Prohibir los despidos y creer en la magia

3 de abril, 2020

Por Tomás Piqueras  Economista

 

A menudo suele ocurrir que aquellos que nos gobiernan aparecen con soluciones extremadamente simples para problemas extraordinariamente complejos. ¿El Gobierno se queda sin presupuesto? Hacemos uso de la máquina de imprimir billetes. ¿El precio de las mascarillas se dispara? Colocamos un precio máximo. ¿Se avecina una recesión con altas tasas de desempleo? Prohibimos los despidos.

 

Estas soluciones, que parecen sacadas de alumnos de colegio, por desgracia son también recurrentes en lo que algunos denominan “la élite política”. Lo hemos visto en países como Italia, España o Francia. El virus de la demagogia, al igual que el Covid-19, parece ser también una pandemia. Todas estas soluciones mágicas adolecen del mismo problema: una falta grave de sentido común.

 

El shock de oferta que ya se está produciendo en las distintas en las economías ante la imposibilidad de producir ya ha sentado las bases de lo que será la crisis económica mundial durante los siguientes años. Esto, acompañado de unos Estados a menudo irresponsables tremendamente endeudados y un entorno de borrachera monetaria, crea el cocktail perfecto para vivir una de las peores resacas. Es aquí donde el desempleo se disparará a tasas extremadamente altas y donde la varita mágica de los políticos prohibiendo los despidos entrará en escena. Imaginemos una situación donde una pequeña empresa de barrio cuenta con 4 empleados, la empresa no puede vender dado que debe permanecer cerrada, sus costos fijos se mantienen constantes y sus ingresos son inexistentes.

 

Esta empresa se ve destinada inevitablemente al cierre de su actividad y esto es sólo una cuestión de tiempo. Ahora bien, esta misma empresa podría tratar de alargar su vida manteniendo únicamente a tres empleados y despidiendo al cuarto con la intención de mantener a flote el negocio. Si no permitimos que esto ocurra, la empresa terminará por cerrar su negocio y no será uno, sino cuatro, los trabajadores que perderán el empleo. No es una cuestión de bondad, empatía o humanidad, sino de números y cero más cero nunca es uno.

 

Para que está situación se pueda solventar lo más rápido posible es de vital importancia que los contratos laborales se liberalicen, permitiendo así que empleador y empleado se pongan de acuerdo sobre cómo arreglar esta desastrosa situación. A fin de cuentas, nadie tiene mejor información sobre el estado actual que cada empresa afronta que el empresario y el trabajador. Ante esto, muchos se escandalizan y en un alarde de ignorancia aprovechan para ir en contra del empresario pues este podría verse tentado a despedir a sus asalariados o a reducir sus sueldos. Sin embargo, la lógica y el sentido común nos recuerdan que la tendencia natural del empresario no es a ver su empresa haciéndose cada vez más pequeña, sino a tratar de expandirla lo máximo de posible.

 

Para que esto suceda, es condición necesaria que las empresas se apoderen de eso que los economistas llamamos capital, y este no es únicamente maquinaria o medios de producción físicos, sino también, y muy especialmente, capital humano.

 

Van a ser tiempos muy difíciles y eso no lo duda nadie, y no podemos caer en la trampa de creer que aquellas falsas soluciones que nunca funcionaron lo harán ahora. Winston Churchill prometió en la Casa de los Comunes el 13 de mayo del 1940 sangre, sudor y lágrimas y el político que hable con sinceridad a sus ciudadanos debería prometer ahora pobreza, desempleo y escasez.

 

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