El dilema del Covid-19: frenar el contagio o evitar el desplome de la economía

21 de marzo, 2020

coronavirus

Por Francisco J. Mayorga (*)

 

La pandemia del coronavirus plantea enormes desafíos sanitarios, sociales, económicos y políticos. Uno de estos consiste en resolver el dilema ético-económico entre dos extremos de política gubernamental.

 

  • Frenar el avance del contagio mediante cordones sanitarios, incluyendo encierros forzosos a las familias en sus hogares y cierres de negocios, a expensas de una severa contracción de la actividad económica

 

  • Mantener la marcha de la actividad económica, asumiendo todas las implicaciones de un mayor contagio

 

Entre esos extremos existe un abanico de opciones para los formuladores de políticas, quienes tendrán que escoger la ruta más adecuada, en el marco de sus propias realidades.

 

La ruta de contención

 

En la mayoría de los países ha prevalecido un criterio: contener la velocidad de avance del virus. Los esfuerzos se concentran en frenar el contagio mediante cuatro acciones concertadas: el aseo personal, el distanciamiento social, el aislamiento de las familias en los hogares y una drástica limitación de las aglomeraciones públicas.

 

El principal argumento tras estas acciones es que se necesita tiempo para asegurar los recursos sanitarios que permitan atender a todos los que resulten afectados. Un argumento paralelo es que hay que diferir el contagio en el tiempo para moderar la oleada de enfermos sobre la capacidad sanitaria existente. Y hay un tercer argumento: es preciso frenar el contagio mientras se logra desarrollar y producir una vacuna.

 

Esta política ha generado efectos inmediatos sobre los mercados. Uno ha sido el acaparamiento de mercancías, afectando los precios. El segundo ha sido el impacto del aislamiento social en las áreas urbanas, en particular sobre restaurantes, comercios, centros de entretenimiento, y diversas empresas pequeñas y medianas.

 

Algunas de esas empresas han optado por enviar a sus empleados a un descanso remunerado, que se extenderá mientras sus disponibilidades líquidas cubran la hemorragia de efectivo. Otras están recortando personal o cerrando operaciones temporalmente. En los países de mayores ingresos, los despedidos acuden al pago de subvenciones por desempleo.

 

La contracción de los negocios se traduce en una caída súbita de ingresos. Inicialmente el desempleo se concentra en los trabajadores del sector servicios: desde meseros, cocineros, personal de limpieza, dependientes del comercio y choferes hasta personal administrativo. El retraimiento de los servicios irradia sobre la actividad comercial, la que se contrae arrastrando al transporte y provocando disrupciones en la cadena de suministros hasta impactar a las fábricas.

 

Entre tanto, el cordón sanitario internacional paraliza el transporte de pasajeros y el sector de viajeros, impactando toda la cadena de servicios, desde aerolíneas, aeropuertos y taxis hasta hoteles, alquiler de automóviles y expendios de combustible. La parálisis castiga a las pequeñas empresas de un extremo de la cadena del sector turismo. Esto incluye agencias de viajes, operadoras de tours, compañías de mantenimiento, suplidores de alimentos para pasajeros y productos de higienización de los aviones.

 

Esto se suma al shock sobre los negocios urbanos, abatiendo los ingresos de los proveedores y golpeando a las compañías distribuidores de alimentos, lo que abate al transporte de carga para luego impactar a los procesadores de alimentos y, finalmente, a los productores agropecuarios.

 

Estos son los primeros disparadores de una espiral contractiva que persistirá más allá del tiempo en que se aplique la política de contención.

 

La espiral desemboca en el cierre de numerosas empresas medianas, haciendo tambalear las ventas de muchas empresas grandes. El radio de impactos se amplía a medida que grandes empresas industriales, como en Europa y Estados Unidos recortan o cierran operaciones temporalmente. Los cierres ocurren tanto por razones sanitarias como de mercado. Por ejemplo, la caída de las ventas de automóviles conduce al recorte de la producción automotriz [1].

 

El derrumbe de los mercados de valores esta vez no obedece a una corrección de precios ni a un sobrecalentamiento de las economías ni al empuje de un viraje autónomo de las expectativas. Desde meses atrás se hablaba de una creciente fragilidad en los balances financieros corporativos que no eran acordes con la valoración de sus acciones en el mercado. La frágil realidad se puso en evidencia ante el impacto de la contención sobre la economía real.

 

Desde el primer momento, los expertos en materia bursátil visualizaron que el cordón sanitario internacional frenaría de golpe la expansión del comercio internacional y conduciría a un declive de la economía global, haciéndoles revisar hacia abajo el precio de las acciones [2].

