Ni asado, ni conciertos, ni fútbol, ni escuelas: ¿medida óptima o sobrerreacción?

16 de marzo, 2020

Por Marina Azzimonti Stony Brook University y NBER

 

En Stony Boork University, donde trabajo actualmente, tenemos un sistema de intercambios con alumnos de doctorado de Wuhan, China. Cuando volvieron de las vacaciones de invierno, nos hablaron de una enfermedad nueva de la que en Estados Unidos se sabía muy poco. Causaba neumonía rápidamente en gente de avanzada edad y desde que se descubriera, a mediados de enero, había logrado saturar todos los hospitales y clínicas de salud. El 21 de enero se descubrieron 100 casos nuevos en Wuhan y dos días después, habiendo descubierto 400 casos solo en ese día, el Gobierno de China cerró completamente la ciudad de 11 millones de habitantes. La idea era imponer medidas de contención que fueron escalando rápidamente a medida que el número de casos diarios crecía exponencialmente (ver Gráfico 1).

 

Eventualmente, se declaró un “estado de sitio”: cerraron escuelas, universidades, fábricas, eventos y se estableció una política en la que un miembro de cada unidad familiar podía salir a la calle, una vez cada tres días, a comprar comida. Dos días después, se cerraron 15 ciudades más en la provincia de Hubei. Su objetivo era generar “distanciamiento social” reduciendo el número de gente expuesta al virus.

 

 

Estas medidas parecen exageradas, si uno piensa que hasta el momento solo se habían detectado 2.700 casos en total en China, que tiene una población de casi 1.400 millones de habitantes. Las medidas de contención resultaron efectivas. A principios de marzo la cantidad de nuevos casos se redujo sustancialmente y se estabilizó. Para el 13 de marzo solo se detectaron 10 casos nuevos. A finales de febrero, China había conseguido normalizar la situación, pero el nuevo foco de crecimiento de contagios se trasladó a Europa. En diez días, Italia y España vieron el número de casos pasar de poco más de 100 a 20.000 y 6.000, respectivamente, lo que les obligo a tomar medidas similares a las de China. Se limita la circulación, se suspenden las clases, se ordena el cierre de bares y otros lugares de concurrencia masiva por 15 días. En Italia, estas medidas parecen indicar resultados positivos ya que en solo una semana el crecimiento diario ha pasado del 30-40% al 15-20% (una reducción del 50%).

 

Pero, ¿cómo se traduce todo esto a la situación en Argentina, donde se está considerando tomar medidas de distanciamiento social con solo 31 casos detectados (datos del 13 de marzo)? Mucha gente se pregunta si tiene sentido tomar medidas tan extremas, temiendo que sean “políticas del miedo” apoyadas por medios de comunicación alarmistas.

 

Gráfico 2

 

Como economistas, entendemos que toda decisión política tiene costos y beneficios. Los costos de las políticas de contención son fáciles de entender: parar un país tendrá consecuencias importantes en la productividad de una economía, disrupciones en las cadenas de producción y una eventual situación de escasez de alimentos y medicinas. Todo ello contribuirá a generar una situación de ansiedad y pánico en sus habitantes. Los beneficios, por otro lado, son más difíciles de comprender para la mayoría de la gente. La idea detrás de estas políticas es generar “distanciamiento social”, reduciendo la densidad de gente en una zona determinada. Esto hará que la tasa de contagio baje y la epidemia se desacelere, reduciendo el potencial número de muertes.

 

En la Figura 2 podemos ver el número agregado de casos diagnosticados en China desde el 21 de enero (en naranja), y los casos descubiertos en el resto del mundo hasta el 13 de marzo (en azul). En la Figura 3 podemos ver el desarrollo de la enfermedad en varios países, donde el día 0 se define como el momento en el tiempo donde el país alcanza al menos 200 casos diagnosticados. Podemos ver que la curva de crecimiento de casos de coronavirus en Corea del Sur, Italia, Irán, Francia y Alemania es similar a la de China pero en diferentes momentos en el tiempo. Teniendo en cuenta esta información, es probable que, en Argentina, la epidemia evolucionara de manera similar.

