Mientras Europa vuelve a la normalidad, Argentina está ante una encrucijada

22 de abril, 2020

Por Jorge Colina Economista de Idesa

 

Europa está comenzando a volver gradualmente a la normalidad después de la extrema medida de confinamiento que establecieron varios países. La cantidad de nuevos infectados detectados va cediendo.

 

Italia, el país que mostró las imágenes más dramáticas, está teniendo una tasa diaria de 50 nuevos infectados por millón de habitantes cuando experimentó una tasa de 100 en su peor momento. España, sin haber llegado a mostrar las imágenes de Italia, tuvo tasas diarias de infección del orden de 200 por cada millón de habitantes y ahora está en 80 con tendencia a la baja. Francia, cuyo presidente corrió a tomar las medidas más extremas de confinamiento en una clara muestra de pánico, llegó a 80 casos por millón y hoy está en la mitad de esa tasa. Alemania llegó a 70 por millón y hoy está en 20.

 

En este marco, todas las noticias se centran en Estados Unidos, predestinando que estaría viniendo lo peor. Ciertamente, está en su momento álgido, con una tasa diaria de 100 por millón y muy concentrado en Nueva York (como si fuese otra Lombardía), pero lo cierto es que la tasa no muestra una tendencia creciente, sino más bien una amesetamiento que –dada la experiencia europea– permite avizorar que ya estaría empezando a ceder.

 

Lo más importante es que los epidemiólogos más serios generaron evidencias que muestran que el Covid-19 está lejos de ser una enfermedad mortal. Estimando en base a estudios muestrales serológicos en la comunidad, empiezan a observar que la tasa de contagio, tomando no detectados por ser asintomáticos o levemente sintomáticos, sería mucho más alta que los casos reportados. Por lo tanto, al expandirse el denominador en la tasa de mortalidad, hay evidencias de que la tasa de mortalidad del Covid-19 sería similar a la de la clásica gripe estacional.

 

Más comprobado está aún que la mortalidad se concentra en personas muy ancianas con enfermedades crónicas de base. La tasa de mortalidad en menores de 65 años es muy baja sino nimia. Lo cual no significa que no haya casos, pero son la excepción.

 

En este sentido, el conteo de muertos responde más a sensacionalismo que a muertes que no hubieran ocurrido si el Covid-19 no aparecía. Lo que el Covid-19 habría modificado sería la causa de muerte, aumentado la causa de enfermedad respiratoria en lugar de las otras causas, también muy frecuentes, como cardiovasculares, cáncer o accidentes cerebro-vasculares. Algo que no es inédito sino que suele ocurrir en épocas de gripes severas, sólo que estos casos no fueron noticia.

 

Hasta ahora no hay evidencias de que la tasa de mortalidad anual en los países donde se observó muchos muertos en el marco de la pandemia esté en aumento. De todas formas, esto se comprobará más adelante.

 

Después está Suecia, que muchos medios de comunicación lo señalan como un “rebelde” o una estrategia novedosa, cuando –según la palabra de los epidemiólogos– era una camino alternativo conocido que sólo Suecia se animó a tomar. El Reino Unido también lo estaba tomando, cuando fueron llevados por el pánico que les causó unas simulaciones del Imperial College (un prestigioso centro de estudios epidemiológicos), que presagiaba una matanza, al confinamiento. Las evidencias están mostrando que las simulaciones estaban sobredimensionadas.

 

Suecia fue a un distanciamiento social moderado. No se detuvieron las escuelas, siguió la vida laboral y la vida social en bares y restaurantes, se permiten reunión de personas hasta 50 y se aisló y protegió a las poblaciones en riesgo, que son los ancianos. Las motivaciones de los consejeros del gobierno señalan que los costos económicos, sociales y de libertades individuales del confinamiento son muy elevados, por lo que buscaron un equilibrio.

 

Suecia en estos momentos está teniendo una tasa de contagio diaria de 60 casos por millón. No es baja, pero tampoco es el paroxismo por el que atravesó Italia, España y estaría pasando Estados Unidos. Si se pone en la balanza el enorme costo del hundimiento de la economía, los costos sociales y sanitarios en términos de enfermedades no Covid-19 no atendidas y enfermedades nuevas generadas (en la salud mental, fundamentalmente) que genera el confinamiento, el camino de Suecia es –hasta ahora– claramente superador. Obviamente, hasta ahora. Hay que seguir observando.

 

El punto es que, lo que tomaron el camino del confinamiento, ahora tiene que salir necesariamente con gradualidad. Caso contrario, se corre el riesgo de un golpe de contagio. Este es el enorme desafío que enfrenta Argentina.

 

La situación en Argentina es muy comprometida. Para ponerlo simple. Argentina tiene una tasa de contagio diario detectado de 3,5 por millón. O sea, prácticamente nada. Pero una encuesta que hace la organización FINE sobre una muestra de 414 médicos arroja que el 87% está de acuerdo con la medida tomada por el Gobierno Nacional, que el 60% de la población no está preparada para enfrentar la pandemia, que la medida más efectiva es la “cuarentena nacional obligatorio” y más de la mitad de los médicos opina que el confinamiento tiene que superar los 2 meses llegando a 4 meses.

 

El gran dilema es que la opinión de los médicos choca con la realidad de que la mayoría de la población no puede soportar semejante extensión del aislamiento. Muchos, porque se quedan sin ingresos y el resto porque verá afectada su salud mental, por tristeza, depresión, el agravamiento de adicciones, por violencia familiar y por el deterioro de la salud debido a mala alimentación y carencia de actividad física de rutina o recreativa.

 

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