 

Una recesión que proviene de un shock en la economía real no puede resolverse mediante el expediente de un reacomodo en la política monetaria aunque, desde el ángulo fiscal, una inyección de subsidios a los desempleados y los pequeños negocios  ̶ como los que están contemplando Estados Unidos o España ̶   pueden ser un paliativo temporal.

 

Los efectos del shock se prolongarán dependiendo de la profundidad de la contracción y de su impacto en el sector financiero, y de la efectividad de las políticas financieras que se adopten durante y después de la contención.

 

La magnitud del impacto económico de una política de contención variará de país a país, reflejando su estructura económica, las características de su proceso inversionista, su mercado laboral, el peso de su sector externo y su grado de endeudamiento. Además, la súbita contracción económica generará presiones, protestas y desorden social, en especial en países sin capacidad financiera para aliviar el desempleo con subsidios.

 

Con este escenario en marcha se puede apreciar otro de los extremos del dilema para los países del primer mundo: o se asume el costo sanitario de remover el acordonamiento o se acepta una contracción económica que se agudizará mientras se mantenga el cordón.

 

Para los países pobres, sin embargo, el contexto es aún más complejo. Estos necesitan evaluar la capacidad existente para confrontar tres desafíos simultáneos: primero, lidiar con los costos de reforzar sus capacidades sanitarias; segundo, asignar algunos recursos para aliviar la situación de los desempleados; y tercero, enfrentar los desajustes macroeconómicos que serán precipitados por la crisis mundial.

 

Para estas economías el impacto inmediato de la crisis global se registra en tres variables: exportaciones, ingresos por turismo, e ingresos por remesas, con rápidas secuelas en el empleo, el consumo y la inversión. Todo ello se traduce una caída del PIB y de los ingresos tributarios, junto al aumento del gasto público para atender los requerimientos de la salud y la economía, ocasionando un aumento del déficit fiscal y en la necesidad de financiamiento.

 

La opción de enfrentar el contagio

 

En el otro extremo, algunas naciones como el Reino Unido o los Países Bajos tomaron inicialmente [3] la ruta de enfrentar el contagio mediante el distanciamiento social, en la expectativa de que el número de enfermos sería manejable dentro de sus capacidades.

 

Desde este ángulo, los supuestos principales son los siguientes.

 

  • El contagio es alto pero la morbilidad, es decir, el porcentaje de personas contagiadas que se enferman, es relativamente baja.

 

  • La virulencia de la enfermedad se considera moderada, es decir, dentro de los enfermos es bajo el porcentaje que requiere atención hospitalaria, y ese porcentaje puede atenderse con los recursos sanitarios existentes.

 

  • Dentro de la baja virulencia, la tasa de letalidad es similar o menor a la de otras virosis y además se concentra en personas de mayor edad, cuyas vidas pueden ser defendidas dentro de la capacidad de atención disponible.

 

En consecuencia, los riesgos de un alto contagio se valoran a la luz de la capacidad del sistema sanitario y del número de fallecidos que podrían ocurrir como consecuencia.

 

En este escenario, el impacto económico ocurre moderadamente en tres dimensiones: el ausentismo laboral, reflejando la fracción de los trabajadores que se enfermará; el gasto público, que aumentará para dar atención médica y hospitalaria a los afectados y las consecuencias de la concentración de esfuerzos sobre la virosis, que podría desviar la atención a otras prioridades sanitarias.

 

Para los países de menores ingresos, de nuevo, el contexto es más complejo. Las realidades urbanas y rurales de los países pobres son totalmente distintas a las de las metrópolis de los países ricos, de manera que las estrategias de contención de éstos no necesariamente serán eficaces para los países pobres.

 

Para diseñar una política sanitaria que responda mejor al objetivo de la contención, los formuladores de política de los países pobres tendrán que diseñar las medidas congruentes con su propia realidad.

 

Por ejemplo, el enclaustramiento de las familias deberá evaluarse a la luz de la precariedad de la vivienda en la base de la pirámide: el hacinamiento no es un ambiente saludable, sino más bien propicio para el contagio. Desde otro ángulo, se tendrá que considerar que muchos pequeños negocios son de tipo callejero, incluyendo la venta de frutas, verduras y productos cárnicos, y el expendio de refrescos y comida popular en el sector informal.

 

Bajo esta perspectiva se puede apreciar el dilema entre el costo económico de mantener la política de control social y el costo humano inherente a prescindir del control social para limitar el daño económico.

 

La perspectiva internacional

 

Mientras la mayoría de los países han adoptado el cordón sanitario con alguna sincronización, la contracción del comercio mundial está ocurriendo sin obedecer a ningún diseño.

