Un caso único: Argentina y la solución de esquina

31 de marzo, 2020

Por Mariano Tappata PhD (UCLA) y Universidad Nacional de Río Negro y UTDT (*)

 

Nuestro Presidente lo dijo bien claro este domingo por la tele: “Somos un caso único en el mundo”. Se refería al hecho de “disponer la cuarentena plena apenas se conoció el inicio de la pandemia”. Más allá de la licencia política para la falta de precisión (la cuarentena comenzó apenas diez días antes del discurso), es cierto que elegir una estrategia extrema contra el coronavirus nos transforma en un caso único. Apostamos todo a que la extensión hasta el 13 de abril sea nuestra salvación. Nunca sabremos con certeza si hicimos bien. Pero vale la pena intentar entender la decisión extrema del Gobierno, algo que en problemas de optimización llamamos solución de esquina.

 

Importa reconocer que el punto de partida es de máxima incertidumbre. Resulta natural que la primera reacción de la población haya sido exigir medidas sanitarias, las que sean necesarias, para evitar el contagio masivo. La pandemia sorprendió a todo el mundo y la información disponible para la toma de decisiones es escasa. Sin embargo, la combinación de información de virus similares y la observación de lo que sucedía en otros países con el Covid-19 nos permitió armarnos de supuestos más o menos razonables, aunque no certeros. Se sabe o presume que: i) el contagio crece de manera exponencial y la curva de contagios posee un pico a las pocas semanas del primer caso detectado, ii) que la incubación del virus dura entre 2 y 14 días, iii) que la tasa de contagiados asintomáticos de coronavirus es muy alta, iv) que la tasa de mortalidad en promedio es baja pero varía significativamente entre grupos etarios y afecta principalmente a los adultos mayores (0% para menores de 9 años, 5,3% entre 60-80 años y 14,8% para mayores de 80 años), v) que la gran mayoría de contagiados y recuperados poseen inmunidad al virus, y vi) que tarde o temprano, una gran proporción de la población contraerá el virus (las estimaciones varían entre 50% y 80%).

 

Ante esta situación, los epidemiólogos recomendaron aplanar la curva. La recomendación apunta a reducir el número esperado de muertes mediante una baja en la velocidad del contagio para que no se sature la infraestructura de salud en el momento de más contagios de la epidemia. Aplanar la curva es equivalente a esparcir los contagiados en una ventana de tiempo más grande mientras se gana más tiempo para multiplicar la cantidad de camas disponibles y adquirir respiradores y otros insumos.

 

El consenso por aplanar la curva entre los gobiernos es total. Sin embargo, ello no indica que las medidas tomadas sean similares. La capacidad hospitalaria de Alemania o Inglaterra difiere de la de Italia o Argentina, la proporción de adultos mayores a 65 años en Italia es superior a la de Estados Unidos (23% versus 17%), y la estructura de la economía de Hong Kong es diferente a la de Brasil.

 

Por ejemplo, mientras que Argentina decidió tempranamente implementar aislamiento extremo y obligatorio, Boris Johnson prefirió una política que también ayudaba a aplanar la curva, pero utilizando el principio de inmunización de rebaño. Es decir, inducir contagios entre la población con menor riesgo para poder generar un grado de inmunización en la población que reduzca la velocidad de contagio y, a su vez, atender contagiados antes de que suceda el pico natural de la curva. Este tipo de políticas requiere de mucho timing y precisión. De hecho, la política inglesa fue cambiando en la medida que se confirmaron casos positivos y hoy es más parecida a un aislamiento total, aunque aún menos severa que la que eligió Argentina.

 

El camino elegido por Estados Unidos también tuvo cambios en el tiempo y difiere entre los estados. En este momento es más parecido al de Inglaterra, aunque en algunos estados como el de Nueva York recientemente se pasó a una etapa de cuarentena “a la Argentina”. En ambos casos, quedó en evidencia la reticencia de los gobiernos a tomar medidas que, si bien pueden traer beneficios en términos de salud, implican un costo económico y social significativo.

 

La recesión puede ser tan grande que podría empeorar la salud de la población y generar más muertes. El costo económico de las medidas anti pandemia es el elefante en la habitación del que nadie hablaba en un principio y, luego de unos días de cuarentena, pasó a tomar el centro de la escena y del debate. Según JP Morgan, en Estados Unidos el 50% de las pymes posee un colchón financiero de menos de un mes para soportar sus gastos sin tener ingresos (restaurants, construcción, servicios personales, etcétera). La consecuencia directa esta presión financiera sobre sector privado es el desempleo. Se estima para Estados Unidos una suba del 1.000% en solicitudes de seguro de desempleo (3,4 millones de desempleados nuevos). Este desempleo es temporal y no posee las características típicas del desempleo estructural. Sin embargo, es evidencia clara del impacto económico directo de la epidemia.

