Nos están volviendo locos

13 de abril, 2020

Por Daniel Muchnik

 

Nos están volviendo locos. Entre el Covid-19, el dengue, la discusión sobre el uso o no de los barbijos, la cuarentena obligatoria por meses (como se sugiere) los casos de corrupción comprobados, las declaraciones absurdas de algunos funcionarios, las propuestas de un ejercicio de vigilancia totalitaria de nuestras llamadas o el uso de Internet, el desconocimiento de nuestro futuro, son factores de angustia. Para qué negarlo.

 

No en vano se están vendiendo más sedantes, o más inductores del sueño porque no se puede llegar al descanso relajado por la imprevisibilidad como eje de nuestras vidas. Es eso que sofoca.

 

No saber si tras el tsunami esta vez bajarán las aguas. ¿Descenderá o no todo ese aluvión que cayó sobre el país y el mundo? ¿De qué viviremos, qué será de nuestro trabajo y de las jubilaciones de los que la merecemos? ¿Quién producirá? ¿Que será del trabajo? ¿Y de la creación de los hombres?

 

Avisan que nada será igual. Se escuchan hipótesis, tan sólo hipótesis. Sin duda, las relaciones humanas se modificarán de raíz. Argentina es un país donde se besa mucho, a amistades o a gente extraña. Es imposible que esa costumbre desaparezca, se comprima.

 

La tecnología se sigue imponiendo. No se puede operar con los bancos sin la habilidad correspondiente. Es decir: los clientes de edad, que no dominan las conquistas de la modernidad, son excluidos, como si no existieran. Se acabó los resúmenes de las tarjetas de crédito por correo.

 

Se recurre el mail como elemento de reducción de costos de las empresas. No es correcto. Los bancos achican los gastos pero perturban a los adultos mayores.

 

Las relaciones de trabajo como la conocemos quedarán en la banquina. Hasta que las empresas no vuelvan a cierto nivel de normalidad, todo será en vano. ¿Pero cuándo llegará esa normalidad si el mercado se ha jibarizado?

 

La desocupación será una tragedia social. Ni pensar en proteger como se debe a los carenciados, a ofrecerles, como corresponde, alimento, agua potable, cloacas, servicios elementales. ¿Qué será de la gente joven que en esos barrios de la periferia y en las villas no tiene ni conseguirá trabajo, ni tampoco estudia, por lo que crecerá el analfabetismo? ¿Qué será de los universitarios que se esmeraron durante largos años de preparación?

 

¿Qué pasará con el salario? ¿Podrán las empresas en medio de la paralización seguir pagando los mismos montos? Eso llevará a un cambio en la vida de toda la población. De los que más tienen a los que menos tienen.

 

Aquel resumen comprimido del discurso de Franklin D. Roosevelt cuando asumió en 1933 la presidencia de Estados Unidos en medio de una recesión abrumadora en la década del ’30 (una más, pero más grande, de las tantas crisis financieras y económicas en ese país), tiene actualidad, pero no termina de convencer. Roosevelt dijo en esa oportunidad: “Lo único que debemos temer es al temor mismo…. que paraliza el progreso”.

 

¿Hay que hacerle caso a Roosevelt? Quizás no haya otra salida para Argentina y el mundo sin exclusiones que un nuevo New Deal, un acuerdo en serio entre todos los sectores para salir de la penumbra. Se sabe que la salida, pese a las recomendaciones del gran John Maynard

 

Keynes, tardó años en concretarse. Sólo fue la maquinaria de guerra, el esfuerzo bélico que necesitó de hombres y mujeres el elemento que trajo oxígeno a la sociedad, a costa de los muertos en las batallas.

 

Argentina viene a los tumbos desde hace décadas. La grieta política, que se ha agrandado en las redes, donde no hay perdón para nadie, presiona para empeorar las cosas. No hay un equilibrio en el pensamiento político de estos días.

