Preparando la recuperación

10 de abril, 2020

Por Carlos Leyba

 

La cuarentena sanitaria es una medida que nadie sensatammente discute. Muy bien el presidente Alberto Fernández contrariando a muchos que lo rodean.

 

Más allá de los recursos que faltan, todos los jefes de gobiernos provinciales y municipales han adherido a ese liderazgo. Nada podría ser mejor.

 

Nada garantiza que las cosas no se puedan complicar; la única herramienta, sin vacuna y sin remedio, es la cuarentena que nadie puede imaginar sine die .

 

Unos imaginan un final “vertical” (los viejos en casa) o un final “vertical doble” (viejos y niños). Otros por regiones.

 

El resto a trabajar sin aglomeraciones. Nada de espectáculos masivos. Cambio radical en el tiempo libre. Para esas actividades el desafío será cómo monetizar, mientras dure, lo que hasta ayer fue “la vida” después del trabajo.

 

El número de muertos y de camas de terapia ocupadas, por coranavirus, señala que, por ahora, no avizoramos un colapso sanitario, que es lo que la cuarentena quiere evitar.

 

El otro desafío es determinar cuán corta debería ser la cuarentena para evitar el colapso económico.

 

El ejercicio económico es estimar cuánto y cómo pueden mantenerse clausuradas las actividades no esenciales, sin ingresar al terreno de no retorno.Y, fundamentalmente, proponer como evitar los problemas que derivan de esa clausura.

 

Siempre resolver un problema consiste en que la solución genere un problema menor que el que se ha resuelto. Por ejemplo, todos encerrados es un problema. Pero mucho mayor sería el problema de todos contagiados. La cuarentena es una solución sanitaria hasta que lleguen la vacuna o el remedio. Otra vez, bien por Fernández.

 

Pero la clausura de actividades no esenciales requiere determinar cómo los trabajadores asalariados, cuentapropistas, autónomos –el conjunto de ciudadanos de a pie-, podrán obtener mensualmente ingresos para no caer en la urgencia de la asistencia pública. El voluntarismo que consiste en pensar que ocurrirá como si todo fuera normal es suicida. Si no se anticipa la solución, resolverlo será tarde, caro e ineficiente.

 

En la asistencia pública está el 40% de la población y el delivery, de raciones y dinero, a cargo del Estado y del voluntariado social enfrenta problemas de logística. Hay mucha voluntad y poca profesionalidad.

 

Pero a ese espacio de delivery de dinero de transferencia, se sumarán los trabajadores de menores ingresos que, obviamente, no disponen de reservas ni de posibilidades de ayudas de terceros.

 

Todos los que trabajan por cuenta propia y a los que la cuarentena les impide trabajar, algunos con con reservas propias y posibilidades de ayuda, se encontrarán en condiciones objetivas similares. Hay que preverlo.

 

Todas esas carencias “cortan cadenas de pagos” (servicios, consumos, impuestos).

 

El Gobierno ha avanzado muchísimo en este campo. Pero ha cubierto solamente la parte más gruesa y más carenciada, lo que está bien como prioridad, pero a medida que pase el tiempo los demás sectores constituirán un problema que se encadenará conflictivamente.

 

Atacado aquello con más potencial conflicto social, el Gobierno tiene que aplicarse a cómo las unidades productivas y su interrelacion en cadenas de valor, podrán sostener sus compromisos de modo que no se corte la “cadena formal de pagos”. Esta es la cuestión masiva del presente. Una urgencia no atendida.

 

Cuando la cuarentena se libere será otro mundo: el mundo de los problemas previos que hoy se han agravado. Podemos pensar ello.

 

Pero será inútil hacerlo si se corta la cadena formal de pagos. Porque todo lo que pensemos sobre la salida, será en base la estructura, precaria e ineficiente, que disponíamos pero que, si corta la cadena de pagos, ya no estará.

 

La cuarentena sanitaria procura contener la “cadena de contagio del coranavirus”. La consecuencia inmediata, para la política económica, es diseñar cómo impedir el corte de la “cadena de pagos”. Eso, sobre nuestras cabezas, es una espada de Damocles.

 

La mala noticia es que todavía, a pesar de las muchas medidas parciales, demoradas, el Gobierno no ha podido ofrecer una definición de cómo evitar que ese delgado pelo de caballo no se corte y genere una catástrofe en el mundo formal que, inevitablemente, tendrá una repercusión sobre el mundo informal de conflictividad social.

 

Hay un problema de método. La mayor habilidad de un Gobierno no es resolver los problemas que ya estallaron. No es esa la tarea de los hombres de Estado. No es razonable esperar que se pinche el caño para repararlo. La tarea de la política es adelantarse a los problemas y evitar que se produzcan.

 

Nadie puede ignorar que si se para una parte sustantiva de la producción, el flujo de ingresos desaparece y si este desaparece, al mismo ritmo se desvanece el flujo de egresos. La cuarentena parcial de la producción es la decisión, no deseada, que se interrumpa el flujo de egresos. Y esa decisión termina con el pago de salarios, con la interrupción de la cadena de pagos y la caída recaudatoria.

