La manía de priorizar el consumo

15 de abril, 2020

consumo caída gobierno

Por Alberto Benegas Lynch (h) Doctor en Economía

  

En distintos países hay gobernantes que insisten frente a la retracción en la actividad económica fruto de la pandemia que a todos nos envuelve debe alentarse el consumo. Esta conclusión es errada por donde se la mire. Supongamos un grupo de náufragos que llega a una isla deshabitada y uno de ellos le sugiere a sus compañeros de infortunio que se dediquen todos a consumir. Seguramente los receptores de tamaño mensaje inaudito ni siquiera responderían a semejante iniciativa puesto que lo que a todas luces se necesita es producir. Una vez producido lo necesario puede, recién entonces, consumirse. En otros términos, la secuencia es producción-consumo, no pueden invertirse los términos.

 

Y para acelerar el proceso, una vez lograda la producción una parte de ella debe destinarse al ahorro y consecuentemente a la inversión para que en el futuro lo producido sea en una dosis mayor y así podrá consumirse más. No es lo mismo pescar a cascotazos que hacerlo con una red de pescar en la mencionada isla, no es lo mismo arar con las uñas que en nuestra civilización hacerlo con un tractor. Las productividades no son las mismas puesto que los mencionados equipos hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar el rendimiento, es decir, en las economías modernas, los ingresos y salarios en términos reales. Entonces, la única causa para elevar el nivel de vida es la tasa de capitalización, es decir, equipos, instalaciones, maquinaria y conocimientos relevantes que, como queda dicho, ayuda al trabajo a sacarle más jugo.

 

La diferencia en entre el nivel de vida de Canadá y Uganda son las tasas de capitalización que a su vez dependen de sólidos marcos institucionales que garanticen derechos. No es que el canadiense es más generoso que el ugandés, puede ser al revés pero esto es irrelevante, la clave es la inversión per capita. El asunto no es voluntarista ni de aspiración de deseos, de lo contrario seríamos todos millonarios.

 

Ahora bien, en esta manía por la imposibilidad de adelantar el consumo a la producción los aparatos estatales suelen proceder a la expansión monetaria que apunta a lo dicho. Pero si bien la inflación monetaria siempre roba el poder adquisitivo de todos, muy especialmente de los más vulnerables, en un momento como el que vivimos debido al coronavirus la situación se torna mucho peor ya que la antedicha retracción de las actividades económicas como consecuencia de los aislamientos hace que la masa monetaria inflada persiga una cantidad menor de bienes lo cual hace que los precios trepen más rápido que es otro modo de decir que el signo monetario se deteriora con mayor rapidez.

 

No quiero entran en honduras técnicas en esta columna pero es del caso agregar que en no pocas oportunidades se sostiene que la mencionada expansión no  resulta en una elevación neta puesto que se contrae la producción secundaria de dinero (la que se genera en el sistema bancario a través de la imposición de encajes fraccionarios). Pero este razonamiento no  toma en cuenta que la banca central siempre y en toda circunstancia opera en un sentido distinto de lo que lo hubiera hecho la gente si no hubiera podido elegir los activos monetarios de su preferencia sin estar condicionada por el curso forzoso.

 

La banca central puede solo proceder en una de tres direcciones distintas: expandir, contraer o dejar la masa monetaria inalterada. Cualquiera de estos caminos conducen a alterar los precios relativos, lo cual, a su turno, distorsionan la asignación de los siempre escasos factores productivos.

 

En resumen, tanto la manía por anteponer el consumo como la prostitución de la moneda provienen de consejos de John Maynard Keynes para lo cual resulta un buen recordatorio reproducir una cita de su prólogo a la edición alemana, en 1936, en plena época nazi, de su obra más conocida, titulada “Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero”: “La teoría de la producción global que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho más fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que a la producción y distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia y de un grado apreciable de laissez-faire”.  A confesión de parte, relevo de prueba.

 

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