Los únicos privilegiados son los viejos

14 de abril, 2020

Por Sebastián Giménez  Escritor y trabajador social

 

Nosotros creíamos hasta hace poco que Hugo Moyano podía parar el país. Que Juan Grabois y los movimientos sociales le ocasionaban graves daños a la economía por acampar en la 9 de Julio con sus reclamos y reivindicaciones. Ahora vemos que no era para tanto, en comparación a la paralización económica casi absoluta por la cuarentena dispuesta por las autoridades sanitarias y políticas.

 

En una conversación telefónica con mi hermana Verónica, ella me lo representó en una frase contundente.

 

-El país paró por los viejos.

 

Pero, ¿cómo?

 

Y claro. Si son los viejos y los enfermos los que tienen mayor letalidad con el coronavirus.

 

Parar la economía no para salvarnos todos solamente, sino para salvar a nuestros viejos y abuelos. Es como decirle al joven de la tabla de surf en el techo del auto: andá a surfear a tu casa, hay que cuidar a los abuelos. Lo dijo Alberto Fernández, y Horacio Rodríguez Larreta también. Lo verbalizó recreando una conversación el Presidente, mirando a la cámara y diciendo: ‘Vos que sos más joven podés no tener síntomas, o un pequeño resfrío, pero si se lo pasás a una persona grande la podés matar. También elogió a los encargados de edificio que se ocupan de hacerles los mandados y trámites a las personas mayores. En la misma tesitura, Rodríguez Larreta lanzó un programa de voluntarios para que los adultos mayores no salgan de su casa en la Ciudad de Buenos Aires.

 

Decidimos parar la rueda capitalista, ponerla en suspenso para salvar a las personas mayores y a los enfermos. En una Argentina que atraviesa la pandemia, los únicos privilegiados son los viejos. Seremos más pobres para salvar a los padres y abuelos. ¿Quién hubiera dicho que el país del 40% de pobres, donde campea la desigualdad, iba a enarbolar semejante política de resguardo de sus mayores? Que los jubilados siempre parecen el último rincón del tarro, que vivimos cambiándoles las fórmulas de cálculo de los haberes para pagarles cada vez menos. Pero, ¿quién hubiera pensado que íbamos a ser capaces de intentar proteger a nuestros abuelos y a nuestros enfermos, aún con todos los errores y limitaciones (aquel viernes fatídico de las enormes hileras de jubilados en los bancos para cobrar sus haberes)?

 

Tal vez no todo es comparable, ni las economías ni las sociedades. Pero prefiero vivir en un país que intenta esto a estar en otra latitud donde las autoridades políticas dicen que los grandes deberán perecer, o desarrollar sus propios anticuerpos y los que sobrevivan tendrán una economía más sana. Acá tenemos todas las vivezas criollas, la soberbia del potrero, pero la vida sigue teniendo valor. Prefiero que suba 10 puntos la pobreza a que haya 100.000 muertos, dijo el Presidente. La vida, supremo valor. Somos capaces de egoísmos y también, altruistas desinteresados los argentinos.

 

Que tenemos educación pública por Domingo F. Sarmiento, una personalidad muy discutida y contradictoria, pero que impulsó la aprobación de la Ley 1.420 contra la resistencia de la Iglesia. Laica, pública, obligatoria. Y que tenemos salud pública a mucha honra, por los médicos que dieron su vida combatiendo a la fiebre amarilla, quedando sus nombres enarbolados como homenaje en la mayoría de los hospitales. Acá se enseña y se cura a cualquiera, y después se le pregunta quién es y de dónde viene. Tozudos, egoístas, fanfarrones y también solidarios los argentinos. Que nos juntamos quedándonos en casa nada menos que para intentar salvar a nuestros viejos y enfermos. Parecemos contar con una reserva de valores comunitarios y sociales que nadie había sospechado o en los que no reparamos habitualmente.

 

El Presidente, tal vez para desdramatizar y volver aún más coloquial su última conferencia de prensa, aludió a una metáfora futbolera: el “teorema de Gorosito”: Si hacés las cosas bien, es muy posible que te vaya bien. Cuidar a los abuelos, a los enfermos y seguir las disposiciones sanitarias es actuar bien. Y ojalá nos vaya bien”.

 

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