La emisión monetaria agrava los costos del confinamiento

29 de abril, 2020

pesos

Por Jorge Colina Economista de Idesa

 

Argentina parece haberse apresurado en la medida más extrema de prevención al contagio del coronavirus: el confinamiento. La población ya lleva 40 días encerrada y los nuevos casos diarios de coronavirus son muy pocos. Si bien los casos diarios tienen altibajos (no porque ese sea el comportamiento del contagio sino porque la realización de test para detectarlo es irregular) se puede decir que, tomando promedios semanales, se estaría dando entre 20 y 30 nuevos casos promedio diario. En gran parte, esta poca detección es porque Argentina no realiza muchos test, pero el hecho de que los centros de salud no se hayan desbordado (es más, están en una ocupación del 50%) señala que el coronavirus, si está presente, lo está asintomático o con manifestaciones muy leves.

 

Los costos sanitarios, económicos y sociales de estos 40 días de confinamiento son muy elevados. Hay muchas enfermedades mucho más severas que el coronavirus (como cardiovasculares, cáncer, cerebro-vasculares, entre las más frecuentes) que están desatendidas por tener a todo el sistema sanitario en alerta casi exclusivamente con el coronavirus. Las clínicas y sanatorios privados están atravesando una severa crisis financiera ya que no están generando sus ingresos regulares (por trabajar al 50% de ocupación) pero tienen que mantener el pago de salarios e incurrir en gastos nuevos asociados al Covid-19, como más camas, respiradores, insumos y elementos de protección personal. La población muestra signos de agotamientos del encierro, aunque gran parte todavía lo tolera porque está en estado de pánico. La economía está parada y mucha gente perdió sus fuentes de ingresos.

 

El problema es que las autoridades sospechan que un pico de contagios puede venir más adelante cuando se asome el invierno. Si este fuera el caso, el ojo de la tormenta del contagio –que ojalá no ocurra– encontraría a la población mental y físicamente devastada por el encierro, no pudiendo tolerarlo más, la economía destrozada y los hospitales públicas y clínicas y sanatorios privados prácticamente quebrados.

 

Una razón que posiblemente indujo a tomar esta decisión apresurada fue la equivocada percepción de que el costo económico del confinamiento era financiable. De aquí que los expertos médicos y las autoridades políticas adoptaron la máxima: “primero la salud, después la economía”. El modo de financiamiento: la emisión monetaria. Por eso también se escuchó varias veces la expresión “se emitirá todo lo que sea necesario”.

 

Así es como, sólo en lo que va de abril, la cantidad de dinero en efectivo, en cuentas corrientes y cajas de ahorro se incrementó en $464.000 millones, cuando entre noviembre y marzo venía creciendo a razón de unos $200.000 millones promedio mensual. Con el confinamiento, la emisión monetaria más que duplicó su ritmo.

 

El problema de financiar el confinamiento con emisión es que potencia la fuerza inflacionaria de la emisión monetaria. En otras palabras, hay cada vez más billetes en busca de cada vez menos bienes, que no pueden crecer –a pesar de que hay más demanda por la emisión– porque lo tienen prohibido debido al confinamiento. Posiblemente el hecho de que la gente también esté restringida en su gasto – por falta de libertad o miedo a cómo esto seguirá–, hace que esta fuerza inflacionaria potenciada todavía no se manifieste. Pero el hecho de que el dólar paralelo ya se ubique en los $120, casi el doble del tipo de cambio oficial, es un presagio de lo que pasará con los precios cuando la gente empiece a aumentar su consumo.

 

Si las autoridades consideran que se puede transitar hasta el invierno manteniendo el confinamiento y financiándolo con emisión, la situación económica empeorará en una dimensión mucho más amplia que la caída en la producción y el empleo. A estos dos problemas, se le sumará una fuerte aceleración de la inflación.

 

De esta forma, se suma un doble sacrificio económico a los que hoy son los más castigados por la parada forzada de la actividad, que son los cuentapropistas y los informales, los cuales conforman el 50% del mercado laboral. Estos ciudadanos no sólo que habrán perdido el grueso de sus ingresos, por no poder salir a trabajar, sino que la inflación además les desvalorizará los magros ingresos que le quedan sin trabajar. El agravante es que son la población de menor
riesgo de sucumbir al coronavirus.

 

Por eso, es cada vez más insostenible mantenerse en el enfoque médico y, dentro de lo médico, en el virus del Covid-19. La buena medicina tiene que considerar también la atención al resto de las enfermedades existentes ante de la emergencia del Covid-19, las nuevas enfermedades creadas con la draconiana decisión de encerrar a la gente y el flagelo que significará pasar por la destrucción de la producción y el empleo y la aceleración de la inflación.

 

Es hora de empezar a transitar un camino de mayor razonabilidad, extremando los cuidados a los adultos mayores (por ejemplo, evitando que tengan que salir a cobrar la jubilación y haciendo test a sus cuidadores para evitar que se contagien en los geriátricos) y empezar a poner en funcionamiento gradualmente la actividad económica y social tomando las medidas pertinentes de higiene y distanciamiento personal. Puede ser un camino riesgoso en términos de contagios, pero es el más humano y sanitario, social y económicamente sostenible.

Dejá un comentario