Los empresarios que necesitamos

6 de marzo, 2020

Alberto Fernández

Por Alejandro Gómez Profesor UCEMA

 

En un almuerzo en el CICyP, el Presidente sostuvo: “Necesitamos industriales comprometidos con la Argentina, no sólo con los resultados de sus empresas”. Y agregó: “Nosotros hemos ayudado a toda la producción frenando las tarifas y el combustible (…) y no es posible que con todo eso los precios sigan subiendo”. Ese tipo de declaraciones no hacen más que confirmar que el Presidente no comprende la verdadera función del emprendedor ni el proceso económico en el que debe desempeñarse. Siendo así, tampoco debe sorprendernos que todas las medidas que se toman desde el Poder Ejecutivo no hagan más que asfixiar la actividad empresarial en nuestro país.

 

El empresario no necesita que el Gobierno lo ayude, necesita que el Gobierno lo deje emprender, que no le ponga obstáculos, que no lo ahogue con impuestos o regulaciones. Por otra parte, si la empresa no gana dinero deberá despedir gente o cerrar. Una empresa exitosa, que compite por el favor de los consumidores, no solo genera riqueza para sus dueños sino para el resto de la comunidad en la que se desenvuelve. Pero eso solo sucederá si puede actuar y competir libremente con otras empresas en su mismo rubro. Está claro que los empresarios no son agentes de beneficencia, pero sí podemos afirmar que una consecuencia de su accionar exitoso es beneficiar al resto de la sociedad.

 

¿Cómo es esto? La primera cuestión que debemos tener presente es que en una economía de mercado el emprendedor arriesga su capital al crear un negocio que no sabe si va a funcionar o no. Muchas veces uno da en la tecla con el mercado y al rato aparece un competidor que lo hace mejor, y su emprendimiento se evapora. Otras veces, aparecen productos o servicios alternativos y también sus ganancias se esfuman. Nunca las ganancias ni el éxito de un negocio es seguro, ni permanente. Ahora bien, cuando una empresa es exitosa y funciona bien, genera múltiples beneficios más allá del dinero que ganen sus dueños. Los primeros beneficiarios son los consumidores que eligen libremente comprar sus productos porque les parecen mejores, más baratos, o simplemente porque satisfacen mejor sus necesidades; luego están los que trabajan en la empresa, los empleados reciben su salario a cambio del trabajo que ofrecen, si a una empresa le va mejor tienen más estabilidad, pueden subir en la escale salarial, etcétera. También los proveedores de esa empresa se benefician, al igual que la ciudad o el barrio en el que la misma funciona y, por último, el Gobierno, que a medida que la empresa gana más dinero podrá recibir más por los impuestos que cobra.

 

Si el Presidente quiere que los empresarios se comprometan con el país, debería dejarlos actuar sin meterse en sus negocios. Debería ofrecerles una moneda estable y confiable con la cual poder hacer los cálculos económicos de cuál sería el precio al que podrían llegar a vender sus productos, así como los costos de los insumos que necesitarían para producirlos. Debería liberar el mercado de trabajo el cual con todas las regulaciones y los costos asociados que tiene, hace poco menos que imposible contratar a un empleado nuevo o despedir a uno ineficiente. Demasiado dura e imprevisible es la competencia en el mercado como para que deba ocuparse de todos los obstáculos que le pone el gobierno. En Argentina ser emprendedor es más una cuestión de fe que comercial. Quizás eso explica que al salir a mercados más “normales” la capacidad de competir y ser exitosos sea mucho mayor que en nuestro propio país.

 

En última instancia es el emprendedor el que arriesga su capital, su tiempo y conocimiento cada vez que se lanza a la aventura empresarial. Si el negocio es exitoso los beneficios son para todos: para el emprendedor, los empleados, los consumidores, los proveedores y el gobierno (que se queda con una gran tajada por medio de los impuestos). Si pierde, él asume todos los costos. Así funcionan las economías exitosas en las que los verdaderos creadores de riqueza son alentados a emprender en lugar de que se los critique desde el cómodo lugar de la política, donde las ganancias siempre son propias y las pérdidas ajenas.

 

(*) Las opiniones expresadas no necesariamente representan la opinión de la UCEMA