 

En consecuencia, el corte de la cadena de pagos es un hecho que sólo la política, el autor de la cuarentena, puede evitar.

 

Un eslabón que se corta deja a la cadena colgando. Soldarla es el doble de costo.

 

La primera exigencia de la economía a la politica es que responda cómo ha pensado, dígamelo, evitar el corte de la cadena de pagos. Y la política no lo dice. Cree que se resolverá con los instrumentos de la normalidad. Así no.

 

Cadena de pagos cuyo primer eslabón son los salarios y después los proveedores y así, y naturalmente los impuestos. La bola de nieve crecerá, a medida que la cuarentena se extienda en el tiempo, si no se detiene antes que se forme.

 

Que la cadena de pagos se rompa genera dos chicotazos. El primero, el incremento imprevisible e incontenible de la crisis social. El segundo, el imprevisible e incontenible proceso de desorganización del capital que implica desarmar literalemente el aparato productivo.

 

Cuando la cuarentena se libere y aspiremos a la salida -en “V” o en “U”- de la caída vertiginosa de la economía, ello no ocurrirá si a la crisis social se le sumó la desorganización del capital. Las piezas estarán desconectadas.

 

Y si piensan que los eslabones vendrán de afuera, olvídelo, no tendremos los dólares.

 

La cuarentena sanitaria es un acto de heroismo político y sabiduría, y la económica exige heroísmo y sabiduría económica, al menos para quienes creemos que la sanitaria manda y que sería criminal abogar por el fin de la cuarentena económica. Y hay muchos que hacen lobby en los medios para lograrla.

 

Dicen dejemos obrar al mercado. Que se abran todas las persianas y allá vamos. No sé cuantos son. Pero claramente no levantan la mirada del zócalo y nos van a atropellar.

 

Pues bien. La única alternativa, las demás son infantilmente voluntaristas, es que el Estado procure (y no hay otra que la emisión) financiar la continuidad de la cadena de pagos hasta que el aparato productivo paralizado se ponga en marcha.

 

Esto es financiar, desde el Estado, destrabando todas las restricciones operativas que impiden hacerlo, tal vez a fondo perdido, el pago de los nóminas salariales de todos los trabajos registrados impedidos de trabajar, habilitar normativamente los descubiertos necesarios de las empresas a tasas razonables y con plazos largos de cancelación. No hay alternativa.

 

¿Es posible habilitar nuevas actividades? Sería bueno. En algún momento podrá iniciarse progresivamente la apertura de aquello que hoy no es tratado como esencial.

 

¿Pero es sólo “por actividades” como debería funcionar esa “liberación” del corral productivo? Tal vez.

 

La vía más sólida es que las unidades productivas que soliciten la reapertura del proceso deberían solicitarlo fundamentando, por declaración jurada sometida a auditoria posfacto y sancionable con multas icónicas, que a) su actvidad provee bienes o servicios, principalmente a las cadenas de producción y atención de esenciales y que su participación es histórica en ese mercado; b) su personal, al concurrir a trabajar, podrá hacerlo garantizando la empresa que no incrementará el uso transporte público por encima del uso actual o brindando medios de transporte, horarios, nivel de ocupación de los mismos; c) en el traslado, en el ingreso, la permanencia en planta y en el egreso de la misma, la empresa garantiza el equipamiento de seguridad sanitaria, más el control médico (temperatura, y demás) de cada operario; d) las tareas se realizan habitualmente o pueden rediseñarse, de modo que ningún trabajador incumpla en ningun momento con el distanciamiento social y mantega las maximas protecciones, máscaras, guantes, etcétera.

 

Digamos, cada empresa deberá proponer y aceptar cumplir un protocolo auditable, para comenzar la producción de aquello aun no considerado esencial pero que pertenece prioritariamente a la cadena de valor de esenciales.

 

Cuidado. Existe la tentación de importar para no cortar el abastecimiento de los esenciales. Y el lobby para hacerlo está en línea.

 

Debería primar la decisión de procurar que todo lo posible se abastesca localmente con el protocolo, caso por caso.Lo mejor –en lugar de elegir a dedo– es aceptar las declaraciones juradas y sancionar incumplimientos.

 

De la misma manera que en el financiamiento para evitar la ruptura de la cadena de pagos, en las transferencias para quienes son autónomos registrados y las que se puedan aproximar a no registrados, la visión es poner al Estado a financiar que la cuarentena sanitaria no se convierta en conflicto social y en piedra que impida retomar la recuperación en “V” o en “U “cuando se abra la posibilidad.

 

Claro, estamos hablando de una economía de control en la que los precios, las tarifas y los salarios no pueden quedar en debate y si no hay acuerdo y cumplimiento -que hay que tramitarlo como pacto social– entonces será una decisión del Estado.

 

Esta es una economía de excepción o podemos migrar a una profunda desorganización que hará muy dificil una recuperación. Es la única manera de, sin vacilaciones, preparar la recuperación.

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