América Latina ante el riesgo de una nueva década perdida

21 de mayo, 2020

 

Por Héctor Rubini Economista de la Universidad del Salvador (USAL)

 

El tiempo pasa y se ingresa a una nueva década. La historia reciente muestra a las economías de América Latina en bastante mala forma. Tanto con relación a los países desarrollados del Hemisferio Norte y Oceanía, como a las aspiraciones de dirigentes políticos de los años ’70 y ’80, el desempeño económico y sus resultados distan de ser satisfactorios.

 

Hacia fines del año pasado los medios reflejaban a diario las protestas en Ecuador, Bolivia y Chile. Bajo diversas razones específicas, el denominador común es la desatención de los políticos a las demandas y necesidades de la sociedad. En menor medida, si se quiere, es algo que se viene observando con diversos vaivenes en casi todo el resto de la región desde hace varios años. En algunos con indicadores económicos de razonable estabilidad y en otros con una volatilidad económica y fragilidades institucionales más que preocupantes.

 

De hecho, hacia 2015, un seminario en Punta del Este organizado por el Comité Latinoamericano de Asuntos Financieros observaba en la región la peligrosa combinación de síntomas propios y condiciones externas desfavorables que tornaban inevitable el fin de un ciclo de cierta bonanza externa, y el inicio de otro bastante desalentador.

 

Entre las debilidades propias se mencionaban el aumento de los déficits de cuenta corriente, y el del endeudamiento externo, así como la falta de políticas que impulsen mejoras permanentes de productividad. Algo que tornaba poco factible la posibilidad de soportar en buenas condiciones los impactos de un mundo con precios de commodities a la baja, y débil demanda de productos de la región por parte de una China creciendo cada vez más lentamente.

 

A esto se sumó el cambio de la política monetaria de Estados Unidos que, al inducir expectativas de subas de tasas de interés, incentivó a salid de capitales de la región. El mayor temor era por una rápida caída del crecimiento de China dado el agotamiento en ese país del fomento oficial a la inversión fija en sectores de baja productividad. Bajo ese entorno, era inevitable la presión a devaluaciones de las monedas de nuestra región, incluso para país con controles de cambio como en nuestro país. Transcurrió el tiempo y en la reunion en Buenos Aires en diciembre pasado, dicho comité emitió un diagnóstico sobre la región mostrando más debilidades estructurales.

 

  • Una tasa de ahorro promedio en torno de 20% del PIB, 10 puntos inferior a la del continente asiático, con Argentina en el “piso” de la región en torno del 14%.

 

  • Persistentes déficits de cuenta corriente y mayor nivel y ratios de endeudamiento externo.

 

  • Mayor apertura para los movimientos de capitales que para el comercio de bienes, y baja diversificación de exportaciones.

 

  • Bajo crecimiento y productividad.

 

  • Una desigualdad ya a niveles comparables a los del continente africano, junto a una ola de protestas violentas en la región (Chile, Ecuador, Bolivia, Colombia). Estas últimas motivadas por ineficiencias o insuficiencia de fondos para inversión pública y/o su uso con prácticas visiblemente corruptas por parte de no pocos gobiernos.

 

Bajo estas condiciones, el coronavirus llegó a la región, encontrándola con la guardia baja. Sin vacuna a la vista, los gobiernos han respondido de manera heterogénea respecto de la decisión de optar por cuarentenas rígidas o no. La prioridad de minimizar contagios para evitar un colapso de sistemas sanitarios débilmente equipados fuerza a cuarentenas y suspensión de la libertad ambulatoria y de actividades económicas que exacerban las debilidades ya mencionadas. Si además persisten las restricciones al movimiento de bienes y personas fuera de la región, no se recuperará la demanda externa, ni se revertirá la aversión al riesgo en las principales plazas financieras. Por esa vía el riesgo es el de una pérdida neta de divisas por insuficientes exportaciones y salida de capitales.

 

Pero a eso se suman las dificultades internas por el desplome de las ventas y de la circulación interna de bienes y personas. El impacto negativo sobre la solvencia financiera de familias, empresas no financieras, intermediarios financieros y de los gobiernos nacionales y subnacionales es inevitable. Mayor va a ser el impacto, cuanto más se extiendan las restricciones a las actividades económicas y a las libertades individuales. Un escenario que torna altamente vulnerables a gobiernos y aparatos productivos a una descapitalización difícilmente manejable.

 

En la transición hasta el regreso hacia cierta normalidad dentro y fuera de la región, los países con más complicaciones serán los que enfrenten más complicaciones por aumento de víctimas de esta pandemia, los que no perciban un aumento de precios y cantidades vendidas de sus commodities de exportación y los que no acierten en retomar un sendero de reactivación del merado interno con cierta solvencia fiscal. Esto requerirá, fundamentalmente políticas fiscales, monetarias, cambiarias y de liberación de precios y mercados con foco en tres frentes: estabilización cambiaria y de precios, recuperación de los incentivos para ahorrar e invertir en cada país, retorno (especialmente en los países con gobiernos altamente endeudados) a una mejora permanente, no transitoria, de las cuentas fiscales.

 

Las condiciones actuales no permiten ir más allá de la coyuntura y en sus procesos decisorios, estas cuestiones forman parte del muy largo plazo. Argentina no sería el único que enfrentaría serias dificultades para retornar a un sendero de solvencia fiscal. La situación de México está en gran medida atada a la recuperación permanente (o no) del precio del petróleo. Algunos países, como Ecuador y Costa Rica, tienen una alta dependencia de las exportaciones a EE.UU. Sin recuperación del mercado interno en ese país, enfrentarán meses muy difíciles. Brasil muestra un desorden en su política de salud, que torna incierto discernir cuándo volvería a crecer. Similares dudas se ciernen sobre buena parte del resto de los países de la región. Su alta dependencia de China en materia exportadora, torna a esta parte del continente altamente dependiente de la reactivación de la economía china. Algo que no es imposible, pero al menos hasta mediados de esta década no se acercará, ni por asomo, a las tasas de 2 dígitos de 15 años atrás.

 

¿Será el inicio de otra década perdida para América Latina? Esperemos que no. Pero con países con exportaciones poco diversificadas, mercado interno desarticulado y gobiernos con desbalances fiscales difíciles de revertir, los escenarios imaginables lucen extremadamente complejos.

 

Sobre todo, para imaginar un rápido giro hacia el crecimiento acelerado, con estabilidad de precios y reducción de la pobreza. Aun después de que se logre desarrollar y aplicar la eventual vacuna para el Covid-19, una esperanza que bien podría no materializarse, y en cuyo caso, buena parte de la próxima década serán años totalmente perdidos, y ya no sólo para los países de nuestra región.

 

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