 

Los gobiernos buscan evitar el desastre económico con política fiscal agresiva para acompañar y suavizar el impacto de sus políticas sanitarias. Las medidas de ayuda económica de los países desarrollados implicarán desembolsos de más del 10% del PBI, mucho más que durante la crisis financiera 2008-09. Argentina, en cambio, eligió la política sanitaria más agresiva consciente de que el apoyo económico del gobierno al sector privado será mínimo. La tensión entre salud y economía es real y no necesariamente una falsa dicotomía.

 

Lo raro es que Argentina resuelva esta tensión eligiendo un extremo y no un punto intermedio. ¿Tiene sentido? Puede ser, ni la infraestructura sanitaria ni la población en argentina están preparadas para una epidemia como en otros países y el poder de fuego del banco central es casi nulo. Pero es válido preguntarse sobre un mundo contrafactual en donde se evitaba el aislamiento masivo. ¿Qué hubiese pasado si se aplicaban medidas “baratas” como el distanciamiento social y campañas de higiene personal, combinadas con otras más caras como la cuarentena total sólo para el grupo de riesgo y tests masivos aleatorios para detectar y aislar a los contagiados junto a su círculo de contactos? La política de tests masivos es recomendada por la OMS y es consistente con políticas como la inmunización de rebaño o el distanciamiento social y aislamiento voluntario o más laxo. La experiencia del pueblo italiano Vo’ Euganeo soporta es muy ilustrativo. Allí lograron contener la expansión del virus el mediante el cierre temprano del pueblo, pero acompañaron la medida con el testeo de toda la población, distancia social por quince días y aislamiento total para los contagiados y sus contactos cercanos. En Argentina elegimos un camino que parece similar, pero en realidad es el contrario: aislación total para todos por 30 días y muy pocos tests (200 por día aproximadamente y sólo a los grupos de riesgo).

 

También es válido preguntarse sobre otros casos contrafactuales. Si el costo económico impide imponer cuarentena estricta por más de un par de semanas, ¿en qué momento es óptimo hacerlo? Quizá sea conveniente esperar la evolución de contagios e implementar la cuarentena en el momento en que la población es más susceptible al contagio, y no como reacción inicial. Incluso si las medidas de cuarentena extremas hasta el 13 de abril son exitosas, ¿Cuán seguro estamos de que el tiempo ganado por empujar la curva hacia mayo compensará el mayor riesgo de los contagios que suceden en el invierno? ¿Qué pasa si la segunda ola de contagiado nos encuentra en pleno invierno? Esto último no es menor, ya que el énfasis por aplanar la curva en países desarrollados estaba justificado por dos cuestiones. La capacidad real de mejorar significativamente la infraestructura sanitaria, y las mejores condiciones metereológicas para enfrentar el Covid-19.

 

Al igual que la mayoría de los economistas, y a diferencia del equipo de asesores del Presidente, no soy epidemiólogo ni experto en salud. Sería interesante debatir sobre los informes y estudios cuantitativos que supuestamente desarrollaron los expertos para asistir la toma de decisiones del gobierno. Dichos informes seguramente puedan dar respuestas a las preguntas en esta nota y expliciten la estrategia del gobierno para la salida de la cuarentena luego (o antes) del 13 de abril. Cualquier estrategia deberá estar basada en la evaluación diaria de evolución de contagios y tasa de mortalidad en distintos grupos y geografías. Lamentablemente, la información es escasa y de mala calidad. Principalmente porque no se realizan testeos masivos y aleatorios a toda la población. El seguimiento de los resultados de estos testeos masivos constituye el común denominador en todas las políticas desarrolladas por países que han tenido éxito en reducir la cantidad de contagiados y muertes. Conseguir kits para testeos y desarrollar la tecnología de aislamiento selectivo es costoso y quizá necesitemos más tiempo aún. Sin embargo, en todo su discurso el presidente evitó mencionar el tema. De nuevo, elegimos la solución de esquina. Somos un caso único.

 

(*) Además, fue subsecretario de Programación Microeconómica del Ministerio de Hacienda @marianotappata

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