Lo importante es competir

9 de marzo, 2020

Por Luca Sartorio (*)

 

Sólo tres empresas controlan el 85% de la venta de azúcar en Argentina. Apenas dos compañías se reparten el 98% del mercado local de mayonesas. Una única empresa de cremas dentales concentra el 85% de las ventas totales en el país. Lejos de tratarse de unas pocas excepciones, cifras similares se replican al analizar los mercados de leche, cerveza, pañales, repelentes, embutidos, desodorantes o mayonesa, entre muchos otros. Todos estos datos fueron circulados por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) y reavivaron un intenso debate respecto de cuales son los impactos de la concentración económica en nuestro país.

 

Es muy usual en la opinión pública utilizar erróneamente la concentración económica como una posible causa de la inflación. No es el objetivo de esta nota profundizar en esa relación, pero existe un amplio consenso respecto de que un mercado poco competitivo genera precios excesivamente altos en esa actividad particular pero no una tendencia de crecimiento de los precios sostenida y generalizada en la economía en su conjunto que es lo que comúnmente entendemos por inflación. En otras palabras, la falta de competencia repercute sobre el nivel de los precios (genera “precios altos”) pero no sobre su dinámica (genera incrementos de precios persistentes y generalizados).

 

Sin embargo, lo que sí parece pasarse por alto en el debate es que la concentración económica tampoco implica necesariamente un problema de competencia o un perjuicio para el consumidor. Esta confusión es frecuente incluso en economistas y especialistas contribuyendo a una lectura equivocada de la evidencia y alentando soluciones de política perjudiciales para el usuario y la producción local. ¿Es la concentración económica sinónimo de “poder de mercado”? ¿Un mercado concentrado siempre es perjudicial para el consumidor? ¿Cuál es el verdadero objetivo de la defensa de la competencia? Lejos de tratarse de una cuestión sencilla de dilucidar, un alto nivel de concentración en algunos casos puede incluso beneficiar a la economía en su conjunto.

 

Para comprender qué es un problema de competencia es importante distinguir tres conceptos fundamentales: “concentración”, “márgenes” y “poder de mercado”. Se dice que un mercado está altamente concentrado cuando unas pocas empresas líderes explican un alto porcentaje de la facturación. Esto no necesariamente implica que las empresas fijen precios muy por encima de sus costos de producción, es decir que operen con altos márgenes en la comercialización de sus productos. Finalmente, un mercado puede estar altamente concentrado y que sus empresas líderes cuenten con altos márgenes y sin embargo que esto no sea producto de su poder de mercado. Se denomina poder de mercado a toda situación en la que una empresa líder sostenga su dominio a partir de prácticas anticompetitivas que le permiten fijar precios abusivos y evitar la competencia, perjudicando al usuario final. Estos tres conceptos no son sinónimos ni están permanentemente vinculados. Es perfectamente posible que un mercado esté muy concentrado sin que esto sea producto de poder de mercado o prácticas anticompetitivas. Todavía más: una industria puede tener una alta concentración, altos márgenes empresarios y no necesariamente posiciones dominantes ejerciendo poder de mercado.

 

Veamos un ejemplo particular. Imaginemos que analizamos el mercado de la mensajería instantánea y descubrimos que WhatsApp concentra prácticamente el 100% de dicho mercado. ¿Es esto un problema de competencia? ¿Sería deseable “desconcentrar” este mercado en múltiples plataformas que compitan entre sí? Lejos de ser el caso, un mercado menos concentrado sería enormemente molesto. Para el usuario, lo óptimo es chatear por una única plataforma en la que estén todos nuestros amigos, familiares y colegas, en la que encontremos a todos nuestros contactos de interés concentrando la totalidad del mercado. Esta situación en la que el valor de un determinado servicio crece a medida que más usuarios lo consumen es lo que se conoce como “efectos de red” y está detrás del auge de muchas plataformas digitales. Redes sociales, sitios de compra y venta o sistemas operativos en los que unos pocos líderes explican prácticamente toda la facturación operan en mercados usualmente denominados como “ganador lleva todo”. Sin embargo, la concentración de estos mercados no sólo es deseable para el consumidor, sino que es el reflejo de la naturaleza competitiva de estos servicios y no siempre se explica por el desarrollo de prácticas empresarias abusivas.

 

Para comprender qué es un problema de competencia es importante distinguir tres conceptos fundamentales: “concentración”, “márgenes” y “poder de mercado”.

