Zinni: “Soy cauto con la duración del clima de unidad y consenso político”

1 de abril, 2020

Entrevista a Federico Zinni Mg. en Relaciones Económicas Internacionales Por Alejandro Radonjic

 

El Economista dialogó con Federico Zinni (Mg. en Relaciones Económicas Internacionales), también conocido como @____fedez____ en Twitter, sobre el escenario global posterior al Covid-19, la tregua política en Argentina, el calendario de Martín Guzmán y el tema de estos días: el costo de la política.

 

Arranquemos por la situación global y con una pregunta sencilla. ¿China sale herida o fortalecida de la coronacrisis?

Como supo decir Zhou Enlai, uno de los artífices de la modernización china, para evadir una pregunta sobre la Revolución Francesa: “Todavía es muy pronto para saberlo”. Hubo una primera lectura, a mi entender algo apresurada, que supone que saldría fortalecida. Bajo esa óptica, la eficaz respuesta del Estado chino para contener la pandemia en su territorio y su colaboración para compartir su experiencia con otros países le ha permitido ocupar, de alguna manera, el protagonismo que Estados Unidos está resignando por el manejo irresponsable de Donald Trump y su poca predisposición al compromiso internacional. Sin embargo, creo que es un análisis que omite ciertas dificultades que aún tiene China para ocupar un rol de referencia en esta crisis. Sin ir más lejos, en la última semana China reportó nuevos casos, surgieron sospechas de que han ocultado el número de muertos, exigió a España el pago por adelantado a cambio de material sanitario y recibió quejas de varios países por la exportación de tests y mascarillas falladas. Es probable, además, que cuando esto pase la discusión sobre la responsabilidad de China en la pandemia sea reflotada por distintos actores. En ese sentido, quedan dudas de que China vaya a verse favorecido desde un plano reputacional. Es evidente que China está viendo esta crisis como una oportunidad para extender su influencia. Pero eso dependerá no solo de los espacios que el vacío de liderazgos tradicionales está dejando, sino también de la propia capacidad y voluntad de China para ocuparlo. Liderar es costoso, y no está tan claro que China ya esté dispuesto a pagarlo.

 

¿Cómo cambió el panorama electoral en EE.UU. y hay más o menos posibilidades de un “bidenazo”?

Si consideramos que previo a la aparición del coronavirus todo se encaminaba hacia un triunfo casi seguro de Trump, evidentemente que este cambio radical del escenario beneficia a Joe Biden, en tanto abre de nuevo la elección. Ahora bien, esta crisis recién está empezando en Estados Unidos y allí, como aquí, aún no sabemos las dimensiones que podrá tener. Con la interna despejada, las chances de Biden se jugarán en dos dimensiones, que son las mismas que atraviesan a todos los países que están sufriendo esta pandemia: la salud y la economía. Si las proyecciones más temerarias respecto al número de fallecidos son acertadas, Trump sin duda va a ser cuestionado por su particular manejo de la crisis. De la misma manera, la caída de la economía se lleva la principal carta con las que Trump planeaba encarar la elección, lo que probablemente compense con un mayor énfasis y radicalidad en el resto de su agenda, cómo ya lo vemos con respecto a la inmigración o Venezuela. Dicho esto, muy raramente la coyuntura por si sola te entrega un país. Si Biden quiere capitalizar políticamente esta situación, deberá ante todo lograr mostrarse como un liderazgo alternativo convocante. La oportunidad para plantear reformas sustanciales en temas centrales como el sistema de salud la tiene, y ahora más que nunca.

 

Vayamos a Argentina y un tema que usted sigue de cerca: la renegociación de la deuda pública bajo Ley Extranjera. Hay un debate sobre si conviene “salir” o no, y también está el hecho que excede la voluntad y la estrategia: no queda tanto dinero para seguir pagando y, por ende, evitar el default. ¿Qué piensa?

