La crisis sanitaria, el G20 y el mensaje de Alberto Fernández

31 de marzo, 2020

La crisis sanitaria, el G20 y el mensaje de Alberto Fernández

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 
 
El  líder de Arabia Saudita, y Presidente temporal del Grupo de los 20 (el G20) convocó, la pasada semana, a una cumbre virtual extraordinaria. La videoconferencia se hizo con la mirada puesta en asignarle al foro la prioritaria responsabilidad de coordinar con  enfoque coherente las acciones globales de control y  mitigación de la pandemia originada por el coronavirus. Al hacerlo, sus Miembros encuadraron el tema con la idea de encontrar una respuesta sanitaria que, en la medida de lo posible, no ponga en riesgo la normalidad económica, la fluidez del comercio mundial y el flujo de inversiones. Los resultados de tal ejercicio fueron volcados en una Declaración cuya lectura es altamente recomendable. Por Argentina asistieron a este cónclave el doctor Alberto Fernández, su Jefe de Gabinete  y el ministro de Economía.

 

Pero el nuevo consenso no parece haber resuelto la sustancial diferencia que media entre los relatos y ambiciones que se expresan en el plano internacional y las políticas que suelen adoptar, esos mismos gobernantes, en sus  respectivos países (ver mi columna “El G20 intentará coordinar la batalla contra el coronavirus”, El Economista del 24/3/2020). La cumbre tampoco logró resolver las discrepancias de fondo que hay entre Estados Unidos y la casi totalidad de los restantes miembros del grupo.

 

Al evaluar las pautas aprobadas, conviene recordar que éstas no son comparables con  la receta tipo capitalismo de amigos que se ejerció a partir de la crisis de 2008-2009 a fin de salvar a las entidades más poderosas del mundo financiero, a los conglomerados automotrices y a otros sectores que se consideraban demasiado grandes como para soltarles la mano. El problema más serio es que domar y reparar una crisis sanitaria cuyo origen, dimensiones y antídotos nadie conoce, constituye un desafío no tradicional y diabólicamente complejo.

 

Tanto el diálogo como la Declaración permiten reconocer tres hechos. El primero, que el G20 sustentará sus acciones con la inyección de unos US$ 5.000.000 millones, cuya finalidad es atender las necesidades que impone la pandemia sin escatimar poder de fuego ni descuidar la marcha de la  economía y el comercio globales. Los seis objetivos enumerados incluyen el concepto de “minimizar los contratiempos causados al comercio y a las cadenas de valor”.

 

Como destaqué el martes 24, al abordar la primera crisis del período 2008/09, el foro entendió muy tarde que la economía real era el otro paciente a sanar, morosidad que dio rienda suelta a sendas crisis paralelas en el campo de la energía, al innecesario desabastecimiento alimentario (los precios internacionales del petróleo y otros commodities se fueron al cielo)  y al sensible deterioro de la cohesión social, lo que incluyó un ejército de desocupados y discernibles bolsones de pobreza. Esta vez las cosas pintan mucho peor.

 

En consecuencia, sólo cuando se vea donde nos llevan los trabajos del foro será posible constatar si quienes forman la masa crítica de la economía, el comercio y la población del planeta se proponen o no chocar con la misma roca.  O si el G20 hoy dispone de la necesaria voluntad y sabiduría como para evitar las crisis de este Siglo y la  provocada en los ‘30 del siglo pasado a raíz de la nefasta y proteccionista enmienda Smoot-Hawley de Estados Unidos, cuyos efectos ayudaron a detonar la Segunda Guerra Mundial.

 

Las deliberaciones ratificaron que las únicas dos sectoriales del G20 que serán movilizadas en forma continua son las de ministros de Finanzas y presidentes de banco centrales y la de ministros de Salud. Ese reflejo es bueno si todos entienden que los especialistas en economía y finanzas por ahora no tienen la menor idea  acerca de lo qué vale la pena financiar para dar solución a una heterodoxa pandemia.

 

El segundo hecho es que la declaración sigue la huella escapista de la senda inaugurada por  el G20 en 2017, bajo la batuta de Angela Merkel. Al enumerar los problemas sanitarios, financieros y económicos el foro volvió a omitir una apropiada referencia al gigantesco problema de las guerras comerciales, la tóxica epidemia de mercantilismo y el sabotaje a las instituciones que tienen la capacidad instalada para aportar en muchos de los deberes de la actual crisis. Esta es la hora de preguntarse si el planeta y el foro podrán tolerar por mucho más tiempo los atascamientos  originados por los ilegales  y distorsivos caprichos que genera la Casa Blanca.

 

La declaración indica que el drupo descansa en la sabiduría y experiencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS), del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, todos presentes en el diálogo, pero no incluyó el aporte de la OMC cuyo Director General fue un mero observador de los acontecimientos. Tampoco les fue mucho mejor a los titulares de la Secretaría de la OIT y de la OCDE, organizaciones a las que se pedirán contribuciones técnicas específicas.

