El gas y el petróleo son estratégicos hasta que se demuestre lo contrario

29 de abril, 2020

Por Pablo Besmedrisnik Director de Invenómica

 

La caída en el precio del petróleo se dio esencialmente por un problema en la demanda. Los aviones ya no se despegan del piso, los automóviles justifican el alquiler de sus cocheras y los cruceros están casi a la deriva. Esta situación fue tan solo adornada por desinteligencias y pujas de poder entre los actores de la OPEP.

 

El desplome fue tan abrupto e inesperado que la oferta internacional siguió con su inercia natural, y el exceso de oferta terminó desembocando en precios inéditamente bajos. A tal punto, que por una cuestión técnica y coyuntural de la forma en que se estructuran los contratos, el barril llegó a cotizar en valores negativos. Extravagante, pero no más que un fuego artificial para el mediano y largo plazo. ¿A cuánto podría cotizar un activo con fecha de vencimiento que circunstancialmente nadie demanda ni quiere recibir, y no tiene espacio para su almacenaje?

 

El corriente no es un escenario perdurable en el tiempo. Las riñas en el seno del cartel productor de petróleo podrían volver e incluso eternizarse. Lo que seguramente no se mantendrá en el nivel actual será la demanda de energía. La economía mundial es una maquinaria preparada especialmente para crecer casi sin pausa, y esa expansión necesita energía. En ese marco, en algún momento que todavía no está muy claro, la demanda por los hidrocarburos reaparecerá. Quizás en otro nivel, probablemente con otro set de precios relativos. Pero los compradores de petróleo y gas emergerán.

 

De esta crisis insólita, probablemente surgirán cambios estructurales en el estilo de vida y en la actividad económica. Lo que seguro no sucederá en el futuro próximo, es la virtual desaparición de la demanda de energía en general, ni del gas y petróleo en particular.

 

Y Argentina, si es que pretende en algún momento retomar un sendero de crecimiento luego de doce trimestres de persistente caída de su PIB (sí, doce trimestres si es que en el segundo trimestre de 2021 se vuelve a crecer), necesitará de la energía que venía produciendo hasta la fecha, y de más.

 

Argentina no puede ni podrá afrontar un nuevo e importante déficit comercial externo energético

 

Empujada por los no convencionales, la producción de gas había comenzado a cambiar la tendencia declinante a partir del año 2015 y la de petróleo a partir de 2018. Esa nueva realidad productiva venía limando el brutal déficit comercial externo argentino, que generó un efecto calamitoso sobre el mercado de cambios. Entre 2004 y 2019, Argentina drenó más de US$ 32.000 millones como consecuencia de su déficit energético, y terminó con una larga historia que tuvo al sector energético como fuente de divisas.

 

 

El aumento de la producción fue el principal motivo por el cual se achicó la brecha en el comercio exterior durante los últimos seis años (la producción de gas creció en total 18% desde 2013 y la de petróleo, 6% desde 2017, dejando atrás largos meses de declinación constante). Pero no fue la única explicación. La recesión que atraviesa la economía argentina tuvo su impacto directo sobre la demanda tanto de combustible líquidos como gaseosos: la tasa de crecimiento natural en el consumo se aplanó en los últimos años e incluso mostró caídas profundas en 2019. El año pasado terminó con un virtual equilibrio en la balanza comercial energética.

 

 

El déficit comercial energético récord de casi US$ 7.000 millones en 2013 coincidió con un piso notable en la extracción de gas, una bajísima producción de petróleo, y claro está, un precio del barril de petróleo Brent que rondaba los US$ 100 el barril. Pero atención, en 2016, con un precio internacional promedio de US$ 44 el barril (y una economía nacional que ensayaba algún escenario de tenue crecimiento), el déficit comercial no fue menor: cercano a los US$ 3.000 millones.

 

Proyectar la balanza comercial energética con los precios muy bajos, con la evolución del nivel de actividad económica de los últimos años y con el ritmo de producción de gas y petróleo de 2019, es de una ingenuidad peligrosa.

 

  • Los precios internacionales no necesariamente volverán a su nivel anterior, pero sí crecerán de la mano de la normalización de la demanda agregada, luego de superar, en algún momento, la parte más cruenta de la pandemia (el “go” después del “stop”).

 

  • Argentina hace tiempo que no se expande, y crecer es un objetivo que los argentinos merecen. Si se pretende restablecer un sendero de crecimiento, Argentina necesitará energía, y no hay espacio financiero ni de ningún tipo para que la energía provenga masivamente en el corto y mediano plazo de fuentes distintas del gas y el petróleo predominantemente domésticos.

 

  • El ritmo de producción de gas y petróleo no crecerá en la actual coyuntura. Luego de alcanzar su climax, la dinámica del crecimiento del sector había comenzado una notable pausa durante el segundo semestre de 2019. La inestabilidad macroeconómica y las dudas sobre la real viabilidad económica y financiera de Vaca Muerta, ya venían lastimando con fuerza los proyectos de expansión bastante tiempo antes de que el coronavirus fuese un término familiar. La crisis que afecta al sector no es nueva, su profundidad sí. La declinación de los pozos existentes y la falta de incentivos económicos concretos para perforar nuevos, terminarán redundando en una menor producción en el corto plazo.

 

Es posible que, luego de transcurrida esta fase compleja y dolorosa de la historia económica reciente signada por el impacto de un virus que durmió la demanda agregada global, muchas cosas cambien. También es muy probable que Argentina siga con problemas para acceder al financiamiento internacional y que mantenga dificultades notables en su balanza de pagos que estrangulen su crecimiento. En ese marco, volver a tener un déficit pronunciado en el comercio de energía no es algo que se pueda permitir.

 

Evitar la destrucción, plantear nuevas metas

 

El sector hidrocarburífero atraviesa una situación sumamente delicada, conjugando problemas previos y estructurales, con otros coyunturales, aunque no menos dañinos. Hoy la política pública enfocada en el sector debe estar orientada a contener las pérdidas y evitar la destrucción del aparato productivo y de su infraestructura. Así evitar caer, más temprano que tarde, en proyectos mucho más costosos como a todas luces es la importación de energía.

 

Para el mediano y largo plazo, el sector debe pensar en rediseñar tanto su estructura como sus metas. Nada muy distinto en relación a la realidad previa al coronavirus, solo el sentido de la urgencia.

 

Hoy ya dejan de estar sobre la mesa proyectos de infraestructura de gran envergadura como puertos, mega plantas de licuefacción o grandes gasoductos exportadores. Quizás Vaca Muerta no sea la salida de la economía argentina en términos de una fuente inagotable de divisas como consecuencia de la exportación, por lo menos por ahora.

 

El sector debe tener un plan directriz, ajustando las metas a nuevos y más realistas escenarios, replanteándose los objetivos de mediano y largo plazo. Un baño de prudencia y sensatez indica que una meta razonable para el sector sería, constituirse en un sector que apuntale al resto de la economía proveyendo energía en cantidad y buen precio, abastecer prioritariamente y de forma fluida al mercado interno, apalancando la competitividad. Y no que sea un cepo, que requiera de divisas justamente en un contexto de escases.

 

 

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