Desde que se inició esta crisis sanitaria quedó claro que la primera víctima del virus iba a ser el calendario de Guzmán. En un escenario de completa incertidumbre y volatilidad como el que hubo en estas últimas semanas, la idea de que podría trasladarse la premura de Argentina a los acreedores era voluntariosa. El Gobierno entendió rápido esto y está obrando con flexibilidad ante esta nueva realidad. Hoy empezamos a tener una primera aproximación de los efectos que puede tener el coronavirus en la economía: serán tremendos y ya hay estimaciones que hablan de 4 puntos de caída del PIB. Es una mala noticia, pero desde el punto de vista de la negociación es mejor tener alguna noción del panorama futuro que lidiar en la incertidumbre total. Bajo este negativo escenario, es posible suponer que aumentan los incentivos de los acreedores para quitarse este problema de encima. Por otro lado, en un mundo en este estado de convulsión, los costos del default disminuyen y los acreedores lo saben. Por supuesto que eso no significa que vayan a aceptar cualquier propuesta. Desde mi punto de vista, Argentina todavía tiene una oportunidad de llegar a un arreglo si plantea este problema como lo que todavía es: una crisis de liquidez y no de solvencia. El país aún tiene un nivel de deuda que no requiere de una reducción drástica para ser sustentable. Claro que lo que sí tenemos es una crisis de liquidez de proyección prolongada. Tal como lo dijo el FMI en su nota técnica, el país no tiene capacidad de concretar pagos en los próximos años. Entonces, un acuerdo que se centre en eso, en garantizar un periodo de gracia extenso y una reducción de los cupones, y que de alguna manera resigne grandes quitas, podría llegar a tener una posibilidad de éxito en este contexto. Mientras esa oportunidad exista, no cabe duda que lo conveniente es tratar de concretarla.

 

Las encuestas, que aun algunos toman con pinzas tras el traspié de las PASO de 2019, muestran que los niveles de apoyo hacia el Presidente están creciendo exponencialmente y, a su vez, que sus políticas para contener el avance del virus cuentan con elevados niveles de consenso. Se ha roto la grieta y esa conducta inercial de que los bloques electorales apoyaban o criticaban las políticas solo por quién las tomaba. Es decir, “está mal solo porque es kirchnerista” o “está mal solo porque es macrista”. En concreto, en concreto, hay “macristas” que apoyan a Alberto Fernández. No parece ser, tampoco, una decisión que surgió de la dirigencia y el nuevo clima de cooperación. Me refiero a que no es que se movieron primero los dirigentes y después los votantes. Fue, más bien, al revés. ¿A qué atribuye eso y cuánto puede durar?

La aparición súbita de una amenaza que no puede ser atribuible ni a la herencia recibida ni a la nueva gestión, sumado a una respuesta razonable del Gobierno, que además fue generoso para ampliar la mesa de consulta a otros actores políticos, permitió un provisorio clima de unidad y consenso que, y aquí sí concuerdo con lo que marcás, fue recibido y alentado con mucha predisposición por la sociedad. Esto sin duda habla de cierto hartazgo por esto que llamamos “la grieta”. Sin embargo, sería muy cauto respecto a los fundamentos y perdurabilidad de este miniidilio. En principio, porque creo que responde más a incentivos inmediatos que a un cambio estructural de la dinámica política. Lo que veo de parte de la dirigencia es un alto grado de incertidumbre sobre lo que puede ocurrir y, en ese marco, entre quienes tienen responsabilidades de gestión prevalece la noción de que es mejor equivocarse juntos que tratar de diferenciarse, en especial cuando la decisión del gobierno ha sido abordar esta crisis con medidas de máxima desde su inicio.  Dicho esto, en los últimos días ya podemos ver a sectores de la oposición, especialmente los que no tienen responsabilidades ejecutivas y quedaban un tanto desplazados de la foto de “unidad nacional”, intentando retomar protagonismo y construir una agenda propia entorno a la crisis sanitaria.

 

Hay un creciente reclamo social de las clases medias y altas urbanas, que no es nuevo  pero ha vuelto a a la superficie, para que “la política” ajuste sus cinturones y los funcionarios de alto rango de los tres poderes se bajen los sueldos.  Hubo, incluso, algunas decisiones en esa dirección a nivel local, así como en el vecino Uruguay, que muchas veces opera como un “aspiracional” republicano para Argentina. Le formulo aquí una pregunta doble. ¿Por qué surge ese reclamo y cómo debe reaccionar la política?

En algún punto responde a esto que te decía de la necesidad de parte de la oposición de recuperar iniciativa política frente a estas semanas de “hiperliderazgo” de Fernández. En esa búsqueda por identificar y construir demandas propias, primero se intentó instalar la necesidad de tests masivos, pero digamos que ese reclamo no tuvo mucha repercusión en el marco del consenso general que existe entorno a las medidas adoptadas por el Presidente. Retomar el planteo de la reducción del gasto político, que ya se había instalado en diciembre cuando se discutían las primeras medidas económicas de Alberto, se presentó entonces como una alternativa mucho más redituable. Ahora bien, si esta demanda sí encuentra asidero en la sociedad, como parece demostrarlo los cacerolazos del día de ayer, es porque tiene capacidad de extenderse mucho más allá de quienes mantienen una animadversión de origen con el Gobierno. En ese sentido, el planteo de que, en un momento en el que se pide un sacrificio gravoso a la sociedad para enfrentar la pandemia, “la política” también acepte pagar los costos, es de una potencialidad de interpelación que hace desaconsejable su rechazo o ninguneo por parte de quienes ocupan lugares de representación.

 

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