Animémonos y vayan: algunos billonarios quieren reabrir la economía antes que nadie

13 de mayo, 2020

 

Por Pablo Maas 

 

“La gente de los asientos más baratos puede aplaudir. El resto puede hacer sonar sus joyas”. En Londres durante un concierto de gala en 1963 al que asistía la reina de Inglaterra y la crema de la aristocracia británica, John Lennon no pudo resistir la tentación de hacer esa broma, por cierto, una genial metáfora acerca de la distribución del ingreso. La desigualdad económica es procíclica: aumenta en las expansiones y disminuye en las recesiones, según demostró Thomas Piketty en “El Capital en el Siglo XXI”. Ya ocurrió durante la Gran Depresión de 1929. En la convulsionada economía mundial de estos días, algunos billonarios temen perder sus joyas.

 

Probablemente el más notorio sea Elon Musk, el célebre magnate que esta semana desafió a las autoridades locales donde está radicada su fábrica Tesla de autos eléctricos y ordenó volver al trabajo a todos sus empleados. Para el magnate, el empresario predilecto de Donald Trump, los riesgos del coronavirus están grandemente exagerados. Es uno de los campeones de la derecha conservadora que utiliza toda su popularidad (tiene más de 30 millones de seguidores en Twitter) para impulsar la rápida reapertura de la economía de Estados Unidos.

 

La cadena CNN lo acusó de propagar desinformación acerca del coronavirus, minimizando la magnitud de la crisis y expresando su frustración acerca de la forma en que se está manejando la crisis. Durante una conferencia con inversionistas a mediados de abril, se fue de libreto y dijo que las órdenes para que la gente permaneciera en sus casas para evitar los contagios equivalen al fascismo. En los últimos días, intensificó su campaña y pasó de las palabras a los hechos con la decisión de reabrir su empresa durante el fin de semana del 10 de mayo, en contra de las autoridades sanitarias locales, que habían previsto esto recién para fin de mes. “Pueden llevarme preso, pero a mí solo, por favor”, desafió en un mensaje de Twitter.

 

La fábrica de Tesla en California, donde se ensambla el “auto del futuro”, tiene poco de sofisticación modernista. Más bien, parece un resabio del pasado glorioso de la industria automotriz tradicional de Estados Unidos. La planta está en un enorme complejo de 150 hectáreas en Fremont, cerca de San Francisco, que perteneció originalmente a General Motors, que la construyó en 1955. El edificio principal tiene 500.000 metros cuadrados. En 1984, GM se asoció con Toyota para fabricar allí coches de las dos marcas en un proyecto innovador que se hizo famoso en la industria automotriz: NUMMI (New United Motor Manufacturing Inc). La calidad de los autos mejoró notoriamente y en dos décadas y media, la planta fabricó siete millones de unidades. El proyecto cumplió su ciclo y en 2009 General Motors abandonó la fábrica y Toyota mudó la producción de su Corolla a otros estados.

 

En 2010 Musk compró la planta a precio de ganga y comenzó a producir su auto eléctrico dos años más tarde. Hoy trabajan allí 10.000 obreros, aunque las fotos que publica la compañía en su sitio Web muestran numerosos robots y escasos seres humanos. Musk hizo sus primeros millones en Silicon Valley como uno de los cofundadores de Pay Pal, que fue comprada por e-Bay en 2002 en US$ 1.500 millones (Musk tenía 11%). Con ese capital se lanzó a la industria aeroespacial con SpaceX, la generación de energía solar (SolarCity) y otros emprendimientos. Según una investigación de Los Angeles Times publicada en 2015, el imperio de Elon Musk fue construido gracias a unos US$ 4.900 millones en subsidios gubernamentales, ya sea en forma de créditos fiscales o beneficios directos. “Sus compañías no existirían sin estos apoyos”, dijo un analista citado en el artículo del Times (“Elon Musk’s growing empire is fueled by $4.9 billion in government subsidies”).

 

Furioso con las autoridades sanitarias que le impidieron reanudar las operaciones de su empresa, Musk inició un juicio contra el condado de Alameda, en el que se encuentra Fremont. El gobernador de California, el demócrata Gavin Newsom, autorizó recientemente la reanudación de algunas actividades manufactureras en el estado, pero supeditadas a la decisión final de las autoridades locales. El condado de Alameda es uno de los seis que componen el Area de la Bahia de San Francisco, e incluye además de Fremont (200.000 habitantes) otras ciudades como Oakland y Berkeley. El condado no autorizó. En respuesta, Musk escribió en su cuenta de Twitter que mudaría sus operaciones de California a otros estados, como Texas o Nevada.

 

Es cierto que muchos estados se pelean por darle dinero a Musk, pero mudar una planta colosal de 10.000 obreros (y todos los proveedores cercanos) no es tarea sencilla. Demoraría más de un año, un lapso que podría complicar los negocios de Tesla, que todavía tiene que mostrar ganancias genuinas, dicen analistas. En sus últimos dos balances trimestrales, las ganancias de Tesla no provienen de su operación industrial, sino más bien de la venta, a otras automotrices, de los créditos de carbono que se le acreditan por producir vehículos eléctricos.

 

Abandonar California, que si fuera un país sería la sexta economía del mundo, representaría para Tesla irse del estado que tiene la mayor penetración de estaciones de recarga para autos eléctricos. Y la mitad de los autos eléctricos que se venden en Estados Unidos se venden en California. El lunes, Los Angeles Times publicó un artículo con este título: “Elon Musk necesita a California más que lo que el Golden State necesita a Tesla”.

 

Musk dijo que la reapertura de la planta de Fremont se haría con todos los recaudos de seguridad y sanidad para cuidar la salud de sus trabajadores. Pero un canal de televisión local mostró que la empresa no estaba suministrando elementos de protección personal a todos sus trabajadores. La planta tampoco tiene buenos antecedentes en materia de protección de riesgos del trabajo. En marzo de 2019, la revista Forbes informó que, en los cinco años anteriores, tuvo más accidentes y fue multada más a menudo que todas sus rivales de la industria (“Inside Tesla’s Model 3 factory, where safety violations keep rising”).

 

Los accidentes son frecuentes debido a la gran presión para aumentar la producción y la enorme cantidad de trabajadores. “En lugar de ser una maravilla de la automatización del siglo XXI, las líneas de montaje que producen el modelo 3s y los modelos S sedans y X SUVs de más de US$ 79.000 dependen tan intensamente de trabajadores humanos como siempre”, dijo Forbes. En los próximos días se verá si la pelea de Musk y las autoridades escala o retrocede. Pero mientras el magnate “verde” quiere reabrir la economía a como dé lugar, otros colegas suyos de Silicon Valley, como Bill Gates o Mark Zukerberg, no están de acuerdo y recomiendan hacerlo hasta que la amenaza del Covid-19 para la vida humana disminuya sustancialmente.

 

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