual de casi US$ 3.000 millones. Pero esta industria, a diferencia de lo que se suele percibir, no solo involucra empresas que desarrollan software, sino que es transversal a todos los sectores económicos, especialmente en una coyuntura actual. El turismo, el comercio e incluso el agro se han visto dinamizados por la incorporación de tecnología.

 

La potencialidad argentina en materia tecnológica no es utópica. Es una realidad. Incluso a pesar de las repetidas crisis económicas sufridas por el país en los últimos años. Argentina es el país latinoamericano con más unicornios (empresas que valen más de US$ 1.000 millones) per cápita, y supera en términos absolutos a España y Francia. En lo que refiere a capital humano, según un estudio Coursera, somos también el país con mayor talento digital del mundo. Sin embargo, si miramos la película en lugar de la foto, la inestabilidad macroeconómica de los últimos diez años ha producido un estanca
miento en el sector. Especialmente si lo comparamos con el crecimiento de nuestro vecinos en la región.

 

Para evitar esto, es necesario un marco regulatorio estable y que la clase dirigente adopte el fomento de la innovación como una política de Estado. Argentina se encuentra hoy ante la disyuntiva apostar por la industria del conocimiento, u optar por una política del desconocimiento. Esto es, continuar con políticas de desarrollo económico pensadas para el mundo de mitad del Siglo XX, o buscar posicionar al país como uno de los referentes latinoamericanos y globales de la industria tecnológica. Argentina tiene todo para ser una potencia tecnológica regional, a pesar de sí misma. Pero no con retórica, sino con políticas públicas concretas.

 

La tecnología no es el futuro, es el presente.

 

¿Por qué invertir en empresas de tecnología cuando al menos un tercio de la población del país vive en condiciones de pobreza estructural? Porque si queremos terminar con la pobreza y la ineficiencia estructural de nuestra economía, necesitamos de la tecnología.

 

En los últimos años, Argentina ha hecho de la urgencia, un estilo de vida. Nuestra política ha tendido a concentrarse en la coyuntura más inmediata, resignando el futuro. Pero paradójicamente, las urgencias a veces se resuelven con mirada de largo plazo.

 

Los niños que ingresan al primario en 2020, serán la fuerza laboral del país (por lo menos) hasta 2080. Si tenemos en cuenta esto, es de vital importancia que la programación y la robótica sean parte esencial de su educación. La brecha tecnológica será en el futuro uno de los principales mecanismos de reproducción de la desigualdad. Por esto, la educación tecnológica no debe ser pensada como el privilegio de unos pocos. Desterrar la equivocada idea de que la tecnología es para ricos y superdotados es un paso fundamental para alcanzar un país más desarrollado e igualitario.

 

El desarrollo de la industria del conocimiento en el país debe tener presentes las particularidades y las problemáticas de nuestra población, pero de ninguna manera puede dejarse para mañana. Resignando el futuro por pensar en el presente, resignamos también las soluciones para nuestros problemas actuales.

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