La política en tiempos de pandemia

21 de abril, 2020

Por Sebastián Giménez Escritor y trabajador social

 

Ayer, el gesto lo hizo Juan Schiaretti, el gobernador de Córdoba. El jefe político de una provincia de raigambre radical que se ocupa de votar a justicialistas de buenos modales, un peronismo edulcorado sin cantar la marchita. Dio el paso al frente y dijo que se descontaría el 45% de su remuneración de gobernador.

 

La política es la gestión del Estado y también de lo simbólico, es la administración de gestos. En el 2003, la provincia de Santa Fe sufrió la peor inundación de su historia por el desborde incontrolado del río Salado, que invadió la ciudad causando un verdadero estrago por las víctimas fatales, por el daño económico y sanitario. Recuerdo perfectamente la imagen del gobernador Carlos Reutemann arriba de un bote naranja y con chaleco salvavidas. Y uno se puede preguntar, ¿qué podía hacer ese hombre ahí, que ni nadar debe saber y si lo tirás al Río Salado embravecido se debe ir al fondo como una piedra?

 

Pero el tipo estaba ahí, entendiendo que la responsabilidad de un político va mucho más allá de la ayuda instrumental que pueda brindar en el momento del colapso, esto es, acompañar, embarrarse, empaparse como cada uno de los vecinos y ayudar en lo que se pueda como uno más. Luego, vinieron los balances negativos sobre su accionar por no haber previsto con medidas de infraestructura (discutibles o no) que el desastre ocurriera, pero eso vino en un momento posterior, cuando las aguas volvieron a su cauce. Pero, en el momento de la inundación, tenés que estar ahí como debe estar un jefe de Policía cuando abaten a uno de su fuerza en cumplimiento del deber, aunque lo insulten o extiendan sus reclamos los familiares y periodistas. Dar la cara. La política implica a veces poner el cuerpo y más en situaciones excepcionales. No puede estar tu pueblo inundado y vos vestido de traje, corbata y seco. Te tenés que mojar como todos.

 

En la actualidad, estamos atravesando una pandemia en la que hemos seguido las recomendaciones de las autoridades sanitarias. Al día de la fecha, hemos logrado que el número de infectados no se desborde, para no hacer colapsar el sistema de salud. Pero la cuarentena se hace dificilísima económicamente para la gran mayoría de los argentinos. De más está decir que la reducción de los haberes de la clase política no constituirá ninguna solución o alivio, con un impacto macroeconómico insignificante y microeconómico imperceptible.

 

Pero los gestos son importantes y, aun reconociéndoles a los políticos que se deben estar deslomando todos los días para que el sistema de salud y la ayuda a los más necesitados llegue de alguna forma, ese esfuerzo es muchas veces invisible, quedándose los ciudadanos con la imagen de los sopreprecios de Desarrollo Social, el alcohol en gel que compró PAMI y los barbijos a precio de oro que adquirió el Gobierno de la Ciudad. Y el descrédito cae sobre la clase política inevitablemente y a ambos lados de la grieta. ¿Es eso solo la política? ¿Una manga de tránsfugas que te afanan hasta durante una situación de emergencia? Creo que no, que para nada. Que las lecturas siempre deben tener matices. Pero también es cierto que un gesto como el que dio Schiaretti puede ser muy bien valorado por la sociedad, aunque no aporte económicamente nada, como no servía instrumentalmente la presencia de Reutemann arriba de un bote. Pero en un país donde todos seremos más pobres, la clase política también tiene que entenderlo y sumergirse (aunque sea un poquito) en el barro. El gran psicoanalista Alfredo Grande consignó una vez, en un aforismo implicado: “La diferencia entre poco y nada, es mucho”. O sea, algo es algo. Y peor, mucho peor es nada, casi que recordando el nombre del gran programa que hicieran Jorge Guinzburg y “El Negro” Fontova, que se nos fue lamentablemente. Ojalá lo perciba la clase política y esté a la altura de las circunstancias. Con una mirada, a primera vista, se despiertan muchas veces amores, y ayudándola con un gesto mucho más. Un gesto que valga más que mil palabras.

 

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