Los efectos económicos del coronavirus

3 de marzo, 2020

Los efectos económicos del coronavirus

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

 

En opinión de algunos, el coronavirus amenaza con depositar al mundo en su segunda recesión severa en un poco más de diez años. El último colapso global había sido el de 2009, cuando la explosión de la burbuja inmobiliaria de Estados Unidos desembocó en una contracción del PIB global, pese al continuado aporte positivo de China.

 

¿Cómo afecta el virus a la economía global? Las restricciones físicas a la producción en China son una preocupación. Las cuarentenas podrían interrumpir algunas cadenas de valor internacionales, y los recursos dedicados a prevenir y curar a los afectados podría desviar esfuerzos productivos a actividades con menor retorno económico. El temor al contagio también podría perturbar el normal desenvolvimiento del turismo y de los viajes de negocios, obstaculizando así algunos procesos productivos y decisiones de inversión.

 

Pero estos impactos no pueden ser tan significativos. La cantidad de afectados por el virus en el mundo es de apenas 80.000 individuos, un número absurdamente pequeño en términos de recursos, aun suponiendo que la asistencia a los que padecen la enfermedad requiera un esfuerzo especial. Muchos de los riesgos que supone el virus han sido dramatizados hasta el absurdo en los medios y redes sociales, aprovechando la debilidad de la reflexión racional humana en temas que generan pánico. Los médicos y las autoridades a cargo ya no saben qué hacer para explicar que la situación está controlada y que lo más probable es que la enfermedad ceda pronto.

 

Así como a veces la economía global sufre al caer a la realidad tras una burbuja de expectativas exageradamente optimistas, como ocurrió en 2008/2009, esta vez el mundo podría estar sufriendo innecesariamente como consecuencia de una percepción agregada exageradamente pesimista

 

¿Qué se esconde, pues, detrás de los pronósticos sombríos acerca del futuro de la economía china primero, y de los países desarrollados después? La respuesta, una vez más, son las expectativas. La economía es inevitablemente intertemporal y dinámica, y los shocks que la perturban no afectan exclusivamente el presente, sino también las decisiones futuras. Esto podría justificar parte de la histeria, pero tampoco es la historia completa.

 

Cuando los agentes económicos forman expectativas, no están pensando únicamente en su situación personal. El destino individual depende de las decisiones de otros individuos, y por ende nuestras previsiones incorporan no sólo nuestras sensaciones, sino además nuestra interpretación de las expectativas del resto. Por supuesto, este es un proceso que se retroalimenta. El individuo A debe capturar en sus decisiones las expectativas de B, C y D. Pero A sabe que B está tratando de comprender a su vez en qué está pensando en sus propias percepciones. Dada la cantidad de combinaciones posibles, se podría suponer que los resultados de estas interacciones son puramente aleatorios. Pero cuando por su naturaleza el shock desencadena indiviun nerviosismo exagerado, como es el caso de la salud en general y las pandemias en particular, se alcanza un “equilibrio” de las expectativas, aunque suele ser muy poco eficiente. Simplemente cada uno de nosotros asume que todos piensan que el coronavirus es una amenaza abrumadora que conmoverá negativamente a la actividad global.

 

A esta altura, poco importa que los datos concretos no justifiquen en absoluto esta coordinación particular de las expectativas. Algunos insistirán en que este estado de cosas es producto de la percepción de mercados libres, y que como tales éstos no se equivocan. El problema es que estos equilibrios, que por los datos empíricos podríamos juzgar como equivocados, suelen confirmarse luego bajo la forma de profecías autocumplidas, dando lugar a una justificación ex post de la premisa de que estas perspectivas eran correctas a priori. Si creo que algo malo va a pasar y pasa, ¿esto es porque yo tenía razón o porque mi comportamiento produjo ese desenlace?

 

Así como a veces la economía global sufre al caer a la realidad tras una burbuja de expectativas exageradamente optimistas, como ocurrió en 2008/2009, esta vez el mundo podría estar sufriendo innecesariamente como consecuencia de una percepción agregada exageradamente pesimista. Y los mercados de valores, que necesariamente se nutren de expectativas, se especializan en contribuir a ampliar los ciclos de ensueño y desengaño.