 

La OMC es, si no terminan de cascotearla, el único lugar donde se le podrían fijar límites objetivos a las insensateces del Jefe de la Casa Blanca, en el entendimiento de que la cuestión no reside en pelear con él, sino impedir que su irresponsable bloqueo se lleve por delante al resto de la humanidad. En ese sentido, Washington se comporta como la Corea del Norte del mundo occidental, ya que con frecuencia tiende a sugerir la posibilidad de alejarse formalmente de tal organización.

 

El tercero, el perfil del mensaje escogido por el presidente Alberto Fernández al hacer su debut en el G20, el que fue políticamente correcto y bien estructurado a pesar de ciertas alusiones que pueden enrarecer, sin necesidad, y sin ventaja discernible, el proceso de renegociación de la deuda pública del país. En todo caso, la declaración dice que el foro se compromete a “proveer ayuda a todos los países que necesiten asistencia” en la lucha contra la pandemia y sus efectos.

 

El discurso del primer mandatario no fue muy diferente a lo que suele sostener en casa. Se pronunció a favor de un pacto de solidaridad global, un lenguaje distinto pero compatible con el compromiso adoptado que consiste en inyectar suficiente liquidez. El jefe de la Casa Rosada también objetó la lógica del mercado para resolver la crisis sanitaria, no sobre la necesidad de modernizar y ajustar esa lógica a las necesidades de control y mitigación de los gravísimos problemas estructurales que habrán de  ser generados por la pandemia y sus efectos. No es descartable que los acreedores e inversores se pregunten cuál es la lógica alternativa que propone el gobierno argentino, la que todavía no se halla reflejada en un  plan económico integral y consistente de público conocimiento.

 

Tampoco es sencillo entender por qué Fernández aludió, en el marco de  la agenda en debate, a que el G20 no puede cruzarse de brazos ante la existencia de bloqueos económicos. ¿Alguien le habrá hecho notar que esas polémicas herramientas no sólo se aplican con o sin justicia a conflictos regionales como los que existen con Cuba y Venezuela, sino también a peleas de fondo entre las naciones del Atlántico Norte con gobiernos como los de Irán y otros países del Medio Oriente; Rusia, Corea del Norte y en cierto modo con China? ¿Era indispensable entrar en ese pantano con todos los problemas que el país debe resolver de forma inmediata en el frente externo? ¿Sabía la Casa Rosada que, casi al mismo tiempo, la Justicia de Estados Unidos estaba pidiendo  la captura de Nicolás Maduro y otros miembros de su gobierno bajo la imputación de ser responsables de actos de terrorismo y narcotráfico?

 

Pero mientras el presidente Donald Trump aceptaba el texto de la declaración sin armar uno de sus desplantes y se comprometía a evitar descalabros en el comercio, en especial en el comercio de medicinas y equipos médicos, su colorido asesor de comercio exterior, doctor Peter Navarro, un personaje con características similares a Guillermo Moreno, proponía someter  dicho sector al concepto de Compre en Estados Unidos (Buy America). Así, mientras la declaración alega que el G20 tiene como objetivo promover el comercio libre, justo, no discriminatorio, transparente, previsible y estable, el proyecto de Navarro propone achicar el comercio.

 

El G20 atacó esas ideas restrictivas, porque en la actualidad, al igual que sucedió con los productos agrícolas y los alimentos durante la crisis de de 2008-2009, unos 54 países, entre ellos miembros del G20, están restringiendo el comercio exterior de medicinas y equipos médicos ante la escasez que provoca la actual pandemia. Durante la crisis anterior nuestro país, al igual que la UE, Rusia, Ucrania y otros gobiernos “inteligentudos” salió a defender “la mesa de los argentinos”, enfoque que terminó con un más caro abastecimiento interno, la vertiginosa caída de las exportaciones y una brutal contracción de la oferta a largo plazo de sectores sensibles como la carne vacuna.

 

El amigo Navarro alegó la intención de aplicar esa sustitución de importaciones por Orden Ejecutiva (es decir por decreto, lo cual es una piolada infantil, ya que la política comercial suele ser facultad del Congreso), basado en un “Compre Nacional” que tendría como base el redireccionamiento de las adquisiciones de medicinas y equipos del Pentágono y de la Agencia de Servicios Humanitarios y de Salud. Con ese paquete, y créditos anticipados a los productores, propone sustituir importaciones de medicinas y equipos por US$ 40.000 millones, aumentar en unos US$ 200.000 millones anuales el PIB y generar unos 804.000 puestos de trabajo. “Sorpresivamente”, el Gobierno chino y muchas ONG’s del mundo empresario pusieron el grito en el cielo ante el proyecto.

 

El problema es que Estados Unidos está en pleno año electoral, y que el Partido Demócrata, hoy una fuerza más sensata pero impredecible, podría asociarse o callarse la boca ante semejante burrada. A ello se agrega que el G20 tampoco se anima a rechazar seriamente esta clase de “atropello a la razón” (Enrique Santos Discépolo).

 

A mí tampoco se me escapa que el proyecto Navarro es sólo una ilustrativa anécdota de las cosas que deberían erradicarse de este mundo sombrío y delirante.