 

Ante la emergencia, muchos gobiernos han cerrado sus fronteras a los viajeros y han optado por administrar el impacto recesivo de sus políticas sanitarias. Sin embargo, la disrupción de sus mercados internos está irradiando negativamente sobre las cadenas globales de suministros. En diversos renglones de la actividad productiva la parálisis local reverbera en los países de donde provienen los insumos utilizados en esos procesos productivos.

 

En consecuencia, la disrupción súbita de la demanda se produce de manera concomitante con una disrupción de la oferta, generando efectos multiplicadores en todos los países y sacudiendo a sectores enteros de la economía global.

 

Nuevamente, la coordinación internacional de las políticas macroeconómicas de las potencias puede dar paliativos a los sectores financieros, pero tendrá bajas repercusiones en los sectores reales mientras se encuentren trancados por los cordones sanitarios.

 

Para el mundo en desarrollo, la crisis global se traducirá en graves desequilibrios internos y externos. La secuela del cordón sanitario internacional derivará en agudos déficits fiscales y desequilibrios externos y, para algunos países, en incapacidad de cumplir con sus pagos por deuda externa. Estos desequilibrios eventualmente requerirán medidas para amortiguar su impacto sobre el sistema financiero internacional.

 

Algunas conclusiones

 

Esta es la disyuntiva que enfrentan los dirigentes de muchos países con recursos limitados para enfrentar la coyuntura: o defender la economía a expensas de un mayor contagio y sus consecuencias, o sacrificar la economía a cambio de mitigar el contagio y la pérdida de vidas.

 

Sin embargo, entre los dos extremos hay toda una escala de grises, un abanico de opciones para los formuladores de política, en especial en los países pobres. Dentro de ese abanico debería ser posible diseñar una mezcla de políticas que preserve de la mejor manera posible la salud pública y el bienestar social en el mediano plazo.

 

Algunos expertos aducen que aún no hay suficiente información para evaluar la eficacia del aislamiento social, porque no se han acumulado estadísticas suficientes para medir la dinámica infecciosa del Covid-19. En consecuencia, las decisiones se tienen que tomar con limitada información, enfrentando riesgos de uno y otro lado. Lo imprescindible es que las autoridades estén impuestas de las consecuencias económicas y sociales de sus decisiones, a la par de los riesgos planteados por los epidemiólogos.

 

¿Cuál debería ser el  fundamento para la toma de esas decisiones? Los médicos buscarán la forma de salvar el mayor número de vidas. Los economistas enfatizarán el crecimiento, el empleo, el déficit fiscal, la balanza de pagos y los niveles de pobreza. Muchos políticos la verán desde el imperativo de la estabilidad social o desde la óptica de la popularidad.

 

Sin embargo, hay una dimensión ética que valorar de parte de todos los actores.

 

La base del contrato social es el bien común. Es decir, todos los actores sociales tienen la obligación de contribuir el mayor bien posible para el mayor número de personas. Toda decisión gubernamental debe priorizar, ante todo, cómo alcanzar el mayor bien común.

 

En la búsqueda del bien común, el análisis estará incompleto sin un marco temporal que incorpore consideraciones de largo plazo. Muchas veces el decisor se enfocará en procurar lo mejor para todos hoy. Pero tendrá que ponderar también qué es lo mejor para todos mañana: dentro de seis o doce meses, o dentro de varios años en adelante, explorando las implicaciones para el bien común, para la sociedad entera.

 

(*) Doctor en Economía por Yale University. Las reflexiones aquí presentadas son de carácter personal.

 

[1] En Estados Unidos ya han cerrado la mayoría de las fábricas automotrices. Ford, General Motors, Fiat Chrysler y Toyota anunciado cierres temporales en la tradicional área automovilística de Detroit. Hyundai cerró su planta en Alabama después de detectarse un contagiado entre sus trabajadores. Todos los fabricantes indican que tendrán que evaluar los niveles de contagio antes de reabrir https://abcnews.go.com/US/wireStory/ap-source-detroit-automakers-shut-factories-69666401 

 

[2] En una nota del 20 de marzo , Goldman Sachs ha proyectado un desplome de 24% en el PIB de Estados Unidos en el segundo trimestre de 2020, la mayor caída registrada en un trimestre. Sin embargo, predice un rebote positivo en el tercero y cuarto trimestre. Eso dejaría esa economía con una caída anual de 3,8% https://theweek.com/speedreads/903646/goldman-sachs-devastating-revision-gdp-growth-predictions

 

[3] La política del Reino Unido entró en revisión a mediados de marzo, a la luz de la alta incidencia del Covid-19 en su elevado número de habitantes en la cohorte vulnerable de la tercera edad