Pensar la escuela en la nube, por fuera de la coyuntura

3 de abril, 2020

Por Francisco Lehmann  Miembro de Nueva Educación y Vicedirector General de Belgrano Day School

 

El sistema educativo fue puesto en jaque, frente a frente no sólo con la realidad de la emergencia sanitaria y sus implicancias en la gestión, sino con el indefectible momento de definir, de un vez por todas, qué está en juego desde el punto de vista pedagógico con la transformación digital y la incorporación de la virtualidad, en los diferentes niveles educativos.

 

Hace más de quince años que desde Nueva Educación, grupo de investigación con foco en la innovación de la enseñanza y el aprendizaje, proponemos la incorporación de “la nube” al aula como un componente esencial para que el sistema educativo logre salir de la trampa de la dependencia de presencialidad.

 

Ahora bien, días atrás se ha logrado un rápido pero poco ordenado avance al respecto, donde se intentó abarcar aceleradamente todo lo no implementado en años: en algunos proyectos educativos, requirió entender dónde está el punto de cohesión entre lo mejor de las prácticas presenciales y los entornos virtuales ya creados; para otros, en un estado más embrionario, darse cuenta que así como “la nube” está implícita en nuestras vidas personales y laborales, aún está pendiente de ser parte de la rutina de la mayoría de las escuelas. En ambas opciones, se trata de un gran pendiente en el sistema, que la burocracia educativa hasta hoy evitó, tal vez porque enfrenta el paradigma del control establecido.

 

El escenario de crisis nos ha obligado a todos a ir por un camino poco planificado, casi sin anticipación. Claro que la emergencia nos lo está haciendo concretar de golpe, y 100% virtual, lo que no es lo ideal: nadie se plantea aprender a manejar en la Panamericana en hora pico. La demanda de plataformas en lo escolar y los pedidos de las universidades a la CONEAU, para activar sus sistemas institucionales de educación a distancia, son evidencia de ello. Esta visión presenta la idea de una virtualidad equivalente al “compre ahora y consuma ahora”. De más está decir que así no funciona.

 

En estos días me han consultado diariamente desde instituciones educativas y medios de comunicación por el fenómeno de “demanda de plataformas”, como si uno pudiera comprar una y seguir haciendo más de lo mismo. Una plataforma digital es un sistema complejo de recursos, ordenado y controlado, que tiene por objetivo la generación de valor, en este caso el aprendizaje. No escapa a las reglas de las nuevas “economías de la plataformas” que vivimos de una forma muchos más avanzada en otros ámbitos.

 

Lo crítico del momento obligó a reconocer que lo hacíamos virtual, o no había escuela. En el caso particular del colegio que coordino académicamente, a pesar de venir trabajando con mucho éxito hace más de diez años en su articulación online, me ha sorprendido ver la reducción de resistencias frente a herramientas que eran rechazadas hace años. También, con emoción, registré muchas docentes conmovidas por la necesidad de salir al encuentro de sus alumnos, de sus colegas, para hacer frente juntos al problema de “no vernos”. Al cabo de unos días, fue significativo escuchar el “de esto no se vuelve”, porque han descubierto una forma diferente de pensar, planificar y enseñar. Estamos descubriendo que la virtualidad nos permite redefinir los tiempos y los espacios. Y hasta podemos imaginarnos que, si pudiéramos usarlo mejor, podríamos enseñar mejor.

 

Claro que también he visto casos de desconcierto, familias desorientadas, alumnos perdidos. Nos ha pasado un huracán por encima, sin ruta de escape marcada.

 

Corremos con la adrenalina de la novedad, de lo desconocido. Estas dos primeras semanas fueron para organizar, identificar las mejores prácticas, comprender por dónde van las cosas, cuánto trabajo dar, a quiénes, cómo ordenarlo, qué puedo hacer en cada nivel, qué roles son necesarios. Y, lo más importante, asegurar mantener a los alumnos vinculados con su aprendizaje.

 

Sin embargo, lo más difícil llegó con la extensión de la cuarentena: ser capaces de sostener esta modalidad, crear instancias de evaluación, ajustes de trayectorias de aprendizaje personalizadas, seguir creciendo en el vínculo virtual. Creo que si hay algo que todo argentino reconoce a esta altura, y por experiencia propia, es que somos seres sociales. Tendremos que entender cuánto realmente estamos conectados con otros, por el mismo propósito. No se tratará nada más de tener la leyenda “en línea”. Deberán darse transformaciones entre quienes participan del encuentro virtual, con el surgimiento de aportes y resultados por esos vínculos.

 

Recientemente mi prepaga notificó que autoriza la compra de medicamentos con recetas virtuales, no impresas. ¿Hace cuánto tiempo estamos esperando que esto ocurra? Pero la burocracia lo impide. Seguramente esta etapa nos dejará un más eficiente y mejor sistema de compra (con aún mejor trazabilidad), que era algo imposible de hacer si no fuera por la emergencia que se nos presentó.

 

El sistema educativo deberá también capitalizar lo activado estos días. Es necesario ser capaces de aprovechar esta oportunidad para incorporar metodologías y herramientas que, hasta ahora, no teníamos tiempo de implementar, de forma tal que cuando podamos volver a la tan ansiada normalidad, donde los vínculos presenciales sean de nuevo algo diario, hayamos cambiado nuestra mirada y la “escuela en la nube” sea parte de nuestro día a día.

 

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