Debemos evitar la desorganización del capital

2 de abril, 2020

Fernández recibió al gobernador Uñac y empresarios

Por Carlos Leyba

En política, cada vez que resolvemos un problema inevitablemente creamos otro.

 

La clave es que el nuevo problema sea menor que el que se ha resuelto. El éxito, como tal, no es posible y todo “éxito” es incompleto. Por eso nunca hay que cantar victoria.

 

Todo problema social debe ser enfocado y atacado sistémicamente y, por lo tanto, el ataque sistémico afectará negativamente algún componente de los tantos del sistema lo que amenaza revivir el problema inicial.

 

Por eso la continuidad es esencial como estrategia: no sólo apagar el incendio sino desbrozar la proximidad. Nada funciona si el tratamiento sólo es de impacto.

 

La cuarentena sanitaria tiende a resolver el problema del contagio pero, al mismo tiempo (y ya se ha dicho hasta el cansancio), provoca en la economía un gigantesco problema adicional a los ya muchos preexistentes. Urge procurar resolver los problemas económicos que se han presentado y anticiparse a los que se presentarán. ¿Lo estamos haciendo?

 

Hay dos actitudes frente a los problemas.

 

Una es esperarlos y actuar para reparar el daño. Eso hace del ejecutor un protagonista. Y a pesar de los daños, porque el problema ya empezó, hay un reconocimiento al ataque y eventual solución al problema. Esa es la visión administrativa de la política.

 

La otra actitud es anticiparse al problema con una visión previsora y de largo plazo. Si las cosas van bien el problema previsto se nota poco. Se nota otra cosa que, como problema, es menor ya que toda solución, si es correcta, genera un problema menor al que previsoramente se impidió que se activara.

 

Evitar el problema es la visión “estadista” de la política.

 

Podemos actuar respondiendo a los problemas una vez que se presenten o bien trabajar sobre las posibles derivaciones.

 

La dimensión gigante del problema sanitario y la gravedad económica del presente más lo que ocasiona y ocasionará la cuarentena nacional y las “n” cuarentenas planetarias, representan una gigantesca complicación para el ejercicio del poder y de la política.

 

Firmeza, templanza, madurez de las políticas, pensadas y discutidas, evaluadas en sus distintas facetas producen la virtud de conducir y así canalizar energías sin disiparlas.

 

La política sanitaria ha sido y es un ejemplo de virtud, resultado del consenso de gobierno y oposición.

 

La convocatoria a profesionales para pensar y discutir generó una decisión virtuosa y hoy gozamos del consenso.

 

Un ejemplo de liderazgo que mejoró muchísimo la imagen presidencial.

 

Pero en las últimas horas los retos y las escaramuzas de los cacerolazos y la marcha en los balcones, revelan el renacimiento del espíritu pequeño que ensombrece. Debemos cuidarnos de ello. Vacunarnos contra ese mal cuyas consecuencias son imprevisibles.

 

¿Cómo emulamos la sabiduría de la cuarentena sanitaria en la política económica para evitar que el parate obligado se convierta en un efecto dominó de capital empresario que se desorganiza y que nos conduce al colapso?

 

La cuarentena definió a nuestra economía en dos sectores. Bienes y servicios esenciales y el otro sector. de los que no lo son.

 

En el sector “esenciales” se agrega valor y sus trabajadores formales o informales, reciben ingresos normales. Todos los pagos, impuestos, deudas, etcétera, se procesan y no se interrumpe la cadena de pagos intra sector sino en casos excepcionales.

 

En el de los “no esenciales” no se puede trabajar y no tiene demanda habilitada. Mientras la producción de esos bienes está prohibida, es posible importar los mismos. “No te dejo producir”, pero permito que el importador se abastezca. Los stocks de no esenciales importados aumentará. Al término de la cuarentena se debilitará la recuperación de la producción local. Este es un ejemplo de lo que significa prever lo que ocurriría si no actuamos con previsión.

 

En el sector de los bienes esenciales no hay mayor riesgo de corte en la cadena de pagos.

 

Pero en el caso de los no esenciales, cualquiera sea el tamaño de la empresa, el riesgo de corte en la cadena de pagos, por falta de ingresos, es de riesgo elevado.

 

La consecuencia no es sólo la ruptura de la cadena de pagos sino la futura es la desorganización del capital, el desempleo, todas condiciones que debilitan al sector para afrontar la salida de la cuarentena y la futura recuperación del nivel de actividad.

 

Si la fuente de ingresos en ese sector no es ya el flujo normal de la actividad, se pueden imaginar soluciones retóricas, por ejemplo, el uso de las reservas empresarias y eventualmente el aporte de capital de los socios.

 

El sector no agregó valor. Los pagos se harán, en el caso que existan, mientras las reservas alcancen: un breve período al que inexorablemente, cualquiera sea la dimensión de la empresa, sucederá un corte de la cadena de pagos. Todo corte en la cadena de pagos, corta las sucesivas cadenas de pagos.

