Un 2002 en cuatro tiempos y el “sector N” de Krugman

28 de abril, 2020

Por Nicolás Salvatore  Economista

 

Salud y economía, ¿qué hacer? Richard Baldwin ofrece una figura ilustrativa. La economía no puede apagarse como una bombita de luz, un proceso reversible, sino que funciona más bien como una central nuclear. Hay que apagarla despacio, con cuidado, y no hacerlo del todo, porque puede fundirse: las empresas deben mantener al menos “las luces encendidas”.

 

Paul Krugman coincide, pero agrega otra dimensión al problema: los paquetes de ayuda tradicionales están orientados a amortiguar la caída del PIB “en promedio”, pero no toman en cuenta que esta crisis no sólo es cuantitativamente profunda, sino que también es cualitativamente distinta a las de 1929 y 2008. Desarrolló su idea mediante un modelo de dos sectores: Esenciales (E) y No Esenciales (N), y concluyó que los gobiernos deberían no sólo llevar a cabo políticas fiscales, monetarias o comprar activos, sino también “políticas de oferta” focalizadas en el sector N. ¿Habrán leído a Krugman los justicialistas, tan proclive a las políticas de demanda?

 

En Argentina existe un régimen de estanflación de 8 años y medio -4° trimestre de 2011 hasta hoy- que impedirá en 2020 que “la recesión tire los precios hacia abajo”. Bibliotecas de evidencia empírica lo atestiguan, empezando por lo que pasó ayer: en el período 2018-2019, tasas de inflación del orden del 50% convivieron con una caída del PIB acumulada en esos 2 años de 5%. Sobre este escenario, la administración justicialista reemplazó un plan antinflacionario por un conjunto de supersticiones que fracasaron, sin excepción, en la historia del capitalismo (4 siglos): congelamientos de naftas, servicios públicos y tipo de cambio nominal, Precios Máximos y Precios Cuidados, acuerdos de precios por 180 días. Y hasta hubo una novedad teórica: políticos que “calculan” tasas de ganancia empresaria “razonables” (gente que es muy creativa). Estas medidas suelen ser efectivas en el cortísimo plazo, al tiempo que van fabricando una “inflación reprimida” que sólo pospone el proceso inflacionario.

 

¿Por qué Argentina no podrá llevar a adelante los paquetes de rescate que implementarán la mayoría de los países sensatos del mundo (América Latina incluida)?

 

El Gobierno carece de herramientas de política económica.

 

  • No podrá implementar una política fiscal significativa, debido tanto al punto de partida como al derrumbe de la recaudación tributaria: el reciente paquete de estímulo -Salario Complementario, Ingreso Familiar de Emergencia, subsidio de tasas de interés, garantía del Fogar y aumentos extra de la Anses- asciende a cerca del 1% del PBI y no a 3% como sostiene el Gobierno, ya que la cuenta oficial incluye gastos corrientes previos, actualizados por (debajo de) la inflación.

 

  • Será muy poco eficaz la política monetaria debido al régimen de estanflación: la emisión de base monetaria generará una oferta de dinero que se transformará en parte en consumo, en parte en inflación -que esterilizará a su vez la emisión inicial- y en parte en demanda de dólares.

 

  • Tampoco la política cambiaria será una herramienta anticíclica debido tanto al target cambiario cuasifijo como al efecto contractivo (argentino) de la devaluación en el corto plazo.

 

  • Obviamente no habrá financiamiento externo, aunque el canje de deuda sea exitoso.

 

¿Qué podrá hacer el Gobierno? Darle paracetamol a un paciente al que le sangra la yugular.

 

El paracetamol no suele hacer efecto ante una yugular sangrante, y 40 cajas juntas pueden ser incluso contraproducentes: el Gobierno duplicará o triplicará la base monetaria en 2020. La oferta de dinero resultante chocará como un tren de frente con el desplome de la demanda de dinero, debido tanto al derrumbe del nivel de transacciones (PIB) como al “vuelo hacia la calidad” (dólar cash). Este choque de trenes constituirá un exceso de oferta de dinero nuclear, cuyo hongo atómico será la tasa de inflación. Y como si con todo esto no bastara, el punto de partida es también horrible: la emisión del primer trimestre de 2020, previo al Covid-19, equivale a toda la emisión de 2018.

 

La enorme incertidumbre obliga a que la estimación de la tasa de inflación de 2020 tenga una probabilidad de ocurrencia (media) con una varianza muy amplia. Sólo a modo nocional, sería razonable asumir, en forma conservadora, que la tasa de inflación “de mercado” de 2020 podría tener un piso que ronde el 60% (sólo un poco superior a la de 2019: 53%), y con un techo indeterminado – excluyendo una hiperinflación, un disparate-. Existe una segunda tasa de inflación posible, conocida en la literatura como “inflación reprimida” (comentada párrafos más arriba), sensiblemente menor al compás de una salida lenta de la cuarentena estricta. Luego de algunos trimestres, en algún momento de 2020 o 2021, inexorablemente las supersticiones le darán lugar al mercado y la inflación reprimida se liberará.

 

¿Vamos hacia un nuevo 2002?

 

Mi respuesta es: “Sí, y con 3 agravantes”. El primero, no hubo un “proceso inflacionario en 2002, sino un salto discontinuo del nivel de precios, posrecesión deflacionaria de la Convertibilidad (ya en 2003 la tasa de inflación fue de 4% anual y en 2004, 6% anual). El segundo, en 2002 no hubo sector N. El tercero, un conjunto de razones técnicas hicieron que la caída del PIB en 2002 tuviera forma de V: en junio de 2002, el PIB crecía ya a 9%. Estas 3 variables son hoy las opuestas. Las virtudes se transformaron en calamidad. Por ello, la probabilidad de que el PIB se recupere (crezca) en 2021 es muy pequeña. La opción más probable es que el PIB, en 2021, reduzca el ritmo de la caída, llegando en el límite superior al estancamiento (crecimiento 0%).

 

Podría realizarse una conjetura, nocional, sobre el piso de la caída del PIB en 2020. En 1995, luego de “efecto Tequila”, el PIB cayó 4,5% y en la crisis internacional de 2009 (tuvo poco impacto en una Argentina cerrada al mundo), cayó 5%. No hace falta un curso de detective para advertir que estamos en 2020 ante un fenómeno algo más violento que en 1995 y 2009. Existe además otro severo agravante: ex ante al Covid-19 en 2018-2019, el PIB sufrió una caída acumulada del orden del 5%.

 

Supongamos un escenario optimista: a) habrá una recesión en 2020 sólo del orden del 6% (ya descontada por el mercado –apenas 1 punto más que la de 2009) y b) la economía no crecerá en 2021 (en el mejor de los casos, estancamiento o crecimiento 0%). Así, la caída del PIB acumulada en 4 años, (2018-2021) rondaría, pues, 5% (2018-2019), más 6% (2020), más 0% (2021). Un total de 11%. Estimado lector, ésta es la tasa de caída del PIB de 2002. Llegamos (si una caída del PIB del 11% ocurre en un año o en cuatro acumulados, su poder destructivo es -más o menos- el mismo).

 

Podría construirse un escenario pesimista, aunque razonable, con una caída del PIB acumulada de: 5% (2018-2019) + 8% (2020) + 2% (2021) = 15. Esto significaría un derrumbe 33% peor que el de 2002. Finalmente, le pido disculpas, estimado lector, pero las buenas noticias no terminaron aquí: en ambos escenarios, habrá además un severo agravante, el fenómeno característico de esta crisis: la implosión del sector N de Krugman.

 

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