Salud, economía y el valor de salvar vidas

7 de abril, 2020

Por Pablo Mira (*)

 

Son tiempos en lo que se discute si debe priorizarse la salud o la economía. Se trata de un dilema sensible, y por eso varios se han apresurado a bregar por ambas. Pero eso no vale: existe un evidente intercambio al evitar los contagios mediante un parate económico para preservar la salud y, por lo tanto, es necesario determinar cuánto de uno estamos dispuesto a perder de una para tener más de la otra.

 

Antes de avanzar, quiero señalar mi posición sobre esta cuestión: la cantidad de variables involucradas y el corto tiempo para el análisis vuelve muy probable que la mayoría de las estimaciones presentes sobre este dilema sean revisadas en un futuro próximo.

 

Dado que durante las urgencias se debe actuar, conviene guardar cierto pragmatismo y evitar realizar supuestos extremos que transmitan una falsa sensación de seguridad científica en la búsqueda de un óptimo.

 

Uno de los nodos de comparación utilizados para sopesar salud y economía es, naturalmente, “el valor de la vida”, pues estamos deteniendo la economía para salvar gente. En su libro “Misbehaving”, el Nobel Richard Thaler cuenta que en sus inicios como economista este era el tema de su tesis, pero no sabía bien cómo hacer el cálculo. El economista Richard Zeckhauser le sugirió pensar en la ruleta rusa. Supongamos que Ana juega con un arma con muchas cámaras, digamos 1.000, de las cuales 4 tiene balas. Ana debe apretar el gatillo una sola vez, y debe responder cuánto pagaría para sacar una de esas 4 balas. Indirectamente, la respuesta estima el riesgo de morir.

 

La idea es buena, pero la parte empírica se vuelve un tanto impracticable. De modo que Thaler procedió a comparar tasas de mortalidad ocupacional con los datos disponibles sobre salarios por ocupación. Se podría estimar cuánto pagar a la gente para que esté dispuesta a aceptar un trabajo con mayor riesgo. Las versiones actualizadas de la técnica de Thaler son las que se usan hoy mismo para plantear cuantitativamente el dilema entre salud y economía. La estimación actual para EE.UU. es que una vida salvada vale en promedio algo menos de US$ 10 millones.

 

Lo raro de todo esto es que el propio Thaler demostró que su método era fallido. Cuando quiso determinar las preferencias de la gente entre compensaciones de dinero y el riesgo de morir, tuvo que decidir si preguntar por la “disposición a pagar”, o bien por la “disposición a aceptar”. La primera pregunta es cuánto se pagaría para reducir la chance de morir el próximo año en, digamos, 1%. La segunda es cuánto dinero se exigiría como compensación para aumentar el riesgo de morir. Para contextualizar, un residente de 50 años de EE.UU. se enfrenta a un riesgo de morir de 0,4% cada año. Para chequear que ambos modos de preguntar eran equivalentes, Thaler probó ambas opciones.

 

A) Suponga que al asistir a esta conferencia se ha expuesto a una rara enfermedad mortal. Si la contrae, tendrá una muerte rápida en algún momento de la próxima semana. La probabilidad de que contraiga la enfermedad es de 0,1% (1 en 1.000). Existe una sola dosis de un antídoto efectivo para la enfermedad que se venderá al mejor postor. ¿Cuánto es lo máximo que estaría dispuesto a pagar por este antídoto? (Si no tiene los dólares, se los prestamos a una tasa del 0% con treinta años para devolverlo).

 

B. Los investigadores han realizado un estudio sobre esa misma enfermedad rara. Necesitan voluntarios que estén dispuestos a entrar en una habitación durante 5 minutos y exponerse al mismo riesgo de 0,1% (1 en 1.000) de contraer la enfermedad y morir de forma rápida la semana siguiente. No habrá ningún antídoto disponible. ¿Cuál es la menor cantidad de dinero que exigiría por participar en este estudio?

 

La lógica sugiere que las respuestas a las dos variantes deberían ser similares, pero Thaler descubrió que las respuestas eran completamente diferentes. Nadie estaba dispuesto a pagar más de US$ 2.000 en la versión A, pero no aceptaría menos de US$ 500.000 en la versión B. ¡Una diferencia de 250 veces! De hecho, en la versión B muchos encuestados afirmaron que ni siquiera participarían en el estudio a ningún precio.

 

La enseñanza es que determinar el valor de una vida indagando directamente las preferencias subjetivas propias de las personas depende de cómo se enmarque la pregunta. Otro economista Nobel, Thomas Schelling, escribió un ensayo llamado “La vida que salves puede ser tuya”, donde remarca esta maleabilidad psicológica humana con la siguiente comparación: si una niña de 6 años necesita miles de dólares para una operación que prolongará su vida hasta la Navidad, su cuenta se verá inundada de donaciones para salvarla pero, si se propone reducir impuestos que afectan el gasto en salud produciendo un aumento apenas perceptible de muertes evitables, muchos aplaudirán la medida.

 

Una posible solución a este problema es calcular el flujo de ingresos que genera una persona a lo largo de su vida, pero esto nos deja sin poder determinar la utilidad de la vida para cada uno de nosotros. Y apuesto, estimado lector, que mi vida vale mucho más que la suya. Aunque también sospecho que para usted la suya vale mucho más que la mía.

 

(*) Docente e investigador de la UBA

 

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