¿Qué pasará cuando todo esto termine?

6 de abril, 2020

Por Diego Sadrinas Politólogo (UBA)

 

Principios de marzo y ya podíamos percibir que el año había verdaderamente empezado. Los chicos al colegio, los adultos al trabajo, la Asamblea Legislativa inaugurada por el Presidente y la expectativa por los debates venideros prometían tener a la sociedad de forma activa y participativa: el aborto y la reforma de la Justicia esperaban en boxes para arrancar la agenda política del 2020.

 

Además, estaban aquellos que ya tenían planificadas sus escapadas para el primer fin de semana extra largo del año (20 al 24 marzo) y otros que estaban terminando de definir sus destinos para Semana Santa. Pero la vida y el mundo globalizado es como el agua entre las manos: crees que lograste controlarla y de golpe se escapó. Incluso para los más escépticos fue una muestra gratis y vertiginosa del mundo en el que vivimos: interconectado, global y dinámico. La originalmente epidemia de gripe oriunda de China a finales del 2019 se expandió definitivamente por el mundo y se convirtió en una pandemia: primero en Europa, después en América Latina y finalmente por el resto del planeta.

 

Este virus se caracteriza por su fácil transmisión de persona a persona y por ser especialmente peligroso para los mayores de 60 años y personas que forman parte de grupos de riesgo (problemas cardíacos, afecciones respiratorias, diabéticos). Ahora bien, inicialmente fue un problema subestimado y minimizado por la clase política en su conjunto: desde China, donde trato de ocultarse, pasando por los gobiernos de EE.UU. y Brasil quienes evitaron implementar las medidas de aislamiento.

 

Como bien dijimos es un virus que constituye un nuevo tipo de gripe que, tratada adecuadamente y a tiempo, permite reducir los riesgos de muerte y dar una atención medica acorde a la necesidad de cada paciente. Pero los países tardaron en reaccionar y por eso cuando dispusieron la cuarentena obligatoria en muchos casos ya fue tarde: el sistema sanitario estaba colapsado y, por lo tanto, no dio abasto para atender a los que contrajeron el virus y el número de muertos, hasta el momento, está aumentado a nivel mundial todos los días. Mucho se está escribiendo y mucho se escribirá en los próximos meses sobre este fenómeno de autoaislamiento y reclusión obligada en casi todo el mundo.

 

Algunas de los desafíos y tensiones más interesantes y ambigüas desarrolladas hasta ahora son las siguientes: la necesidad de acciones colectivas coordinadas que al mismo tiempo apelan al individuo, es decir, que para que nos salvemos todos debemos ser responsables cada uno de forma particular. Asimismo, el tiempo presente, el del Siglo XXI, es definido como la época de la globalización y, de hecho, la presente pandemia es una muestra más de la interconexión de la que formamos parte.

 

No obstante, las respuestas en líneas generales tienden a ser tomadas por cada Estado sin coordinar siquiera con los países limítrofes. El único tipo de coordinación está asociado a la aplicación de los protocolos sugeridos por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

 

Por último y en línea con lo anterior, cabe destacar que en los últimos años hubo una tendencia mundial de regreso hacia gobiernos de corte neo-nacionalistas que critican las lógicas de un mundo integrado y apelan a la crítica de lo extranjero, la otredad y a la reconfiguración de un ideario nacionalista (America First, de Donald Trump, es un ejemplo de esto): esta crisis parecería estar contribuyendo a estas lógicas promoviendo las búsquedas de un culpable de esta pandemia e incluso estimulando lógicas autoritarias y reaccionarias tanto en la ciudadanía que se mira con desconfianza por miedo a ser contagiado como desde los gobiernos que, desesperados ante esta situación, toman medidas permanentes muchas de las cuales rozan la vulneración de los derechos individuales y del Estado de Derecho propiamente dicho. ¿Qué pasará cuando todo esto termine: volveremos a la normalidad o será esta la nueva normalidad a la cual debemos acostumbrarnos?

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