Coronavirus: el problema es de oferta y no de demanda

1 de abril, 2020

Por Jorge Colina (*)

 

La gran ignorancia de la comunidad científica actual es identificar cómo es la dinámica del contagio del coronavirus. El problema es que el virus se disemina por la población laboralmente activa y en muchos casos –la mayoría, sospechan los médicos– su paso por el cuerpo humano es asintomático. En donde sí hay más certezas es que cuando se manifiesta, en el 80% de los casos se presenta como un gripe leve. En 15% de los casos se presenta con síntomas que requeriría una hospitalización y en el 5% restante como crítica, requiriendo internación en terapia intensiva.

 

El problema es que el virus es altamente contagioso, por lo que si los asintomáticos y los leves, que son la mayoría, se multiplican sin poder ser identificados, entonces, el 5% a los que afecta de manera crítica pueden llegar a ser un valor absoluto cuya demanda supere la oferta disponible de terapias intensivas en la comunidad.

 

Dentro de los sistemas de salud, no es frecuente que haya mucha capacidad instalada ociosa en terapia intensiva. La razón es que se trata de las áreas más costosas de mantener. Por lo tanto, las instituciones de salud suelen dimensionar las terapias a la medida de la demanda normal. La economía del coronavirus empieza entonces por un abrupto e inesperado aumento de la demanda de terapias intensivas que produce un cuello de botella en la oferta de terapias intensivas.

 

Ante esta incertidumbre de que se produzca una “corrida” contra las terapias intensivas, la mayoría de los gobiernos del mundo se decidieron por la medida preventiva de máxima: el confinamiento de toda la población. Todo el mundo a la casa para directamente evitar el contagio.

 

El confinamiento trae aparejado el parate económico. Algunos economistas proyectan que será una fuerte recesión con alcance incierto, otros más agoreros señalan que será una depresión mundial. De aquí entonces de que aparece la política fiscal y monetaria en una magnitud sin precedentes. Los países perdonan tributos a las empresas, las subsidian con créditos subsidiados, le difieren vencimientos, en pos de que mantengan el empleo y los salarios de trabajadores confinados. Con la política monetaria se prevé que los países desarrollados, tradicionalmente conservadores con la emisión de dinero, no tendrán pruritos a la hora de expandir la oferta monetaria para mantener la economía funcionando.

 

¿Funcionará?

 

La política fiscal y monetaria son políticas de demanda. Es decir, inyectan gasto cuando hay capacidad instalada ociosa o potencial para ponerla a trabajar y así expandir la economía. Pero la crisis del coronavirus es diferente. Hay capacidad instalada ociosa, pero no por un factor externo, sino por una restricción de oferta autoinflingida. Si los trabajadores tienen que estar recluidos en sus casas, el aparato productivo no puede ponerse a funcionar.

 

La salida es liberar la oferta agregada. Para ello se necesita pensar, más que la mejor política fiscal o monetaria, la forma de poder saber quiénes son los trabajadores infectados (para ponerlos en cuarentena) y liberar al resto para ocupar su lugar en el aparato productivo. Para ello, hay que encontrar las tecnologías y las formas más eficientes de organización a fin de realizar masivamente test en la población, hasta que aparezca la vacuna o el remedio. Esta es la forma con que los asiáticos detuvieron el avance del contagio y ahora están poniendo sus economías de nuevo a funcionar.

 

La enseñanza para las economías de Europa y América es que la estabilidad económica mundial no sólo depende de la política fiscal y monetaria. También depende de las políticas de oferta que tiendan a proteger la fuerza laboral. Así como hay un sistema monetario y fiscal internacional, este coronavirus deja como lección que hay que construir un sistema de vigilancia epidemiológico global más estricto para cuidar la estabilidad económica mundial por el lado de la oferta agregada.

 

Y seguramente que en los cursos de macroeconomía modernos habrá que empezar a enseñar principios de epidemiología.

 

(*) Economista de Idesa

 

Dejá un comentario