 

La excepción es el sector público, en su mayoría de agentes de un sector definido como no esencial, cuyos trabajadores, al igual que el sector privado, no pueden trabajar. Pero cobrarán del erario público sea con dinero de impuestos o vía emisión del BCRA.

 

En esta emergencia el no corte de la cadena de pagos es una responsabilidad pública no sólo para los suyos sino para el sistema.

 

Lo que ocurrirá si no hay una política pública inmediata será una cesación de pagos de los sectores no esenciales directamente proporcional al tiempo de la cuarentena.

 

Y cuando esta finalice la recuperación no encontrará el aparato productivo de pie sino en estado de desorganización. Quiebras, remates, desempleo, perdida de organización y de capacitación.

 

Nadie quiere esto y menos que nadie el actual gobierno. ¿Estamos haciendo lo necesario para evitarlo?

 

La misma mecánica que se empelará para mantener “la organización de la administración pública” corresponde aplicarla a la totalidad del sector privado no esencial.

 

La liquidez del sistema debe ser garantizada por el Estado. Si es garantizada existe la posibilidad de recuperar la actividad.

 

Las nóminas salariales, los descubiertos ampliados, deben ser monetizados por redescuento del BCRA. Y ser el BCRA el acreedor (intermediado administrativamente por el sistema financiero) de esos redescuentos que podrán ser restituidos por un mecanismo que no ahogue la recuperación.

 

Necesitamos proteger la cuarentena sanitaria sin alarmarnos por la posible debacle de la economía que no ocurrirá si la liquidez necesaria para mantener vivas las empresas y remunerados los trabajadores.

 

Los modos de posterior absorción y devolución tienen muchas alternativas.

 

En el entretanto la custodia de la nominalidad del sistema de precios, en esta economía de guerra, solo puede administrarse con una economía de control de todos los precios y salarios, tarifas, tributos, etcétera.

 

Instalar una economía de control para que no se descontrole la situación social. Una buena oportunidad para el consenso porque hacerlo implica ceder para recibir.

 

El Gobierno atraviesa una situación excepcional. Las empresas también. Y nadie más que los trabajadores que sufren la prohibición de trabajar.

 

La liquidez provista de esta manera es difícil de administrar y al mismo tiempo es imprescindible. No hay discriminaciones posibles. Todas las cuentas se deben hacer a posteriori. El tiempo no da margen.

 

Pero lo que no se puede aceptar es no hacer todo lo posible para evitar que se corte la cadena de pagos, que los trabajadores no reciban sus remuneraciones y que el capital productivo precario del que disponemos la economía nacional no se desorganice.

 

Es difícil expresar que estos redescuentos, no basados en la capacidad de crédito de los bancos, no deban tener la contrapartida de una deuda privada formalizada.

 

Pero no se ha generado valor: esa es la cuestión. Al igual que en el sector publico no esencial. Los recursos financieros aludidos son un mecanismo de seguro público para impedir el colapso económico y la crisis social.

 

La primer condición es que esos redescuentos se administren de modo que tengan un efecto monetario neutral, es decir, que no sumen una demanda adicional a la que generaría el pago de los salarios con la caja de las empresas.

 

No se trata de “agregar” liquidez sino de evitar la “iliquidez” que luego derrumbaría al sector de los esenciales y además generaría un conflicto social inmanejable.

 

La idea alternativa es que los empresarios puedan proveer esos recursos financieros como “pérdida de capital” para pagar sus salarios y obligaciones. ¿Es viable? Más allá de su “razonabilidad” existente o inexistente, dado que no se ha agregado valor.

 

¿No sería más consistente establecer, dispuestos a repartir los costos de la crisis más equitativamente, que, a la salida de la crisis, una congelación de la distribución de dividendos y un impuesto extraordinario, tan extraordinario como se crea necesario, a las ganancias de las empresas una vez ajustado por inflación el cálculo de las utilidades.

 

En esas condiciones los fondos aportados por el redescuento habrían contribuido de alguna manera a generar la recuperación tributaria que los impuestos vinculados al nivel de actividad no han generado.

 

Eso podría ser en un período suficientemente prolongado como para que las “ganancias” de las empresas de bienes y servicios no esenciales, se hagan cargo de neutralizar la masa monetaria agregada para que la economía no desorganice el capital y no sea abolido el salario y sumemos un nuevo ejército de pagos de transferencia.

 

Los sectores marginados, los trabajadores informales, todos están siendo y deben ser atendidos con los apoyos de pagos de transferencia pero cuantos menos se sumen mejor.

 

Mucho déficit y mucha emisión y al mismo tiempo caída del PIB. El peor de los mundos.

 

Ingresamos en una economía de guerra en la que primera víctima son los bolsillos a causa de la inflación, la ausencia de trabajo y la derrota de los marginados cuando el dinero se ausenta de las calles.

 

En la economía de guerra a la cuarenta sanitaria, convertida en económica, corresponde una economía de control de precios, salarios y tarifas. No hay mercado que lo resuelva.

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