 

Ambas figuras destacan uno de los grandes problemas del Covid-19: sin medidas preventivas, crece de manera exponencial. Es más, el número de casos reales es mucho mayor al número de casos diagnosticados. Primero, porque la enfermedad tarda cinco días en desarrollar síntomas. Segundo, porque no todo el mundo decide hacerse el test. Teniendo esto en cuenta, un artículo publicado en el New England Journal of Medicine estima que el coronavirus tiene un R0 de 2,2, es decir, que cada persona infectada puede infectar a 2,2 personas más. Cada una de ellas, infecta a su vez a 2,2 personas adicionales. El intervalo de tiempo entre el primer infectado y los próximos 2,2 es de aproximadamente 7 días. Esto implica que sin medidas de prevención, en cinco semanas, habrá 42 infectados. En diez, 2.212 mientras que en 14 semanas, el número de infectados real podría alcanzar los 51,847. Al día de hoy no existen vacunas contra el coronavirus ni la población ha desarrollado anticuerpos que les protejan contra la enfermedad.

 

Teniendo en cuenta esos 51.847 afectados tras 14 semanas, veamos como las medidas de distanciamiento social pueden hacer una diferencia significativa en dos casos extremos.

 

En el primero de los casos asumamos que el Gobierno no pone ninguna medida de distanciamiento social. Con 2/3 de la población susceptible a la enfermedad y una tasa de mortalidad estimada para en 3,4%, esto implica que, con una población de 44,5 millones de habitantes,  en Argentina podrían morir más de 1 millón de personas en todo el país.

 

Ahora tomemos el caso opuesto. Supongamos que luego de 14 semanas, con los mismos 51.847 infectados, el Gobierno impusiera medidas de distanciamiento social extremas, donde todos los ciudadanos del país entraran en cuarentena. Es decir, si canceláramos los asados, los partidos de fútbol, si dejásemos de ir a trabajar y a la escuela, y nos quedásemos aislados en casa. En este caso, la enfermedad dejaría de propagarse y, en teoría, el número de casos permanecería constante. Aplicando la misma tasa de mortalidad del 3,4%, solo 1.762 personas fallecerían.

 

Obviamente, hay una multitud de factores que habría que tener en cuenta en ambos casos. Pero visto desde esta perspectiva, queda claro que las medidas de distanciamiento social generarían grandes beneficios para la sociedad.

 

 

La evolución de casos (por millón de habitantes) de China y Corea del Sur (en el Gráfico 3) demuestra que es posible reducir la tasa de contagio diaria con medidas de distanciamiento social moderadas. En Corea del Sur se implementaron medidas preventivas tempranas, logrando una tasa de mortalidad del virus de solamente del 0,5%. En contraste, la tasa de mortalidad en Italia, es del 6,5% actualmente.

 

Actuar rápidamente también reduce significativamente el número casos y las presiones en el sistema de salud. Se estima que 20% de los casos requieren hospitalización y 5% de ellos requieren una Unidad de Cuidados Intensivos (UCIs) o un respirador. La tasa de mortalidad depende de la disponibilidad de UCIs en un momento determinado en cada país. En China, que cuenta con 4,6 camas por cada 1.000 habitantes, el sistema de salud se saturo rápidamente. Argentina tiene una capacidad similar, con 5 camas por cada 1.000 habitantes. Es de esperar que si el Gobierno no toma medidas preventivas tempranas, nuestro sistema sanitario entrara en crisis.

 

¿Qué se puede hacer en Argentina? La mejor solución (por el momento) es “frenar la curva” para así no colapsar al sistema sanitario (ver Gráfico 4).

 

Si logramos reducir el número de infecciones, los hospitales tendrán una menor cantidad de pacientes en terapia intensiva, y cada uno de ellos tendrá mayores chances de sobrevivir. Para un hospital no es lo mismo recibir 10 casos en 10 días que 100 casos en un día. El coronavirus está para quedarse. Ya hemos pasado el punto de eliminarlo. Lo importante es ganar tiempo, ya que eventualmente tendremos acceso a una vacuna y suficiente inmunidad como para proteger a la población. Se estima que una vez que una vez desarrollada la vacuna, con una tasa de vacunación del 60% de la población es posible erradicar la enfermedad. Sin una vacuna, es necesario que el 60% de la población genere anticuerpos (es decir, se enferme y luego se recupere) para que el virus desaparezca. Cuanto más desaceleremos el contagio, menores serán los costos de la transición y las presiones en el sistema sanitario (ver Gáfico 4).

 

Individualmente, podemos lavarnos las manos, evitar ir a lugares concurridos, viajar menos e intentar no ir al hospital a menos que sea estrictamente necesario. Aunque el 80% de la gente no vaya a tener síntomas graves, y sienta esto como una gripe más, es importante internalizar la externalidad que estamos generando en grupos de riesgo (aquellos con problemas respiratorios y ancianos). Nuestras acciones pueden hacer que la tasa de mortalidad del Covid-19 del 3,4% sea un número muy grande, o muy pequeño.