Argentina pasa la curva del Covid, pero se queda sin nafta

6 de mayo, 2020

 

Por Jorge Colina Economista de IDESA

 

Los países avanzados proyectan tener un fuerte crecimiento del déficit fiscal por las medidas que toman para paliar la crisis del coronavirus. La parálisis económica provocada por el confinamiento de la población hace caer los ingresos fiscales y aumentar el gasto público. Por esto, se estima que el déficit fiscal en Estados Unidos podría pasar de 3% a 10% del PIB; el de China de 6% a 11% del PIB; el del Reino Unido de 2% a 8% del PIB mientras que, en España e Italia, llegarían a 10% del PIB.

 

La deuda pública global se estima 83% del PIB y saltaría a 96% del PIB con la mayoría de los países avanzados por encima de este promedio. Alemania estaría en el orden del 68% del PIB, pero Italia saltaría a 155% del PIB de deuda pública y Estados Unidos a 130% del PIB

 

Estos números causan sensación, pero no alarma. Se entiende que el descarrilamiento fiscal está justificado por la pandemia y ahora hay que poner todos los esfuerzos en que sea transitorio. Es decir, empezar a vivir en “modo coronavirus”, si la enfermedad no se erradica, monitorear el contagio y empezar a poner la economía en movimiento para tender de nuevo hacia los equilibrios fiscales.

 

Mirando los fríos número, Argentina no estaría desentonando. En el primer trimestre del 2020 mostró un déficit primario –antes del pago de intereses de deuda– de 2,3% del PIB y su deuda pública se estima en el orden del 90% del PBI. Según la Oficina de Presupuesto del Congreso, hasta abril del 2020 las medidas tomadas para enfrentar la parálisis económica generada por el confinamiento tuvieron un costo de otros 2,3 puntos del PIB. Si bien algunos de estos gastos están computados en los resultados del primer trimestre, dado que son los menos, no es arriesgado estimar que en abril el déficit fiscal primario va a ubicarse en el orden del 5% del PIB.

 

Hasta aquí no hay nada extraordinario respecto a lo que se proyecta para los países avanzados. Las diferencias vienen por el lado de los tiempos y las fortalezas fiscales.

 

Con respecto a los tiempos, los países desarrollados ya pasaron lo peor de la tormenta (el pico del contagio) y ahora marchan hacia el verano en donde las enfermedades respiratorias, en general, tienden a amainar. No se sabe aún si este será el caso de este coronavirus, pero suena plausible. También estaría el riesgo de una segunda ola de infecciones (no confirmado), pero de ocurrir sería para cuando les pase el verano. En suma, los países desarrollados van camino a, por lo menos, una transitoria y (algunos dicen) nueva normalidad.

 

Argentina, en cambio, todavía no tuvo la tormenta (el pico del contagio). No sabe cuándo la va a tener y si la va a tener. Como agravante, si el momento de mayor riesgo es el invierno, cuando se producen los picos de enfermedades respiratorias, todavía le falta transitar dos meses antes de llegar a julio o agosto. Si con un mes de confinamiento, el costo fiscal fue de 2,3% del PIB, estando ya en un déficit de 5% del PIB, no es descabellado pensar que se llegue al invierno con un déficit primario en el orden del 10% del PIB.

 

Bueno, pero este es el panorama que los países desarrollados proyectan para ellos. Aquí entra la dimensión de las fortalezas fiscales. Los países desarrollados tienen mercados de capitales muy profundos a los que pueden apelar con fluidez para incurrir en deudas públicas que superen sus PIB. Además tienen un robusto orden monetario, con inflaciones muy bajas (inferiores a 2% anual) que les da mucho espacio para incurrir en una masiva emisión monetaria transitoria a fin de pasar la tormenta.

 

Argentina, en cambio, no tiene ninguno de estos ingredientes. Tiene un minúsculo mercado de capitales local al cual el Estado debe obligar mediante regulaciones (como la que se aplicará a los Fondos Comunes de Inversión) a que le presten en la devaluada moneda local. El acceso a los mercados de capitales internacionales lo tiene vedado por encontrarse en cesación de pagos. De hecho, se está en pleno proceso de negociación de un canje que genera muchas dudas respecto a su resultado. Pero aun cuando el resultado sea positivo, no implicará el acceso a los mercados financieros internacionales, al menos por los próximos años.

 

Quedaría la emisión monetaria. Argentina ya tiene un importante desorden monetario. Su inflación es del 50% anual (no del 2%, como en el mundo desarrollado). Si pretende financiar con emisión monetaria un déficit primario de 10% del PIB, implica que va a duplicar la base monetaria (que se ubica en 8% del PIB) y la cantidad de dinero en poder del público tanto en efectivo, como en cuenta corriente y cajas de ahorro (el agregado monetario conocido como M2, que asciende al 12% del PIB).

 

Semejante creación de nuevo dinero con la producción de bienes y servicios estancada y sin dólares de reserva en el BCRA genera un riesgo cierto de fuertes devaluaciones y paso de una muy alta inflación a hiperinflación.

 

La encrucijada argentina es de muy difícil resolución. Frenó bruscamente su economía por miedo a volcar en una curva peligrosa (la de los contagiados por el coronavirus). A la curva todavía no se llegó y, cuando se llegue, con alta probabilidad no se volcará. Pero la economía se habrá quedado sin nafta, estancada, sin divisas para ponerla a funcionar y con el último y único recurso de emitir dinero masivamente como medio de supervivencia a sabiendas de que esto sólo agrava el problema.

 

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