 

Nadie ha sido virtuoso en la décadas que nos precedieron, donde el peronismo gobernó muchísimos más años que sus opositores. Donde la corrupción primó sobre los principios más elementales. Hay una audiencia que sigue apostando casi religiosamente por Mauricio Macri. No pueden aceptar que los dos últimos años de su conducción fueron una suma de equívocos económicos cada uno más importante que el otro. Si cualquiera cuestiona al Macri desacertado pasa a ser, para sus seguidores casi religiosos, un sujeto estigmatizado.

 

Todos esperábamos que los especialistas y los intelectuales interpelaran al Gobierno anterior. La mayoría de los economistas no ocultaron su pesimismo. Gran parte del periodismo, también.

 

Los intelectuales, que deben tener un compromiso moral con la sociedad no lo hicieron. Gran parte de esos intelectuales , que tienen nombre y apellido, no firmaron comunicados, no salieron a participar en los medios de comunicación señalando el incremento de la pobreza, la desocupación y la mala praxis de la economía, demostrando una insensibilidad supina. Quedaron pegados al deterioro de ese Gobierno.

 

En la otra orilla, en su momento, ahora mismo, los intelectuales que portaban un cartel de peronistas no abrieron las puertas de la crítica al manejo arbitrario y despótico de Cristina Fernández, a las conclusiones de la Justicia, a las investigaciones periodísticas que marcaban a fuego que el kirchnerismo (un populismo que se considera de izquierda), quedaba para siempre identificado con la marca de la corrupción.

 

Los bolsos con nueve millones de dólares que revoleó José López y los US$ 4 millones guardados en la caja de seguridad de Florencia Kirchner vinieron a confirmar aquello de los que muchos venían advirtiendo.

 

Se nos viene ahora encima el factor humano. Las noticias permiten mantener en total vigencia el libro “Un país fuera de la Ley” del excelente jurista Carlos Nino. No pocos argentinos rompieron la cuarentena, única vacuna conocida contra el Covid-19. Salieron a pasear por los bosques y calles arboladas de Palermo como denunciaron algunas radios. Los intendentes de las zonas de veraneo de la zona Atlántica han pedido que nadie tome a la chacota la peste y no se aferren a Semana Santa como días vacacionales. Simplemente porque son portadores de la pandemia. Aunque no lo sepan.

 

Los centros de salud advierten que hay gran cantidad de asintomáticos. Que el pico de la enfermedad será en mayo, que faltan elementos claves para detectar a tiempo al mal. Habrá que seguir con la cuarentena el tiempo que sea necesario porque es la única vacuna conocida. La otra, la aplicable demorará un año por lo menos.

 

Alberto Fernández hace equilibrios, intentando caminar sobre el cable en el aire. Es un buen comunicador, pero mete la pata. No puede quedar para la historia que maltrate a los empresarios e increpe como miserables a algunos. O lo alabe a Hugo Moyano por conveniencia política. No es posible que no extermine de raíz la corrupción en algunos ministerios. Que no les tape la boca a altos funcionarios que aseguran cualquier cosa para desdecirse al día siguiente. El frente que lo llevó al poder es un archipiélago. No hay un consenso compartido. La Cámpora actúa por su cuenta. El diputado Máximo Kircher, siguiendo la sugerencia de su madre, está proponiendo un impuesto muy gravoso para los que blanquearon (“para los ricos”, dice) para enfrentar la crisis. Ya nadie habla de la indispensable reforma impositiva.

 

Pero no es el único que sale con esa propuesta. En el Viejo Continente también se sugiere el mismo impuesto, intentando crear un fondo equivalente al 10% del PIB de la Unión Europea.

 

Es muy difícil saber cómo sigue el proceso que estamos viviendo. La pandemia se está aplanando en China y en una cierta parte de Europa. Pero por otro lado, ciertos informes detallan que se espera una segunda ola que otra vez caiga a plomo sobre el mundo. Crucemos los dedos.

 

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