Felices Pascuas, el orden y nuestras casas

13 de abril, 2020

Por Sandra Choroszczucha Politóloga y Profesora (UBA)

 

Hace 33 años, el entonces presidente de la República, Raúl Alfonsín, nos pronunciaba desde el balcón de la Casa Rosada, con alivio y aliento a todos los ciudadanos: “Felices Pascuas, la casa está en orden”.

 

En aquel momento, transitábamos el año 1987 y nuestra joven democracia intentaba sortear infinidad de problemas político-institucionales, socio-económicos e internacionales, que la dictadura más sangrienta y miserable que padeció Argentina supo conseguir.

 

En ese estado de situación, y frente a infinidad de detenciones que se aplicaban a militares de diversos rangos, que habían sido participes de los hechos más aberrantes cometidos durante el llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, se impuso, a principios de 1987, la Ley de Punto Final, que estableció un plazo máximo para seguir penando la ejecución de los crímenes de lesa humanidad operados durante el último Gobierno de facto. Esta medida resultó en un sinfín de citaciones judiciales a militares de rangos medios y bajos.

 

Uno de los militares citados en aquel momento, Ernesto Barreiro, debía presentarse como otros tantos, a declarar en torno a una causa que le imputaba crímenes cometidos en el centro de detención clandestino de La Perla, en la provincia de Córdoba.

 

Sin embargo, Barreiro no concurrió a los Tribunales aquel 14 de abril de 1987 y, en cambio, se acuarteló en el Regimiento de Infantería de dicha provincia. Desde aquel momento comenzó una ola de desacatos contra el orden institucional, y así un grupo de oficiales intermedios se acuarteló en la Escuela de Infantería de Campo de Mayo.

 

El motín organizado en Campo de Mayo fue el primer levantamiento contra la democracia que sufrió Argentina desde el regreso a la institucionalidad en 1983. Dicho motín, que fue denominado “Carapintadas”, por la particular forma en que comenzaron su alzamiento aquellos militares (que no solo portaban sus uniformes puestos sino sus caras pintadas), fue liderado por el entonces coronel Aldo Rico.

 

Afortunadamente, la movilización a favor de la democracia fue fortísima y masiva. Así, Alfonsín recibió el apoyo casi absoluto de la sociedad civil y una gigantesca movilización se organizó en horas, reuniendo a las diferentes fuerzas partidarias y organizaciones sindicales que también apoyaron incondicionalmente al entonces presidente de los argentinos.

 

Fueron días de incertidumbre y de extrema preocupación porque los insurrectos militares no se “rendían” en su afán de lograr ser atendidos en sus reclamos y el motín se prolongaba. Sin embargo, pasados cuatro días de alta tensión, los insurrectos militares depusieron su actitud y se reunieron con Alfonsín para, por fin, dialogar y, así, el orden institucional volvió a acomodarse. Fue en aquel momento, que nuestro presidente por aquellos días, nos profirió que tengamos unas felices pascuas, contándonos que la casa de los argentinos ya se encontraba en armonía.

 

33 años después, nos encontramos con un régimen democrático consolidado, con una multitud de militares que por decisión del actual presidente Alberto Fernández hoy está colaborando junto a la fuerza policial y autoridades civiles, para poder ordenar a una Argentina asustada y conmocionada por un desorden interno e internacional que está trastornando al mundo entero, a partir de un virus que con prisa y sin pausa nos impide seguir con nuestras vidas cotidianas; un virus que nos obliga a quedarnos en nuestras casas y nos pone de frente y con disimulos, la realidad más cruda para los argentinos: la de entender que no estamos preparados para enfrentar una pandemia, porque nuestro sistema de salud no puede soportar la atención que requiere un virus de tamaño calibre infeccioso, porque nuestro sistema de salud nunca fue atendido como corresponde, y muy lentamente se está empezando a equipar en tiempos de coronavirus.

 

En abril de 2020, nuestras casas, para aquellos que tenemos casas, son nuestro refugio, donde nos sentimos encerrados, pero “a salvo”. Así, para muchos este reclutamiento nos protege de contagiarnos del virus, pero nos impone otra problemática también vital, la de aceptar casi con resignación o desesperación, que muchos no podremos trabajar, y que muchos de esos muchos no podrán proveerse durante la cuarentena y post cuarentena, de los insumos más básicos para poder, por ejemplo, alimentarse.

 

Celebramos Las Pascuas y algunas de nuestras casas están en orden, muchas otras no lo están porque ya empezaron a sufrir las faltas más elementales, otros millones de argentinos ni siquiera tienen casa para reclutarse y lograr ese orden que nos imponen, con la mejor de las intenciones de que nos cuidemos, desde la cúspide del poder político.

 

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