País rico, país pobre

14 de abril, 2020

Por Jorge Bertolino (*)

 

En su libro “Padre rico, padre pobre”, Robert Kiyosaki cuenta la historia de su vida desde el punto de vista económico o financiero.

 

Gracias a su “padre rico”, como él lo llama, aprendió a diferenciarse de la gente común, entre la cual se encuentra su padre biológico (o “padre pobre”), la cual según él, vive atrapada en una vida en la que no es feliz, condenada a trabajos que no quiere realizar, que no abandona por culpa del miedo o la ambición.

 

Llama “la carrera de la rata” a la persecución de un nivel de vida inalcanzable, debido a la insuficiencia de sus ingresos, disminuidos por las cuotas de la hipoteca de la vivienda, del automóvil y de los préstamos para financiar la carrera universitaria.

 

País rico, país pobre

 

Según las más recientes estadísticas de Madison, en 1895, nuestro país tuvo el ingreso per cápita más alto del mundo.

 

Era un país rico, cosmopolita, integrado a las redes del comercio internacional, abierto al mundo y asociado económicamente a Inglaterra, la potencia dominante de la época.

 

Las crónicas de esos tiempos relatan como en esta tierra de esperanza e ilusión, el futuro era promisorio y el llamado a consolidar el liderazgo regional estaba al alcance de la mano.

 

Más de un siglo después, somos el único país del mundo que descendió de la categoría de desarrollado a la de periférico, emergente, de frontera, subdesarrollado, del tercer mundo o como se lo quiera llamar.

 

Nuestra “carrera de la rata” consiste en perseguir el inalcanzable objetivo de sobrevivir (sólo sobrevivir), en una economía que carga con el lastre de una mutación cultural que abandonó el aprecio por el trabajo y el ahorro y abrazó el facilismo, el populismo, el derroche y el consumo desenfrenado sin sustento en la inversión de capital, tanto sea físico como humano.

 

Las ideas de crecimiento y desarrollo a partir del “gran empuje” estatal, muy en boga desde mediados del Siglo XX, fueron abandonadas en todo el “tercer mundo”, excepto en la “excepcional” Argentina “rica y poderosa”.

 

Sólo podemos ser pobres, pensamos, si las potencias dominantes, el imperialismo, el sinarquismo internacional, etcétera, se confabulan en nuestra contra para perjudicarnos. Somos demasiado ricos y poderosos y debemos resistirnos y luchar contra nuestros enemigos, combatiendo al capital, a sus propietarios y a los cipayos que defienden el ordenamiento económico y financiero internacional.

 

Como dijimos anteriormente, la cruel y devastadora realidad hizo que nuestros vecinos abandonaran este patológico y omnipotente diagnóstico, para virar hacia políticas más amigables con la inversión, con impuestos más bajos al sector productivo, con un gasto público más frugal y menos dispendioso y con un acento mayor en la formación de capital físico y humano.

 

Copiaron a su “padre rico”. A países que crecían vigorosamente desde hace décadas. El empuje inicial provino del sudeste asiático y hoy hay ejemplos en los cinco continentes de crecimiento vertiginoso. Hasta en Africa, donde Etiopía lleva el estandarte principal.

 

Nosotros creemos ser demasiado importantes como para copiar las recetas de esos paisuchos subdesarrollados y también creemos poder darnos el lujo, dada nuestra gran riqueza en recursos naturales y el origen europeo de nuestra población, de sostener un nivel de vida del primer mundo, extrayendo recursos de la “oligarquía terrateniente” y del “gran capital concentrado” que expolia a nuestros trabajadores.

 

Estas ideas, aunque no se lo crea, están implícitas y latentes en una vasta mayoría de la población. Como dijo El General, “peronistas somos todos”. Numerosos estudios de opinión pública comparada con nuestros vecinos de la región avalan este aserto. El argentino medio odia a los países exitosos, con EE.UU. a la cabeza y siente envidia y resentimiento por los emprendedores que son capaces de crear empresas y empleos de la nada. El sentimiento anti-empresa es muy agresivo y parece creerse que los salarios y los empleos nacen de un repollo. No se considera al empresario como un trabajador que combina recursos creando valor sino como un vividor que expolia a los pobres trabajadores que, a su vez, deben recurrir a unos sacrificados y ascetas gremialistas para que defiendan sus derechos y los saquen de la pobreza. Para evitar el exceso de avaricia de los patrones, el estado debe intervenir para eliminar la injusticia social, redistribuyendo los recursos que tan mal asigna el “dios mercado”.

 

Fin de la nota. Con este clima tan poco amigable con los creadores de riqueza, con su herramienta principal, la inversión y con la defensa del “dios Estado” que es capaz de crear panes y peces de la nada en medio del desierto, es inútil pretender otra cosa que la merecida caída año tras año en el ránking de riqueza mundial en la que estamos inmersos desde hace décadas. Nuestra carrera de la rata es veloz y presurosa. Somos los mejores: campeones mundiales, como siempre.

