La fiebre de la desigualdad

2 de marzo, 2020

La fiebre de la desigualdad

Por Jorge Paz

 

Estamos frente a un despertar de la conciencia por la desigualdad económica. Esto se constata observando, crítica y cuidadosamente, la catarata de opiniones, las que van desde las puramente éticas, como las del papa Francisco y líderes de diversas organizaciones no gubernamentales, hasta las más técnicas, que provienen de los congresos y reuniones de expertos que examinan el problema y de las publicaciones académicas (y no tanto) que surgen como hongos.

 

Y esto se da no solamente a nivel mundial. En los últimos años, en Argentina ha recrudecido el interés por este tema. Como un simple ejercicio de autoconstatación sugiero preguntarse a quien no le suena familiar el “índice de Gini”. El que la desigualdad se haya convertido en un trending topic no significa que se trate de un problema o, mejor dicho, de “el” problema nacional. El problema, sostengo aquí, es descifrar si se trata verdaderamente de un problema, y si no hay en el país temas más acuciantes que merezcan la atención de la sociedad.

 

El recrudecimiento del interés por la desigualdad se produce por los hechos observados en los países más desarrollados del mundo. Principalmente preocupa a los economistas de estos países la tasa de crecimiento de la riqueza y de los ingresos de la parte alta de la distribución, y un alejamiento cada vez más pronunciado o notorio de los ingresos de la parte baja de la distribución. Al decir de Thomas Piketty, la tasa de crecimiento de los ingresos de los más ricos crece a una tasa mayor que la tasa de crecimiento de la economía. Luego surge todo lo demás. Para simplificar: los que creen que Piketty tiene razón y los que creen que no la tiene. Para que un tema se convierta en un trending topic verdadero necesita financiamiento y atención de los ganadores. Y sólo se necesita un poco de perspicacia para constatar que esto es lo que está sucediendo con la desigualdad. Cada vez hay más apoyo financiero para documentarla y para sugerir políticas (no cito evidencias por razones obvias de espacio).

¿Es un tema nacional y/o continental?

 

Veamos si existen razones fundadas en evidencia que nos permitan dar un puntaje a la desigual dad dentro de nuestra agenda continental y nacional.

 

Primero, no sabemos demasiado sobre la desigualdad económica de América Latina y menos de la del país. Los datos que tenemos a disposición y que permiten seguir la desigualdad de ingresos a lo largo del tiempo, provienen por lo general de encuestas de hogares (para Argentina, de la EPH, la más famosa y reputada), excelentes fuentes de información pero que no logran captar los ingresos más altos como, por ejemplo, el ingreso del 1% o el 10% verdaderamente más rico, cuyo crecimiento preocupa a los economistas de los países desarrollados. Esos ingresos no están en las encuestas a hogares. Solamente para mencionar un ejemplo: el ingreso familiar más alto registrado en la EPH es de aproximadamente $200.000 por mes, lo que ciertamente no se corresponde con la facturación mensual promedio de una familia rica o superrica del país.

 

La desigualdad visible, la que podemos ver con la información disponible, no nos ubica en un lugar diferente al histórico. América Latina ha sido siempre el continente más desigual del mundo (eso no es una novedad), pero Argentina no ha sido la nación más desigual de ese continente. La pregunta en este caso es cuánto nos estamos alejando de esa desigualdad tolerable que tiene cualquier economía capitalista “normal”. ¿Es verdaderamente un problema el nivel que ha alcanzado durante los últimos años?

 

Se podría argumentar que lo que está en juego hoy, y la razón de fondo del trending topic, se refiere a las consecuencias de la desigualdad. Una Nación cuyos ingresos están distribuidos de manera altamente desigualitaria es un caldo de cultivo para la violencia social y la inestabilidad institucional.

 

Esto crea un clima adverso para los inversores, resiente la acumulación de capital físico y ralentiza el crecimiento. Puede ser, pero Argentina no lidera los niveles de violencia mundiales. Los disturbios que existen son más bien de tinte político que económico. Después del de diciembre de 2001, no hemos tenido en el país una explosión que pueda adjudicarse claramente a un crecimiento desmedido de la desigualdad de ingresos.

 

Es probable que la desigualdad oculta, la que no podemos observar con los datos disponibles, esté minando el crecimiento económico. Es un hecho ampliamente reconocido que la economía del país no crece desde hace más de una década y que, con una población que aumentó aproximadamente cinco millones de personas, nos estamos repartiendo una torta que crece sólo a base de levadura (inflación). Es un hecho demostrable que la cooperación es imposible si al menos uno de los jugadores recibe, después de una acción, menos de lo que tenía, antes de realizar la acción. Dado que esto está comprobado en términos empíricos y teóricos es altamente probable que el crecimiento no se produzca por esta falta de cooperación y que la misma está minada por una repartición de las riquezas que el perdedor considera injusta. Si es esta la razón, estaría justificada una discusión seria e informada sobre la desigualdad. Pero, en realidad, no sabemos si esto tiene sustento.

 

Mientras tanto, la pobreza continúa estacionada entre 35% y 37%, la pobreza infantil (la que corresponde a la población menor de 18 años) en 53%, las privaciones no monetarias (vivienda, saneamiento, agua, protección social y educación) rondan el 40% y la pobreza multidimensional, 20%. Estos números advierten sobre los que están por debajo de los umbrales de decencia, independientemente de las causas que los haya ubicado en esa posición. Esto es el residuo después de una década de recuperación económica, el auge del superciclo de commodties (2004-2011) y grandes avances sanitarios y en infraestructura. Son estos los factores de los que, creo, necesitamos ocuparnos, más que si el rico se está haciendo más rico y que si la gente, hoy más que antes, veranea en el exterior.