El coronavirus y el curso de la Historia

17 de marzo, 2020

El coronavirus y el curso de la Historia

Por Eduardo Crespo Universidad Federal de Rio de Janeiro y Universidad Nacional de Moreno

 

En los próximos años el fulminante brote de coronavirus que hoy azota al planeta será objeto de múltiples estudios económicos, políticos, biológicos, médicos, epidemiológicos, filosóficos. ¿Qué características tenían las organizaciones sociales que respondieron mejor a la crisis? ¿Cuáles fracasaron rotundamente? ¿Qué condiciones ambientales favorecieron o trabaron la propagación de la pandemia? ¿Cuáles fueron sus consecuencias económicas y políticas?

 

Los economistas y politólogos podrían clasificar al coronavirus como un ejemplo de “Cisne Negro” según la terminología de Nassim Taleb, un evento sorpresivo de enorme impacto socioeconómico. Aunque muchos analistas y científicos en las últimas décadas advirtieron de los peligros inherentes a la difusión de nuevas epidemias, pocos imaginaban que en pocas semanas algo semejante podría desmoronar cotizaciones bursátiles, paralizar economías, precipitar el cierre de fronteras nacionales y colocar países enteros en cuarentena. Varios alertaban sobre los peligros del terrorismo antes de 2001, pero pocos imaginaban algo semejante al atentado a las Torres Gemelas. No es imposible que una enorme erupción volcánica produzca el derrumbe de los cimientos de nuestra civilización capitalista, pero no son muchos los que hacen planes contemplando un evento así en el futuro próximo.

 

Imposibles de prever, las epidemias de grandes proporciones han tenido consecuencias sociales sumamente relevantes. La historia medioambiental enseña que las pestes, junto con las guerras, el crecimiento demográfico, las revoluciones y la creciente sofisticación en el uso de fuentes de energía, son quizás las principales fuerzas que guían el curso de la Historia. Los virus fueron un agente fundamental, por ejemplo, de la conquista europea del mundo. Estudios recientes indican que la caída del Imperio Romano se debió, entre otras cosas, a una combinación de cambio climático (una miniera glacial) con una generalizada difusión de pestes. Un patrón semejante se observó durante la conquista de América por los españoles.

 

Jared Diamond se pregunta en su obra maestra “Armas, Gérmenes y Acero” cómo pudo ocurrir que 142 españoles pudieran derrotar al poderoso Imperio Inca. Aunque en su explicación combina varios factores, los gérmenes habrían jugado un papel fundamental para desorganizar y desmoralizar a los aborígenes. Se estima que aproximadamente 95% de nativos americanos perecieron a causa de las pestes traídas por europeos y africanos, circunstancia que se agravó con las guerras y las condiciones de explotación extremas.

 

Otro hito de la historia fue la Peste Negra de mediados del Siglo XIV, que acabó con aproximadamente un tercio de la población de Eurasia, ayudada por el cambio climático, el comercio y la “globalización” de los intercambios que desde China hasta Inglaterra garantizaban los mongoles. Algunos intérpretes apuntan que en ciertas regiones de Europa la peste depositó en el cementerio de la historia al propio Feudalismo, al empoderar a los campesinos y a los trabajadores urbanos. La gran crisis del Siglo XVII, que según algunas estimaciones redujo la población de Eurasia en otro tercio, habría coincidido con otra mini-era glacial que redujo la productividad de la agricultura, provocó una mayor inestabilidad en las cosechas, y sobre todo difundió epidemias en varias latitudes, sembrando las semillas del cambio social que un siglo después germinarían con la Revolución Industrial. En la era moderna el único hecho comparable al brote actual es la Gripe Española de 1918, aunque en aquel caso sus efectos sobre la economía mundial no fueron fácilmente distinguibles de las consecuencias de la primera guerra.

 

Estas historias sugieren dos enseñanzas. Una es que, si bien pagaremos la cuenta, la pandemia es una más de varias, y eventualmente pasará. La otra es que cuando la crisis del coronavirus acabe, no debería ser considerada un cisne negro de improbable repetición. Las epidemias suelen reaparecer con alguna regularidad cíclica, aunque con letalidad decreciente al impactar sobre poblaciones con inmunidad mayor, siendo que los más vulnerables generalmente perecen durante los primeros ciclos.

 

La epidemia de coronavirus asusta por su dinámica vertiginosa, pero también hay otras catástrofes en desarrollo que no son atendidas con tanta decisión por la política pública mundial. La mayor parte de la comunidad académica apunta que el calentamiento global, la inestabilidad climática, el derretimiento de los casquetes polares y la desaparición de miles de especies, de no imperar una intervención global perentoria, tendrán consecuencias irreversibles sobre la vida en el planeta. El cuerno de Africa en estos días sufre una masiva invasión de langostas del desierto que se acelera con el calentamiento, y cuyas repercusiones podrían ser catastróficas.

 

Después de la Revolución Industrial la humanidad logró superar con orgullo los límites al crecimiento económico y demográfico que antaño imponía la naturaleza, como los derivados del lento crecimiento de la productividad agrícola, la deforestación y la salinización de regadíos. Desde entonces, la población mundial se multiplicó por 7, y las condiciones de vida mejoraron en todos los continentes. No es improbable que la naturaleza nos empiece a cobrar factura con nuevas restricciones.

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