 

Y ahora, ¿qué hacemos?

 

Si algún día bajamos del pedestal y ponemos los pies sobre la tierra, habrá esperanzas. Haciendo lo que hay que hacer. Sin anteojeras ideológicas ni prohibiciones celestiales. El futuro venturoso está ahí, cerquita, al alcance de la mano. El mundo es tan diferente ahora, que en pocos años se puede salir del fondo de la tabla y aspirar al campeonato. Para eso hay que abrazar la sensatez y copiar las instituciones exitosas de los que nos precedieron recientemente.

 

El curso de la historia reivindica a Rodolfo Terragno, que en la década de Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde (los ‘80) nos decía que había que apuntar a las industrias de punta, a la innovación y a la inversión en tecnologías de los campos más noveles y prometedores que estaban surgiendo, tales como la robótica, la microelectrónica y la biotecnología, entre otras). Ya no tenía vigencia, decía, el modelo de crecimiento emulando el desarrollo industrial de los países que picaron en punta luego de la Revolución Industrial (Inglaterra, EE.UU. o Alemania), sino que había que saltarse etapas, como Corea, Taiwán, Singapur, entre otros, mediante el catch-up o salto tecnológico repentino.

 

Los nuevos modelos de crecimiento endógeno en los que trabajaron autores tan prolíficos y prominentes como Romer, Barro, Sala i Martin y otros, predicen que los países “pobres” (como el nuestro) pueden converger rápidamente a los niveles de ingresos per cápita de los países “ricos” si crecen más aceleradamente que ellos. Para conseguirlo deben copiar las instituciones exitosas que son capaces de provocar el crecimiento en cualquier lugar del planeta, aún en la excepcional Argentina.

 

Las principales son moneda sana, respeto irrestricto por los derechos de propiedad, impuestos bajos, gasto público eficiente, austero y financiable, fuerte inversión en infraestructura sanitaria y educativa y economía abierta al comercio internacional.

 

El impacto del gasto público en el crecimiento es dual. El óptimo es aquel en el que se maximiza la provisión de bienes públicos, que aumentan el crecimiento de la economía, con la menor carga impositiva, ya que ésta detrae recursos del sector productivo, disminuyendo el crecimiento. Se debe aumentar el gasto mientras el valor de los bienes públicos que se crean sea superior a los recursos que se detraen del sector privado. Cuando ambos valores se igualan (las productividades marginales son iguales), el gasto público es óptimo. Cualquier crecimiento del mismo agrega bienes públicos de menor valor que los recursos que se quitan. El exceso de gasto público, por encima de su nivel de eficiencia retrasa el crecimiento y contribuye a generar estancamiento y recesión. Aunque el término no exista, nosotros somos eficientísimos creadores de “males públicos”. Nos pasamos de la raya hace décadas y no crecemos porque el lastre que le cargamos a las empresas, principalmente a las pymes, que tienen menos escala y poder de mercado, es imposible de sobrellevar. La falta de crecimiento, como puede verse, tiene una justificación obvia, desde la teoría del crecimiento económico.

 

El partido no es Argentina versus el resto del mundo sino Argentina versus la racionalidad, el realismo y la propia inteligencia. Nos empeñamos en hacer todo mal y persistimos insistentemente en el empeño.

 

Una última acotación con respecto a las teorías del crecimiento endógeno. Los países que alcanzan un alto desarrollo tecnológico son capaces de independizar el mismo, dando un nuevo salto que las aleje de sus perseguidores, que están tratando de alcanzarlos. En la literatura se dice que el crecimiento tecnológico se torna endógeno y ya no depende de variables exógenas, tales como el ahorro, la población, el nivel educativo, etcétera.

 

Nuestro país puede dar el gran salto, en pocas décadas, quemando etapas. Para eso es necesario confiar en la altísima capacidad innovativa de nuestros empresarios y emprendedores y abrir la economía al mundo, confiando en nuestra capacidad de competir, firmando tratados de libre comercio con las potencias dominantes (EE.UU., Europa, China y Japón). El Estado debe retirase, eliminar totalmente las absurdas regulaciones que encarecen innecesariamente la actividad productiva y no debe pretender imponer ni siquiera recomendar ni sugerir un “modelo de país”. Este debe surgir espontáneamente a partir de la cooperación voluntaria entre los diferentes actores que componen el sector sano y creativo de la economía argentina, que no es, obviamente, el gubernamental.

 

El sector productivo, en libertad y sin presiones ni imposiciones oficiales será capaz, “como guiado por una mano invisible” de encontrar los sectores en los cuales especializarse, ayudando a crear el país que, hasta ahora, no nos merecemos.

 

(*) Economista

 

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