Comparaciones riesgosas

28 de abril, 2020

Por Pablo Mira Docente e investigador de la FCE-UBA

 

Los médicos y los economistas siguen debatiendo, a veces explícita, otras implícitamente sobre los impactos de la pandemia. Los primeros suelen ser reacios a hablar de óptimos y de prevenciones innecesarias, quizás por haber sido educados técnica y moralmente en una profesión en la que la prioridad es preservar la salud, aun a un costo alto. Los segundos, mientras tanto, discuten incansablemente sobre las estrategias más eficaces para minimizar este particular dilema que genera el aislamiento entre prevención e impacto económico. De un lado, algunos reaccionan con indignación ante la mera sugerencia de que la vida puede intercambiarse por mejoras económicas. Del otro, se rechaza la visión de que el estancamiento económico no se cobre vidas, o buena parte de ellas.

 

En principio, me parece que la propia existencia del debate se eleva por encima del dilema, ya que lo considero saludable y potencialmente beneficioso en lo económico. Pero claro, para que la discusión llegue a buen puerto debemos estar bien seguros de lo que implica cada postura. Como economista, me rindo antes de empezar a analizar los pro y los contra sobre la salud de una cuarentena. Pero sí me gustaría puntualizar lo que creo son falsas certezas del lado de los defensores de la economía.

 

Uno de los parámetros fundamentales en este debate es el cálculo correcto de los riesgos involucrados, tópico sobre el cual los economistas se han preparado durante generaciones. El punto de partida es empírico: el mundo ha reaccionado como nunca porque para casi todos enfrentamos una pandemia con riesgo de extinción de una parte de la humanidad que valoramos. Ahora bien, también es claro que existe una probabilidad muy elevada de que la humanidad sobreviva a este evento en particular. No solo que el virus no parece letal para todos, sino que además los humanos tenemos la capacidad de desarrollar anticuerpos, o de elaborar vacunas.

 

Pero esto no nos debe dejar tranquilos. Enfrentados una y otra vez con este tipo de acontecimientos, con el tiempo la probabilidad de sobrevivir a exposiciones de pandemias repetidas es cero. Sí, cero. Y si bien las personas con una esperanza de vida limitada pueden asumir riesgos repetidos, las exposiciones a la extinción nunca deben arriesgarse a nivel sistémico. Un sesgo común, aun entre los académicos, es olvidar que la exposición regular al riesgo por parte de la misma persona es letal (juegue a la ruleta rusa repetidamente durante todo su vida y verá). Esta incertidumbre es lo que técnicamente se denomina ergodicidad, y debe tenerse siempre presente a la hora de tomar decisiones pensando en el futuro.

 

¿Por qué estos eventos podrían repetirse en el futuro? Porque nuestro sistema económico depende crucialmente de nuestra conectividad social, que estuvo hasta 2019 en su punto histórico más alto. Si se levantan las restricciones y desaparece el virus, se olvidarán rápidamente y estas conexiones pronto se van a retomar. Un riesgo adicional es que aun desconocemos la potencial cantidad de portadores asintomáticos, lo que aumenta el riesgo de que ellos se conecten con una falsa seguridad. Peor aun, la tasa potencial de contagio (el famoso R0 del modelo SIR) también es una estimación que puede crecer exponencialmente: aunque la mayoría actúe responsablemente, un solo insensato que organice una fiesta multitudinaria dispara abruptamente el “promedio” de esa tasa.

 

Estas reflexiones no son mías. Algunas de ellas han sido remarcadas y militadas por Joseph Norman, Yaneer Bar-Yam y Nassim Taleb (sí, el del cisne negro), tres expertos en el análisis de incertidumbre. De acuerdo a su posición, es necesario anticiparse a los hechos, y disponer la máxima prevención posible, más allá de los costos. No porque lo primero valga más que lo segundo, sino porque podemos estimar razonablemente los costos económicos, pero no podemos hacer lo mismo para los costos potenciales sobre la salud.

 

Situaciones extraordinarias requieren medidas extraordinarias, y discusiones extraordinarias requieren herramientas extraordinarias también. El kit teórico del economista ha privilegiado las situaciones de “normalidad” y ha tratado los eventos catastróficos solo en ocasiones, y como un caso extremo de muy baja probabilidad. Hoy el cisne negro está entre nosotros, y será mejor tratarlo con respeto.

 

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