 

Otro caso que puede mencionarse es el de mercados en el que la escala de producción es un factor fundamental para la rentabilidad del negocio, algo especialmente recurrente en el comercio o la producción industrial. En estos contextos muchas inversiones pueden implicar altos costos fijos que sólo son rentables si la compañía cuenta con un alto volumen de ventas generando una competencia entre menos empresas (mayor concentración) pero de menor costo marginal y resultando incluso en menores precios finales para el público. En muchas industrias una mayor escala permite reducir significativamente los costos a partir de un mejor manejo de inventarios, automatización de procesos, desarrollo de centros de abastecimiento, entre muchas otras causas imaginables. “Desconcentrar” estos mercados puede afectar la viabilidad económica de estas inversiones, empeorando la situación del consumidor que enfrentaría un mercado de más empresas, pero más ineficientes y costosas que ofrecen productos de menor calidad a mayor precio.

 

Lejos de tratarse de sutilezas, estos son apenas algunos ejemplos de muchas situaciones en las que la concentración puede no reflejar poder de mercado y que permiten comprender dos principios económicos fundamentales de la defensa de la competencia. En primer lugar, la finalidad de las políticas de defensa de la competencia no es evitar la concentración, sino garantizar su contestabilidad. Un líder de mercado es “contestable” si no existen obstáculos económicos o legales para que nuevos competidores ingresen al mercado y compitan desafiando su posición dominante con más innovación, menores precios y mayor calidad. Si un mercado tiene una alta contestabilidad, sus principales líderes no tienen capacidad para fijar precios abusivos porque estos excesos los expondrían a la emergencia de nuevos competidores que pondrían en riesgo su dominio. Volviendo a la economía digital, un ejemplo de un mercado concentrado pero competitivo fue el caso de MySpace al inicio de los 2000, que pese a tener un enorme dominio sobre su mercado (alta concentración) no pudo evitar la aparición y auge de Facebook hasta perder todo su protagonismo (alta contestabilidad).

 

En segundo lugar, es importante enfatizar que la concentración, ni los márgenes empresarios son el objeto de la regulación de las autoridades. Lo que regula y penaliza la defensa de la competencia son las prácticas anticompetitivas que mediante comportamientos abusivos buscan erosionar la contestabilidad de un determinado mercado. Esto no es solamente un fundamento económico sino jurídico. A la hora de llevar adelante un proceso exitoso de defensa de la competencia, la materia concreta que hay que probar es una práctica abusiva y como afecta la contestabilidad de un mercado perjudicando al consumidor. Barreras a la entrada, usos indebidos de regulaciones o bienes públicos, dumping o precios abusivos, abusos de derechos de propiedad intelectual, derechos de exclusividad o cláusulas de no competencia son algunas de las muchas prácticas que son fuente de poder de mercado y el verdadero objeto a regular por la defensa de la competencia. El debate alrededor de la defensa del consumidor y las buenas prácticas competitivas debe girar en torno a la existencia de estos comportamientos y no de simples porcentajes de concentración económica.

 

Es muy probable que Argentina tenga problemas de competencia en diversos sectores económicos, así como también es muy probable que muchas otras actividades productivas simplemente tengan una alta concentración por cuestiones propias a la escala requerida para su operación eficiente. Y muchos otros mercados también pueden contar con una alta concentración por otras razones imaginables como la falta de apertura comercial que protege a algunas empresas líderes evitando la competencia y afectando el precio final que paga el consumidor. Cada caso merece un análisis especial para comprender la naturaleza propia de cada mercado y respuestas de política mucho más customizadas y elaboradas que una Ley de Góndolas para regular la comercialización final.

 

Llevar adelante un debate verdaderamente informativo sobre la cuestión es fundamental y requiere al menos tres desplazamientos. Primero, hay que desplazar la preocupación del análisis desde la concentración económica hacia el poder de mercado. Análogamente, hay que desplazar la finalidad de la política competitiva desde la búsqueda de la desconcentración hacia la garantía de contestabilidad. Por último, hay que desplazar el objeto de la regulación desde el share de mercado o del margen empresario hacia la práctica anticompetitiva, verdadera evidencia de competencia desleal y materia concreta en un proceso judicial. Exhibir simples participaciones de mercado pueden tener un impacto en la opinión pública, pero en sí mismas son muy poco informativas y disparan respuestas de política inadecuadas.

 

(*) Licenciado en Economía (UBA) y Maestrando en Finanzas (UTDT). Se desempeñó como investigador del Centro para la Evaluación de Políticas basadas en la Evidencia (CEPE) de la UTDT y de la Secretaría de Transformación Productiva del Ministerio de Producción y Trabajo.