Tapar la boca

9 de abril, 2020

Por Federico Recagno (*)

 

Aquellos que hemos votado por primera vez en 1983, junto a los que lo hicieron antes, somos grupos de riesgo. Constituimos las generaciones más vulnerables frente al coronavirus.

 

También estos votantes somos integrantes de la camada que, ante episodios disvaliosos, solemos sacar nuestros “democratómetros” para medir cuánto riesgo corre la democracia en el país.

 

Tanta fue la ausencia de la posibilidad de elegir para nosotros que, ante la tragedia nacional o internacional, lo primero que hacemos es palparnos los bolsillos y buscar el documento que nos permite seguir votando. Muchas son las veces que nos robaron, a la fuerza, la democracia.

 

Poner el acento, justificado, en esta valoración del sufragio, en la posibilidad de votar, hace que no reparemos en las diversas instituciones que integran la democracia y que pueden fortalecerla o debilitarla, según sus funcionamientos.

 

El Covid-19 ha demostrado tener una gran potencia de contagio, tan contaminante parece ser que no sólo ataca a los humanos, sino que, además, se ha metido en las redes sociales, en los medios y en las instituciones. A unas les hace propagar verdades a medias, a otros les provoca grandilocuencia y a las demás las paraliza.

 

Abundan los artículos y opiniones acerca de los riesgos que afronta la democracia en el tratamiento de la pandemia.

 

Se pondera, falsamente, la actitud de varios países, de baja o nula calidad democrática, frente a los que deben mover una serie de mecanismos dentro de las leyes, que demorarían la toma de decisiones.

 

La necesidad y la urgencia siempre han sido dos palabras (decretos mediante) que todo lo han justificado. Claro que, una epidemia mundial sin precedentes, hace parecer cualquier acción imprescindible y apremiante.

 

Nuestra Constitución, es decir, nuestra voluntad ciudadana, habla de la división de poderes como una forma equilibrada de gobernar. Cada poder, Legislativo, Judicial y Ejecutivo, autónomo e independiente, es un límite para los otros.

 

Concretamente, la pandemia pone en el centro de la escena, a la vista de todos, al Presidente (Poder Ejecutivo) accionando, mientras el Poder Legislativo y, en menor medida, el Judicial, aparecen desdibujados en los medios y en la vida cotidiana, que se ocupan más de las ferreterías que de ellos.

 

El Presidente está procediendo, ejecuta y lo hace, en medio de esta oscuridad mundial, con bastante criterio, pero este accionar decidido no debe confundirnos y que posterguemos a las otras instituciones.

 

Los ejemplos más a la mano son el arresto domiciliario (excarcelación) del exvicepresidente y las compras del Ministerio de Desarrollo Social. Al momento que se faculta, con dudosa legalidad, a los intendentes a controlar y sancionar los abusos de precios, un sector, que depende del propio Ejecutivo, compra muy por encima de los precios testigos confeccionados por éste. El Presidente no duda y echa a quince funcionarios de la cartera, medida compartida por la ciudadanía, pero que también nos obliga y obliga a la política a preguntarse porqué quince. Tamaño número cuestiona más la honestidad que la negligencia en la actuación. ¿Qué consecuencias legales tendrán esos quince?

 

Estamos abocados, cada uno desde su aislamiento, en cuidarnos recíprocamente. La vida, por propia definición, coloca a cualquier decisión en segundo plano.

 

Pero la democracia, cuya ausencia en la historia también cobró vidas, exige, para su fortaleza, que los poderes, las instituciones, cumplan las tareas que la Constitución les encomienda.

 

Nosotros debemos quedarnos en casa pero la democracia debe estar en la calle, sin barbijo y sin la boca tapada.

 

(*) Secretario General Organización de Trabajadores Radicales (OTR CABA) y Presidente de Fundación Éforo

 

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